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Escuchar la conversación de dos señores con sombrero, flotando en el cielo.


Escuchar las conversaciones ajenas en un café, historias de terror y de conflicto.
Escuchar mientras escucho esas narraciones, la licuadora haciendo frapés.
Escuchar a la vez música de Sean Lennon.
Escuchar en mi interior la voz que me dice que me distraigo bastante.
Escuchar de nuevo la conversación ajena.
Escuchar los tacones de una mujer que se dirige al baño.
Escuchar síntomas inexistentes.
Escuchar el estrés.
Escuchar las risas, las charlas de la gente que está a un lado.
Escuchar el ruido que hace la taza cuando la pongo en el plato justo después de sorber la última gota de café.
Escuchar que es por rebeldía a mí misma que tomo café, uno bien cargado.
Escuchar On again off again de Sean Lennon, otra vez, una y otra vez.
Escuchar lo que una persona me dijo en sueños.
Escuchar que el estrés produce pesadillas y el sueño de la razón produce monstruos.
Escuchar el caer de la lluvia.
Escuchar la derrota.
Escuchar los dilemas.
Escuchar las risas de la calle de enfrente.
Escuchar el caer de las botellas de cerveza.
Escuchar el crujir del cornflakes.
Escuchar lo que quiero y no quiero escuchar.

Aquí todo madura y se descompone con facilidad.

Soy el narrador. El que dicta esta historia simplemente, sé de los pensamientos y de las ideas de otras personas. Sé la historia de esa persona y de aquella otra.
Sé lo que les pasa y lo que ven.

Ella, una fanática de todo y de nada, le gusta saber de muchas cosas, su imaginación le impide estar acorde con la realidad, la imaginación o la pereza, no lo sé muy bien. Sé que le gusta el arte, su pintor favorito René Magritte. Le gusta la literatura, no tiene ningún escritor favorito pero le gusta Raymond Carver, Paul Auster y recientemente lee a Virginia Woolf. Su futuro no es muy claro pero tampoco su presente, su mente está un poco estancada. La veo pasar y sé de ella, de sus pensamientos y su vida porque yo soy un narrador. Tiene un trabajo que no le gusta mucho, de hecho tiene dos trabajos que aunque no los aborrece, tampoco está conforme, ella no está conforme con nada. Le falta algo de motivación o quizá simplemente arriesgarse más. Le gusta escribir pero no lo hace muy seguido, piensa mucho en ello, en las historias que le gustaría escribir en qué decir y cuándo, pero como les decía para ella es difícil notar que un pensamiento no es la realidad tangible y concreta. Por lo que a veces le basta el pensamiento, lo cual le ha traído algunos conflictos existenciales internos con los que batalla algunas veces. Hace varios meses que no escribe un relato y un día de navidad, después de ver demasiadas películas decide sentarse y tratar de escribir en el ordenador. Piensa en muchos temas: en barcos, en escribir alguna historia que tenga que ver con la formación de los planetas, con el clima, con el caos del mundo y hasta en escribir sobre las compras de pánico.
Decidió escribir sobre el tema que menos podría interesarle al mundo (al mundo de los lectores, las editoriales y en general al: mundo), así que se dispuso a escribir un relato sobre sí misma. Un relato de su vida. Hace algún tiempo concluyó con algunas etapas en su vida, se gradúo y terminó una relación. Le daba mucha pena escribir algo sobre su vida, pero a fin de cuentas lo intentó. Escribió sobre ella y sobre ellos (personas que estaban a su alrededor), lo siguiente:

