14 de noviembre de 2018. Madrugada que comienza. Utopías y distopías. Sueños que recuerdo: subía una escalera y llegaba al mar. Todo era raro. Yo veía un horizonte difuso y una línea verde que dividía el mar y el cielo. Desperté. No había desayuno pero sí un té negro con leche. Corrí. En la oficina escuché una y otra vez el cover que hace Big Star de Femme Fatale. Regreso a casa con frío. Veo el espejo y mi nariz roja. La estufa y la tetera roja: elementos indispensables. Las utopías de mis amigos, una casa en el bosque, una casa comunal en el bosque. Les pido una respuesta rápida: ¿qué utopía es sustentable?
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El fotógrafo de cadáveres.
En la Revista Alternativas de Octubre dedicada a la muerte, se publicó un artículo que escribí sobre uno de mis fotógrafos preferidos: Enrique Metinides. Dejo aquí el texto. La fotografía desempeña una función de testimonio, de documento que informa y registra un hecho específico. A lo largo de la historia, el trabajo en la fotografía periodística se ha desempeñado en mostrar imágenes de conflictos políticos y desastres naturales. La cámara se convierte en un elemento indispensable para registrar hechos de gran impacto en la historia de la humanidad, de eventos que no son parte de lo cotidiano pues marcan a la historia y trascienden: las guerras, los movimientos sociales, las catástrofes producidas por la naturaleza, etc. El trabajo fotográfico de Enrique Metinides reside en el periodismo, sus composiciones fotográficas son vinculadas con el cine negro, captan el instante preciso de la muerte y la muestran en su apogeo en distintos escenarios como incendios, suicidios, accidentes automovilísticos, aéreos, choques, atropellamientos y rescates de montaña. Susan Sontag menciona que “una fotografía pasa por la prueba incontrovertible de que sucedió algo determinado”, ¿puede existir algo más determinado que la muerte? Precisamente es lo que Metinides retrata en su trabajo fotográfico, la determinación en su máximo esplendor. Enrique Metinides también conocido como “el niño”, nació en la Ciudad de México en el año de 1934, sus fotografías además de vincularse con el periodismo también son consideradas obras de arte por su composición, su línea temática y el impacto social y político que éstas tienen. Su trabajo como fotógrafo lo inició desde que era niño (razón de su pseudónimo) ya que laboraba inicialmente como ayudante de un fotógrafo de periodismo sensacionalista. A partir de entonces se encargó de retratar por mucho tiempo sucesos en el diario La Prensa, mostrando el lado más cruel de la ciudad de México, plasmando en imágenes asesinatos, muertos, incendios y catástrofes de toda índole. Metinides realiza fotografías de sucesos espectaculares pero siempre con una composición que no cae en el escándalo, maneja una estética que transforma lo horroroso en bello. Las imágenes de Metinides tienen un fuerte valor expresivo como suceso trágico, sus fotos son estructuras narrativas que nos cuentan una historia sobre distintas maneras que existen para morir. Enrique Metinides expone emociones de situaciones que caen en las tragedias humanas, como lo dice Baudrillard: “la condición humana sólo es posible cuando los seres vivos están unidos por sentimientos violentos de repulsión, de desagrado” y precisamente las fotografías de Metinides son parte de esa unión. Los espectadores van formando un pacto con la realidad, una realidad oscura, triste y trágica que es plasmada en su periodismo fotográfico. Su trabajo consiste en plasmar cadáveres, formar parte de la escena del crimen en el momento indicado. La fotografía se construye de instantes, pero su complejidad consiste en perpetuar el instante por mucho tiempo. El objeto fotografiado cambia de contexto, ya no es lo que fue, eso pasa con el trabajo de Metinides cuando los hechos criminales se vuelven un acto estético y el retrato de la muerte reside en una obra de arte. Sus fotografías plasman con claridad el deceso de la condición humana.
Olvídalo, la palabra que más se repite.
Foto recortada de una revista sobre cine soviético de los años 50 y coloreada con lápices encontrados en una cartuchera. En tamaño real el recorte mide 3 x 5 cm.
Lo buscado está en el propio buscador.
Estoy leyendo La gramática del tiempo de Leonardo da Jandra, su forma de escribir me ha gustado bastante sobre todo porque repasa teoría filosófica que tengo muy olvidada, más bien nunca aprendida. Leo sobre el dinamismo y el estancamiento de la sociedad. Leo sobre la muerte y el tiempo. Las ganas de matar de un huatulqueño y la pérdida de lo "sagrado" que nos llevará a la decadencia, según el autor. La civilización es representada como el estado de derecho mientras la barbarie es el estado natural.
Me imagino viviendo en la costa oaxaqueña, pero la imagino solitaria y ruidosa. El mar que hace música y no ruido o quizá hace ruido y no música, algo que llega a mis oídos, tenga los ojos abiertos o los tenga cerrados.
Lo que me gusta de la imaginación es que en un cambiar de pensamiento la segunda opción derriba a la primera y así podemos ir derribando nuestras primeras ideas y sosteniendo las últimas. Pensar en el presente, en el adverbio "ya" que indica tiempo inmediato. No voltear hacia atrás pero tampoco ver hacia adelante. Estar flotando en una piedra gigante que se encuentra justo en medio del mar, con nuestras plantas de los pies bien anclados y la mirada en un punto fijo y cercano. Tambaleando de vez en cuando pues no todo se trata de mantener el equilibrio. Se vale saltar e incluso también es permitido clavarse en el agua hasta la profundidad.
Aquí unas citas del libro:
"Privado de su ritualidad (pasado) y de su libertad (futuro) el nativo hace del consumo (presente) la medida de su felicidad: consumo, luego soy; y cuanto más consumo, más soy".
"Siendo la felicidad masiva todavía inconcebible, la única opción es la utopía grupal o de pareja. Lo demás es profanación civilizadora, tecnocracia, inmoralidad, poder".
"La mentalidad utópica debe ser en consecuencia, anticonsumista y metódica, ritual y ajena al poder, apasionada por la naturaleza y consciente de sus límites".
"Hoy se sabe que la duda es infinita, y que ser escéptico es la forma menos comprometedora de enfrentar la estupidez masiva".
"El hombre en cuanto a ser físico, es gobernado como los otros cuerpos por leyes invariables. En cuanto ser inteligente viola incesantemente las leyes que Dios ha establecido, y cambia las que él mismo ha forjado".
Todos son enunciados que me he topado en La gramática del tiempo, el que más me gusta es el tercero, el que habla acerca de la utopía, porque es lo que hago diariamente: utopizar (si es que eso es una actividad). Quizá mi utopía aún no está consciente de sus límites pero pienso de forma "utópica" en que algún día lo estará.
La utopía como una foto aérea que se le toma al campo o a una ciudad, podemos ver todas las vértices, todos los caminos posibles mientras escuchamos la voz de algún individuo que dice: "porque el mundo y es el mundo y no escribe historias que terminen en..." y permanecemos atentos mientras nos rascamos la cabeza.
En fin, seguiré leyendo y espero como sugieren las palabras en la contraportada del texto, realizar mi utopía costeña de (re)leer este libro de Da Jandra frente al mar.
No estoy escribiendo una reseña del libro, ni una recomendación, son ideas sueltas a la gramática del tiempo.
No estoy escribiendo una reseña del libro, ni una recomendación, son ideas sueltas a la gramática del tiempo.
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