En una tarde de mayo, Teresa portaba un vestido verde y unas mallas cafés, no se había dado cuenta que para esa tarde primaveral había escogido un vestuario similar al de un árbol. Tenía trabajo, mucho trabajo en un festival de cine, se encargaba de organizar unas conferencias sobre un famoso cineasta ruso llamado Andrei Tarvkovsky. En el mundo hay muchas personas que dedican su tiempo a realizar análisis sobre cosas realmente innecesarias, por ejemplo: análisis sobre las películas de este señor. Sin embargo, ella pensaba que había varios seguidores de aquel director y que sería bueno reunir a esa gente para que hablaran de sus aficiones y un tanto de los fetiches que tenían.
Esas conferencias absorbían su tiempo y sólo quería que quedaran perfectas ya que si lo lograba obtendría un puesto en las oficinas de la Cineteca Nacional. Uno de sus pasatiempos preferidos era sin duda ver películas, el cine llenaba un espacio de su vida por lo que deseaba trabajar en la cineteca.
Se encontraba en un momento conflictivo con un chico con el que había salido algunos años. La vida se encargó de terminar con lo que había que terminar, aun así quedaron algunas secuelas que el paso del tiempo poco a poco fue curando. A ella todavía le parece increíble el haber podido dejar de establecer contacto con él, aunque le parecía, faltaba más determinación de su parte.
Pasó su etapa de prueba y finalmente no consiguió el trabajo en la cineteca, siguió con una vida un poco más solitaria y dos trabajos que a pesar de que no eran los que quería le ayudaron a sostenerse un poco y a comprar cosas que le hacían falta.
Transcurrían los días, ella trabajaba y pensaba mucho en su futuro, por un largo tiempo se perdió de su presente precisamente estando atrapada en los pensamientos sobre su futuro. Se estancó en el tiempo. En el verano fue cautivada por un estudiante de cinematografía, salieron un par de veces y conversaron un par de veces también, eso fue suficiente para que ella pusiera demasiada atención en él. A veces solía ser muy fácil de cautivar. No sabía si esa especial atención era su manera de distraerse de sus verdaderas responsabilidades como la de titularse o la de olvidar o la de conseguir un nuevo trabajo.
Se estancó en el tiempo pensando en alguien a quien no veía y a quien no conocía del todo bien como para decir que estaba enamorada (además decir que uno está enamorado es como decir que se tiene diarrea en una junta laboral a la que no se pudo llegar, es mejor guardárselo y decir que se tuvo un contratiempo). Todo era un poco confuso.
Esa autosuspensión del tiempo pasó del verano al invierno hasta que en una película escuchó la siguiente frase: "las personas (hombres o mujeres) se olvidan convirtiéndolas en literatura". Como si esa frase fuera la llave de la puerta del olvido, Teresa estaba dispuesta a escribir un relato sobre ese chico que le hizo de la manera más absurda suspender el tiempo -sabía que quizá lo que escribiría no resultaría ser literatura, pero esos balbuceos le podrían ayudar en algo- y el resultado fue el siguiente:

Llegada la noche, Esteban tomaba una taza de café en la sala de su casa, con la luz apagada y sólo iluminado por una tenue lámpara, pensaba en la muerte y sus implicaciones. El día anterior había visto un documental sobre la muerte de los pingüinos, los cuales eran suicidas y la película "El séptimo sello" en donde la muerte y el ser humano se enfrentan a un duelo de ajedrez. Pensaba en la defunción, particularmente en el día de su descenso, en cómo sería, en dónde a qué día y a qué hora, sería en un hospital, en la calle, en otro país, con su familia o solitario.
En la oscuridad y con esa taza de café pensaba en todas los detalles de su propia muerte, se imaginó la caja en donde estaría y en cómo sería su funeral (si es que tendría uno), quiénes irían, quiénes llorarían, quienes no. Imaginaba a aquella niña a la que obsequió el cadáver de una mariposa el día que se encontraron en el jardín japonés. La imaginaba llegando al funeral con una caja de galletas, la misma que le había regalado cuando iban en sexto de primaria. Llegaría aun siendo una niña a pesar de los años. Pensaba en ella y en sus amigos de la infancia también, esos que no ha vuelto ver desde entonces.
Pasó algunas horas imaginando los detalles de su muerte, pero lo que realmente hacía que le diera más vueltas al asunto fue la realidad, la realidad de saber que nada de lo que imaginaba pasaría, -los seres humanos solemos fantasear demasiado, por eso, la realidad puede ser un tremendo choque-. Sin embargo, la incertidumbre fue algo que le encantó siempre.
Fue la incertidumbre la que lo llevo a encerrarse dentro de sí, era un tipo un tanto solitario, hablaba poco y sólo cuando era necesario. Estaba consiente de que sus circunstancias de vida definían su personalidad, le gustaba reflexionar acerca de las cosas y situaciones que lo rodeaban. Su voz era muy baja, transmitía cierta tranquilidad a quien lo alcanzaba a escuchar. Las personas están acostumbradas a hablar con un tono alto, quieren llegar a los oídos de todos, si por ellos fuera gritarían todo el día. Él no.
Esteban se dedicaba a escribir guiones cinematográficos y a producirlos también, por las noches se sentaba un rato en su sillón favorito que estaba justo en medio de la sala, tomaba café veracruzano y se disponía a pensar por lapsos de tiempo a veces cortos, a veces largos. Tenía una obsesión por pensar en la muerte, le gustaba leer los poemas de Villaurrutia antes de ponerse a escribir. El guion que más había disfrutado hacer era sobre danza Butoh, ese tema llamaba su atención desde tiempo atrás por los fundamentos en los que se construye esta expresión del cuerpo: "la danza hacia la oscuridad" que pretende recobrar el cuerpo desde el vientre materno.
Elaboró una historia que quiso abordar a través de un cortometraje, construyó vestuarios que parecían el cielo muy nublado de alguna ciudad abandonada, dos bailarines profesionales estuvieron presentes con sus movimientos el día de la grabación. Gesticulaciones rígidas, la expresión facial en su máximo esplendor, el cuerpo cubierto de llagas despertando al movimiento lento, las sensaciones tomaban velocidad. Corte.
Después de grabar, su mirada se enfocó en aquella bailarina, su cuerpo tan delgado, su cara un poco demacrada, su cabello tan frágil, sus ojos tan fuertes. Quiso abrazarla pero temía que un sólo abrazo fuera a deshacerla. Tenía bailando Butoh ya casi treinta años, conocía la técnica, el poder de la danza hacia la oscuridad. Nadie como ella para transmitir con sus manos, piernas, vientre, rostro.
Esteban quedó impregnado, la pensaba todo el tiempo, quería volverla a ver. La llamó con el pretexto del cortometraje, le dijo que necesitaría hacerle otras tomas. Ella accedió y cuando estuvo en casa de Esteban los dos se sentaron en su sillón favorito y tomaron café. Platicaron un poco sobre sus vidas, la bailarina tenía cincuenta y tres años recién cumplidos, no tenía esposo ni hijos. Vivía sola en una casa muy grande que había heredado de sus padres, desde niña comenzó a interesarse en la danza, pero no fue sino hasta que viajó a Japón a la edad de 23 años cuando conoció el Butoh y se convirtió en su profesión.
Vivió tres años en ese país del cual siguió recordando los campos de cerezos como una imagen linda que la acompañaba todas las noches antes de irse a dormir. Le contó a Esteban que estaba enferma, le quedaban algunos meses de vida según su doctor particular, ella estaba lista para partir. Sentía nervios pero a la vez tranquilidad, era de esas personas que creían en el destino y en que existía un libro que ya estaba escrito y que ese libro regía su vida, el autor ya había escrito esa enfermedad y nadie la podía borrar.
Esteban no podía dejar de mirarla con afecto, a sus adentros pensó que estaba enamorado, que quería besarla pero que era demasiado pronto. Mientras ella hablaba, él se detuvo en la muerte de nuevo. Él, que siempre se intrigaba en las formas de morir, en pensar en su muerte y en lo mucho que le angustiaba no conocer su futuro, se sorprendió al escuchar a una persona que ya tenía bien claro el lecho de su muerte, el médico le contó uno a uno los días y casi tenía una fecha clara en la que dejaría de existir.
Esteban quería que su muerte tuviera fecha también, quería saber el día preciso de la partida de su bailarina de Butoh. En su adolescencia a Esteban lo acompañó muchas veces una canción de The Smiths llamada "There is a light that never goes out" en la que una frase tenía especial atención en él: “to die by your side is such a heavenly way to die”. Siempre se preguntaba si en realidad alguna vez podría decir esa frase a alguien con toda seguridad, ¿algún día sentiría placer y privilegio de morir al lado de alguna persona?
Como Esteban ocupaba bastante tiempo pensando en su muerte, quiso planearla igual que unos novios recién comprometidos planean su banquete de bodas.
Para esto, necesitaba la ayuda de una sola persona, la bailarina de Butoh.
El tiempo pasó y se fueron conociendo mejor, entre los dos formularon ideas para que el cortometraje quedara mejor, a ella le gustaban tanto las imágenes, su vestuario, sus gestos, quedó satisfecha.
Comenzaban a tenerse confianza, la suficiente para que ella le revelara a Esteban la fecha tentativa de su muerte: 23 de mayo.
Era verano, los dos subieron al auto rumbo al bosque, llegaron a ese lugar recóndito y lleno de árboles, se sentaron a comer panecillos y a beber un poco de vino tinto. A sus 53 años y él a sus 24 sabían perfectamente cómo unir sus labios, cómo acariciar sus cuellos, cómo sujetarse de las manos. Después de comer pasaron la tarde localizando a un árbol que fuera lo suficientemente amorfo para que se convirtiera en su favorito.
Esteban creía que los seres humanos tenían una idea muy simple de lo que era la belleza, sus cánones estéticos le parecían de cierta manera vulgares. Él sabía que era la naturaleza la que tenía la belleza que buscaba, ahí nada era perfecto. Las ramas de los árboles, por ejemplo, no eran nunca iguales, ni estaban parejas ni seguían un sólo camino, eran un sin fin de posibilidades en cuanto a formas, eran un sinfín de posibilidades en cuanto a colores, olores, dimensiones. Para él la belleza era ese cúmulo de posibilidades, esa enredadera sin fin.
Al encontrar el árbol, los dos le hicieron un hueco en donde susurraron su más grande secreto, algo que sólo confesarían a aquel tronco café lleno de hojas verdes. Al terminar de susurrar taparon el hoyo. A los dos les daba tanta curiosidad saber qué habían dicho a ese árbol frondoso pero ninguno dijo nada.
Era de noche, se fueron al auto de nuevo y llegaron a la carretera, la neblina cubría el camino, con la canción de The smiths a todo volumen, cerraron los ojos apretando fuertemente los párpados y sin soltarse las manos, se dejaron caer a un barranco lleno de hermosas rocas de diferentes tonalidades.
Teresa puso fin a su relato, mató a sus dos personajes de la manera más obvia, los mató en un auto. Imaginó la caída al barranco con un soundtrack de fondo, lo imaginó en cámara lenta como si estuviera viendo una película en el cine. Después, se dio cuenta de que esa hipótesis sobre escribir de alguien a quien quieres olvidar para olvidarlo de verdad era totalmente errónea porque le surgieron ganas de escribir más y más acerca de la vida de esa persona que la suspendió en el tiempo. Escribió y escribió en una libreta de pasta color púrpura hasta llenarla, sólo ella leyó los relatos y lo hizo una y otra vez hasta llegar al punto de quemar la libreta en la fogata que hicieron sus primos en una noche de campamento. La lectura de la libreta púrpura se había vuelto una obsesión.
No supo qué más decir sobre Teresa, sabía que contar detalles de su vida no le traería nada bueno, además siempre que escribía pensaba que estaba prediciendo el futuro, le daba miedo diagnosticar enfermedades en sus personajes, que fueran suicidas en potencia, que murieran sus amigos, su familia. Pero tampoco le gustaba escribir acerca de la felicidad, le parecía un tema que no era digno de contarse, tal vez sólo de vivirse si es que era posible.
Yo como narrador he podido observarla y ver cuál es su proceso creativo a la hora de escribir y sé que se pone muy nerviosa y que muchas cosas la distraen, siempre tiene la necesidad de beber un vaso con agua cuando está a punto de culminar una idea y tiene que caminar o moverse un rato para luego sentarse y concluirla. No sé si con esa inconstancia llegue lejos. Necesita más lecturas y un tiempo más largo para escribir.
Uno de sus amigos le obsequió algunas películas que ella disfrutó mucho ver, en especial una llamada “Memorias del subdesarrollo” de Tomás Gutiérrez Alea, esta película es cubana y fue hecha en 1968, está basada en una novela del mismo nombre escrita en el año de 1965 por un escritor cubano llamado Edmundo Desnoes en donde nos cuenta la vida de un burgués que trata de adaptarse a los cambios que trae consigo la Revolución. Ella no leyó la novela sólo ha visto la película y notó que el personaje principal refleja a esas personas que llevan una revolución interior constante, esas personas suelen ser muy observadoras y a través de sus ojos podemos ver los cambios en Cuba, su gente y lo que proyectan.
El personaje principal se la pasa observando y dando sus opiniones sobre lo que ve, nos describe qué es y qué significa el subdesarrollo. Habla de algunas características con las que convive la gente que vive en un país subdesarrollado como él, habla hasta del subdesarrollo de sus sentimientos, habla sobre la incapacidad de relacionar las cosas, para acumular experiencia y desarrollarse. Ella tenía muy claras muchas frases de la película. El protagonista era un ser un poco apático que veía con cinismo y un cierto despotismo a sus paisanos y las personas que gestaban la Revolución, sobre todo se burlaba de la gente de su misma clase, los burgueses que eran como marionetas en un país en donde el socialismo estaba a punto de tomar sus propias riendas. El protagonista creía que todos eran unos ilusos y que no había nada ni nadie que pudiera transformar en otra cosa el subdesarrollo de su país.
Al ver la película ella quedó enamorada del personaje principal, su actitud tan aparentemente indiferente, su apatía, su reflexión tan ácida pero de cierta manera tan verdadera acerca de la situación social. Todo eso y uno de sus tantos amores imposibles por ser un ente de la ficción. Esa película desarrolló varias reflexiones en su interior porque a la vez estaba leyendo “El extranjero” de Albert Camus en donde el protagonista era tan parecido al de la película. Como si alguien se hubiera encargado de extirparles las emociones e inyectado sustancias de resignación. Ella se preguntaba si alguna vez podría llegar a ser como ellos a dejarse llevar con resignación pero con muchos cuestionamientos en su interior. Dejándose que la vida le vaya pisando los pies. Así como Cuba, su país México, seguía en el subdesarrollo por eso se identificó con muchos conceptos y observaciones del filme.
Una de las frases de esa película que más se quedó en su cabeza fue en la que se menciona que las personas en subdesarrollo son incapaces de sostener un sentimiento. Se cuestionó sobre si ella sí era capaz de sostener un sentimiento y sobre cómo era o qué era sostener un sentimiento. Se dio cuenta de que los sentimientos le dan miedo al igual que muchos, se dio cuenta de que su cerebro estaba en subdesarrollo.
Yo como narrador, la observé y escribí sobre ella porque estaba muy aburrido mirando el cielo, me sabía de memoria las formas de las nubes, mi imaginación estaba en su apogeo pero a la vez muy trabada, como si alguien la tuviera amarrada a un árbol, quizá al mismo tronco al que Esteban y la bailarina le contaron su secreto.
Su vida me dejó todavía más aburrido, ser un narrador tiene su precio, uno también se acompleja contando las historias de otros pero hay que renovarse y pensar en el próximo relato a narrar ya que aquí en esto que llamamos mundo, todo madura y se descompone con facilidad.



Aeiou

Debí de aprender a mandar al diablo lo que no quiero o lo que no está hecho para mí, más rápidamente.
Debí aprender muchas cosas, por ejemplo a nadar o saber más francés o saber tejer una bufanda.
Debí aprender a no dejar que mis emociones dañen mis órganos internos, el cuerpo está lleno de emociones que deterioran a nuestros órganos, esos que no son el cerebro y no saben nada de emociones.
Debí aprender a mandar al diablo más fácilmente, debí aprender que a veces lo que más queremos que suceda, no es lo mejor ni lo más bueno, debí aprender a escuchar mi lado sensato.
Debí aprender a no decir siempre lo que siento, a guardar mis pensamientos a encerrar con llave a los que no tienen que salir.
Debí aprender a ignorar mis impulsos, ser más prudente, más reservada, más como muchos.
Debí aprender a quitarme todas las emociones, a dejar que el tiempo fluya a no forzar al tiempo.
Debí aprender a dormir temprano, a leer más y a escribir más.
Debí aprender a mandar al diablo más rápidamente.
Debo aprender a mandar al diablo más rápidamente.
Hay muchas cosas que se deben aprender, muchas.
Y llevo un camino lento.

Basta que alguien me piense para ser un recuerdo.

Leí un documento de la antigüedad,
hablaba de dos personas que harían un pacto con la saliva de un canguro.
Dos tipos que llegarían hasta un bosque y escucharían música en un reproductor de cassettes. En realidad no recuerdo si lo leí o lo soñé.
Unas maquetas sin construir, un par de balbuceos sueltos por ahí.
Personas que se sonrojan, nada serio.
Lluvia y empapados, sonrisas al por mayor.
Música y saltos.
No sé si lo leí o lo soñé pero eran dos personas que trataban de conocerse a través de la música, los tés y el cine.
Dos personas tratando de construir su propio soundtrack a través del otro.
Un bello paisaje, miradas y más sonrisas.
Pudieron ser cualquiera, pudieron ser todas las personas, pudieron ser cualquier pareja.
Pudieron ser muy buenos amigos o todo lo contrario.
Escribir, charlar a altas horas de la noche con uno mismo, con un amigo, con una persona lejana. Las palabras están hechas para todos.
Mi pensamiento que no se aleja de los días pasados. Mi mente aferrada.
"Basta que alguien me piense para ser un recuerdo" ¿Cuántas veces he sido un recuerdo?
La música nos puede decir bastante de las personas. La música y los sueños.Un intercambio, un duelo de canciones que resulta no serlo.
Dicen que octubre tiene las más bellas lunas, no he volteado a ver el cielo en la noche ni una sola vez en este mes.
Por eso salgo de aquí, para antes de dormir, levantar la vista y comprobar si lo que dicen es verdad y no una ilusión como eso que leí o que soñé.
Tenemos una conversación de códigos distintos. De esas conversaciones que debería de tener más frecuentemente.

A todas mis despedidas, un armisticio.

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso en ruinas.
Juan José Arreola.

A todas mis despedidas a las que ya hice, a las que ya olvidé y también a las que he hecho pero no he olvidado. Para todas mis despedidas va este texto de Arreola.

Una foto feliz para un triste relato.


Hubo un día (hace unos meses) en el que me sentí muy triste, lo bastante como para perderme toda la tarde por las calles hasta que me llegara la noche. Salí muy temprano de mis actividades que muy apenas pude hacer y comencé a caminar por las calles. Mi mente no descansaba, cada momento pensaba en las fallas, mis fallas. Las fallas. Tenía miles de pensamientos chocaban unos con otros, todos eran demasiado gruesos. Mi cerebro se inflamó, se inflamó tanto que dejó de pensar. Hice todo lo que no hubiera en un estado de ánimo normal (no digo de felicidad, sino de un estado de ánimo "normal", estable). Fui a ver la peor y la más pésima de las películas en el cine. Me senté yo sola hasta la última fila. En esos momentos además de estar muy triste no me agradaba la humanidad, no quería a nadie cerca de mí. Trataba de pasar la mayor parte del tiempo sola. La película transcurría, desde el principio me percaté de que era una bazofia pero me quedé ahí, quieta pero tratando de parpadear. Me quedé sentada frente a la pantalla que se estaba pudriendo con la película. Salí del cine y mi ánimo iba cada vez más para abajo. Tenía hambre. Traté de comer lo más desagradable que se puede comer, sí, lo hice, me dirigí a un Mc Donalds que quedaba cerca y no pude comerme ni siquiera dos pedazos de esa basura. Era una imagen triste. Yo sola en ese lugar de comida rápida viendo como al lado de mí otro pobre miserable como yo ingería esa "comida" mientras veía los dibujos en la cajita feliz. Ese día el panorama era gris y lo recuerdo. Porque hoy pienso en ese día, en lo difícil que fue. Ese día lloré un poco. Llamé a quien no tenía que llamar. Quise que me animaría quien no me podía ya animar. Antes de llegar a casa traté de respirar un poco, traté de que mi mente triste se fuera a otro lado para que llegara solamente mi cuerpo y atravesara la puerta, saludara a mamá y papá y se fuera al cuarto. A pensar, a llorar, leer o hacer algo por el estilo. Ese día fue triste y ese día por una extraña razón viene a mi cabeza los días finales de cada mes. Por una extraña razón que más o menos voy conociendo, ese día tan triste viene a mis pensamientos los días finales del mes. Odio el cine basura y la comida basura. No me gusta ponerme tan triste porque así suelo tomar las peores decisiones a la hora de elegir una película o elegir qué comer. Al final la soledad no es algo que me moleste tanto.

De las cosas que no se tienen que decir.

Un breve soundtrack. De las canciones que más me han gustado de un tiempo para acá, de las que puedo escuchar una y otra vez. La música que me ha seguido este año. Diez de mis canciones favoritas, sólo por perder el tiempo y no hacer lo que realmente debo hacer. Pero me da curiosidad la idea de ver esto después de 10 años y ver cómo las cosas han cambiando totalmente o cómo algunas permanecen.


Do you realize



I break horses


Sometimes


I have know love


Falling Down


Story of an Artist


Runaway


In dreams


Purple Bottle


Absolute Beginners

Son sólo algunas faltan muchas más. Imagino la vida sin canciones, sonidos combinados que nos mueven la cabeza. Ese imaginar me es indigno. Todas estas canciones me gustan, las podría escuchar una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.
Existen otras dos canciones en especial que me traen muchos recuerdos y que me gustan de manera exagerada:


The seasons reverse



Infection.
Thinking Fellers Union Local 282

Frágil.




Tengo muchas cosas qué decir mas poco tiempo o mucho tiempo, todo depende.
Maldita nostalgia.
Ya no me gusta la gente que teme. Algún día.

Si miras el universo es un gran vacío.


Las cosas existen por error.
¿No es el amor precisamente una especie de desequilibrio cósmico?
El amor es un acto extremadamente violento.
Zizek.

Tentáculos de hierro y humo.

No sé si tenga unas ojeras muy grandes por pasar tanto tiempo en la computadora. Los ojos se pueden llegar a cansar demasiado con la luz del monitor. No sé si sea por eso o porque ya diario tengo que despertar a las seis de la mañana. Me quejo demasiado a veces. Me gusta lo que hago ahora pero siento que algo falta. Me falta hacer lo que me gusta desde los 15 años. A los 16 años sentí una emoción grande cuando mi profesor Gil me dio una buena noticia acerca de mi escritura. Me tengo que poner a trabajar. Moverme de la ciudad. Aprovechar que nada me ata y que todo está bien. Llevo ya medio año cerrando un ciclo y parece que lo voy clausurando bien. Necesito más lecturas, curiosamente me gustan las lecturas deprimentes. Curiosamente influyen tanto en mi estado de ánimo. (Ahora sí, ya dejé de leer a Cioran). Leo el "Arranca-corazones" de Boris Vian y esa lectura me divierte. Leo los libros para principiantes. Leo "Mis días en Shanghai" de Aura Estrada.
Pierdo mucho el tiempo.
Me gustan las recomendaciones musicales de 7, las que pone Tun Naal, las de David, de Lalo. Si algo disfruto realmente es escuchar música, pensar en las letras, traducir. Pero a la vez tengo un conflicto, no me gusta ser una especie de "burgués wannabe", estoy consciente de que no lo soy porque lo que me falta es el capital pero el recién haberme graduado de Letras Hispánicas, el estudiar francés y el perder el tiempo tantas veces, me hace pensar en que necesito romperme más seguido las uñas, irme a la selva. Hacer un servicio a las comunidades, moverme, aprender, aprovechar toda esta energía que tengo. No quedarme sólo con las palabras y la escritura en los libros o detrás del monitor.

La fidelidad: es un invento.



El título proviene de una columna de periódico, de las que Fadanelli escribe en El Universal. A fin de cuentas muchas situaciones y hasta muchos sentimientos son un invento, eso no me asusta ni me da miedo. Mucho menos me deprime. Lo que me deprime son los aforismos de Cioran y ver los noticieros, a veces salir a la calle. Pero eso no importa. Las cosas que no existen se inventan y estoy a favor de hacerlo. Estoy a favor del invento. De la creatividad y la imaginación. Las dos cosas que más me gustan en la vida y por las que he tropezado un millón de veces. Y seguiré tropezando.
Puede que muera por un arranque de arrebato de imaginación. Puede que muera con el cerebro atrapado con el pájaro negro. Puede que muera (gritando).
Puede que mis dientes se caigan mordiendo el caparazón de una tortuga. Puede que muera teniendo el corazón de alguien en mi puño.
Invento posibilidades que aún no existen pero existen porque las invento. ¿Quién me sabe hablar de realidad? Nadie.
Recuerdo que la monogamia es lo peor que les puede pasar a las mujeres. No sé de la frase, sé que alguien la inventó así como alguien inventó la fidelidad. No me importa tampoco.

"Esa necesidad estúpida de seguir hablando porque de lo contrario el silencio llegará y pondrá fin a todo". Esta frase proviene de la columna que mencioné antes y no creo en la destrucción a través del silencio. Sí creo en la destrucción con el ruido.

El silencio, no entiendo bien lo que dice John Cage sobre el silencio. Está su música callada solamente, su música para los pájaros.
No estoy segura de nada.
Los inventos están. Me inventaré una idea que me saque otra porque como dice Fadanelli: "La fidelidad no existe de ninguna manera y bajo ninguna circunstancia. Y como no existe se inventa. Tiene que inventarse. De otra manera viene el silencio, la muerte, el desanmor, el petróleo en el mar. En fin."

Yo me voy a reír de todos aquellos que en su juventud fueron rufianes y que en su vejez los veré con una extrema calvicie. Casi sin cráneo.

¿Por qué hacéis eso?









Imágenes deformes Jpg, mi cámara deforme.

Uno no debe mostrar jamás la cólera o el odio sino con los actos.

“Dejar entrever cólera u odio en gestos o palabras es inútil, es peligroso, es necio, es ridículo, es vulgar. Uno no debe mostrar jamás la cólera o el odio sino con los actos.” — Arthur Schopenhauer

Era una tarde vacía y tranquila en la que Adela esperaba sentada en un parque al señor que vendía marihuana. Había tenido una semana de trabajo intenso, buscaba relajarse. Fumar mota y ver una película en su cuarto era una buena opción.
Adela vivía con sus padres, en un modesto departamento de la delegación Tlalpan. Por las mañanas asistía a la Universidad en donde estudiaba para ser escenógrafa y en las tardes trabajaba con un pequeño grupo de teatro que montaba una obra diferente cada mes.
Sus expectativas académicas y profesionales no eran altas, simplemente quería encontrar una posibilidad de sobrevivencia haciendo lo que le gustaba. Era fan del cine negro y pertenecía a asociaciones que protegían a los animales en peligro de extinción. Odiaba la poesía y escuchaba fervientemente música hecha con sintetizadores y objetos extraños.
No se involucraba nunca en la política pero de vez en cuando leía los periódicos, veía las noticias y escribía sobre ello. Esa tarde ella esperaba al señor que vendía marihuana. Una semana de trabajo intenso. Quería relajarse.
Adela, una chica de baja estatura, de piel morena, ojos grandes y pies planos.
Su padre, Arturo. Él fabricaba pieles sintéticas para hacer zapatos.
Su madre, Antonia. Ella era pintora.
Su hermano Mario. Él estudió leyes.
Su pequeña hermana. Ella disfrutaba el andar en bicicleta.
Esperaba al señor que le vendería marihuana. Esperaba sentada, leyendo un periódico de nota roja. El encabezado hablaba de un cubano que fue encontrado a la vuelta de su casa, muerto. Ella lo conocía, a él y a su esposa. El artículo del periódico describía la forma en que murió ese hombre. Su esposa, una mujer mexicana de 32 años se había casado con él, tenían apenas dos años de matrimonio. Se habían conocido en la isla, ella visitaba Cuba con fines recreativos y de entretenimiento. Una mujer en busca de hombre y con veintiséis dólares en la cartera. Siempre a la expectativa, siempre esperando una señal.
Pablo. Él era cuatro años menor que ella, trabajaba de taxista y asistía a una escuela nocturna donde estudiaba Cine. Se conocieron precisamente en el taxi. Fátima, respondió ella cuando Pablo le preguntó su nombre. La estancia que Fátima tenía prevista en Cuba era de dos meses y medio. En ese tiempo Pablo se convirtió en su chófer oficial. La llevaba a cualquier lugar que ella quisiera y la recogía de cualquier lugar en donde estuviera. Pasaron algunos días y él la invitó a salir al bar más concurrido del lugar. Ella aceptó. Pasaron la noche sin poder conversar, la música se escuchaba tan fuerte que apenas y pudieron conversar. Sólo se miraban y sonreían. Esa noche hicieron el amor en el departamento de Pablo.
Los dos meses se cumplieron y Fátima se casó con Pablo para poder viajar los dos de regreso a México. Él consiguió un trabajo en una casa productora y continúo sus estudios de cine. Ella seguía trabajando en el despacho de arquitectura, profesión que había adquirido.
Vivían juntos cerca de la casa de Adela, la reconocían, la saludaban y de vez en cuando se encontraban los tres en un bar cercano a la colonia.
Una noche Pablo llegó a casa después del trabajo. Llegó dispuesto a darle una noticia importante a Fátima. Ésta preparaba mojitos en la cocina. He pensado que llego el momento de separarme de ti, dijo. Ella tiró las bebidas al suelo y le pidió que repitiera lo que había dicho. Pablo lo dijo de nuevo.
Fátima lloraba. Él subió al cuarto a hacer su maleta. Fátima lloraba y pensaba que sólo había sido el medio para que Pablo pudiera salir de la isla. Pensaba que era una extranjera más, víctima de los hombres cubanos que buscan escapar. Pensaba en sus amigas que le habían advertido de la situación. Pensaba en que ella no sería una víctima pero él sí. Pensó en matarlo y lo hizo.
Sacó la pistola que Pablo guardaba cerca del escritorio en el que cada noche se sentaba a juntar ideas para guiones cinematográficos. Cogió el arma y corrió a la habitación, ni siquiera quiso detenerse a mirar el rostro de su esposo, le disparó mientras él estaba de espaldas. Le dio en la cabeza y explotó, la sangre salpicó la pared. Pablo cayó en la cama. Las sábanas repletas de sangre, su ropa tirada en el suelo. Sus párpados secos. El rostro de Fátima mojado.

Adela esperaba a que llegara el señor que le vendería marihuana. Miraba la foto después del encabezado. Pablo entre las sábanas llenas de sangre con su rostro oculto, el rostro oculto la fina expresión de la muerte. Pablo cayó de frente.
Adela sintió un escalofrío al terminar de leer el periódico. Ya estaba ansiosa, se imaginaba lo bien que le caerían unas cuantas fumadas de hierba mientras la película de cine negro entonara los balazos, música cotidiana para sus oídos.

Te gustan de esos.





“He vivido como si fuera hijo secreto de un rey, en espera de que algún cortesano me rescate. Claro que nadie me rescató; nadie rescata a nadie. Por ello dejé las pretensiones en un cajón. No era más guapo que ellos, no había ido a mejores escuelas ni me vestía mejor y carecía de su encanto. Pero había decidido apegarme al fundamento que hace triunfar a los bandidos: olvidar minuciosamente la compasión.”

Recursos humanos, Antonio Ortuño.

Rambo girl.



Escribo esto a cinco horas de regresarme a Guanajuato. Son como los últimos días, como los primeros días también. Tecleo con los dedos hinchados, con las manos moradas. Escuchando la canción del hombre de los párpados azules. No he hecho mi maleta pero ya lavé los calcetines.
Leí el texto de la primate y me dejó pensando largo rato sobre los movimientos sociales y las personas aisladas. Utopía de la convivencia sin problemas, sin más que los demás.
El cumpleaños de Jacks se acerca. Ya pasaron diez años. Ya. No le gusta que le lea cuentos con diferentes tipos de voces. Ya.
Trato de evitar el pensar negativamente pero no me dan ganas de ir al frío con las manos hinchadas. Con huecos en los nudillos.

Rambo girl, mi dibujo, el sexto de los dos dibujos diarios que haré por 55 días como parte de un proyecto ultrasecreto. Retratos de personas conocidas, vistas aunque sea una vez en la calle, en mi casa, en la escuela, en la azotea, en la nocturna, en tu trabajo pero no en el mío, en la silla, en la cama, en el buró, el comedor, en la sal y en las pastelerías.
Golpearé a todo aquel que se atreva a conquistar una chica resucitándole poesía. Ella lo dice y yo lo confirmo. Y Rambo girl golpeará a todo aquel que recite o le escriba a una mujer el capítulo 7 de Rayuela sin poner la referencia.
Y a todo el que no se vaya a dormir cuando al día siguiente se tenga que levantar temprano.
Rambo girl volteada.

Cosas que se miran de lejos.

Los cerros ya están secos y no hay mucho de qué hablar.
En estos días las cebollas no hacen efecto.
Las rodillas que no se cicatrizan y todo se convierte en un eterno retorno.¿Hasta cuándo se rompe el eterno retorno?
Y hablamos de nuevo de la imbecilidad del lector. Nos asumimos como lectores y de verdad quiero que me preste su nuevo libro. El libro que tiene tantos dibujos.
Y la furia se desata de vez en cuando. La furia y las especulaciones de un revolucionario inactivo. Y ganas de ver a los guanajuatenses que no he visto porque viven en otros cerros lejos del mío.
A dónde se fueron todos los de Pueblito de Rocha que conocí años atrás.
A gritar fuerte para que los pájaros vuelen con justificación.