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Escuchar la conversación de dos señores con sombrero, flotando en el cielo.


Escuchar las conversaciones ajenas en un café, historias de terror y de conflicto.
Escuchar mientras escucho esas narraciones, la licuadora haciendo frapés.
Escuchar a la vez música de Sean Lennon.
Escuchar en mi interior la voz que me dice que me distraigo bastante.
Escuchar de nuevo la conversación ajena.
Escuchar los tacones de una mujer que se dirige al baño.
Escuchar síntomas inexistentes.
Escuchar el estrés.
Escuchar las risas, las charlas de la gente que está a un lado.
Escuchar el ruido que hace la taza cuando la pongo en el plato justo después de sorber la última gota de café.
Escuchar que es por rebeldía a mí misma que tomo café, uno bien cargado.
Escuchar On again off again de Sean Lennon, otra vez, una y otra vez.
Escuchar lo que una persona me dijo en sueños.
Escuchar que el estrés produce pesadillas y el sueño de la razón produce monstruos.
Escuchar el caer de la lluvia.
Escuchar la derrota.
Escuchar los dilemas.
Escuchar las risas de la calle de enfrente.
Escuchar el caer de las botellas de cerveza.
Escuchar el crujir del cornflakes.
Escuchar lo que quiero y no quiero escuchar.

Aquí todo madura y se descompone con facilidad.

Soy el narrador. El que dicta esta historia simplemente, sé de los pensamientos y de las ideas de otras personas. Sé la historia de esa persona y de aquella otra.
Sé lo que les pasa y lo que ven.

Ella, una fanática de todo y de nada, le gusta saber de muchas cosas, su imaginación le impide estar acorde con la realidad, la imaginación o la pereza, no lo sé muy bien. Sé que le gusta el arte, su pintor favorito René Magritte. Le gusta la literatura, no tiene ningún escritor favorito pero le gusta Raymond Carver, Paul Auster y recientemente lee a Virginia Woolf. Su futuro no es muy claro pero tampoco su presente, su mente está un poco estancada. La veo pasar y sé de ella, de sus pensamientos y su vida porque yo soy un narrador. Tiene un trabajo que no le gusta mucho, de hecho tiene dos trabajos que aunque no los aborrece, tampoco está conforme, ella no está conforme con nada. Le falta algo de motivación o quizá simplemente arriesgarse más. Le gusta escribir pero no lo hace muy seguido, piensa mucho en ello, en las historias que le gustaría escribir en qué decir y cuándo, pero como les decía para ella es difícil notar que un pensamiento no es la realidad tangible y concreta. Por lo que a veces le basta el pensamiento, lo cual le ha traído algunos conflictos existenciales internos con los que batalla algunas veces. Hace varios meses que no escribe un relato y un día de navidad, después de ver demasiadas películas decide sentarse y tratar de escribir en el ordenador. Piensa en muchos temas: en barcos, en escribir alguna historia que tenga que ver con la formación de los planetas, con el clima, con el caos del mundo y hasta en escribir sobre las compras de pánico.
Decidió escribir sobre el tema que menos podría interesarle al mundo (al mundo de los lectores, las editoriales y en general al: mundo), así que se dispuso a escribir un relato sobre sí misma. Un relato de su vida. Hace algún tiempo concluyó con algunas etapas en su vida, se gradúo y terminó una relación. Le daba mucha pena escribir algo sobre su vida, pero a fin de cuentas lo intentó. Escribió sobre ella y sobre ellos (personas que estaban a su alrededor), lo siguiente:

En una tarde de mayo, Teresa portaba un vestido verde y unas mallas cafés, no se había dado cuenta que para esa tarde primaveral había escogido un vestuario similar al de un árbol. Tenía trabajo, mucho trabajo en un festival de cine, se encargaba de organizar unas conferencias sobre un famoso cineasta ruso llamado Andrei Tarvkovsky. En el mundo hay muchas personas que dedican su tiempo a realizar análisis sobre cosas realmente innecesarias, por ejemplo: análisis sobre las películas de este señor. Sin embargo, ella pensaba que había varios seguidores de aquel director y que sería bueno reunir a esa gente para que hablaran de sus aficiones y un tanto de los fetiches que tenían.
Esas conferencias absorbían su tiempo y sólo quería que quedaran perfectas ya que si lo lograba obtendría un puesto en las oficinas de la Cineteca Nacional. Uno de sus pasatiempos preferidos era sin duda ver películas, el cine llenaba un espacio de su vida por lo que deseaba trabajar en la cineteca.
Se encontraba en un momento conflictivo con un chico con el que había salido algunos años. La vida se encargó de terminar con lo que había que terminar, aun así quedaron algunas secuelas que el paso del tiempo poco a poco fue curando. A ella todavía le parece increíble el haber podido dejar de establecer contacto con él, aunque le parecía, faltaba más determinación de su parte.
Pasó su etapa de prueba y finalmente no consiguió el trabajo en la cineteca, siguió con una vida un poco más solitaria y dos trabajos que a pesar de que no eran los que quería le ayudaron a sostenerse un poco y a comprar cosas que le hacían falta.
Transcurrían los días, ella trabajaba y pensaba mucho en su futuro, por un largo tiempo se perdió de su presente precisamente estando atrapada en los pensamientos sobre su futuro. Se estancó en el tiempo. En el verano fue cautivada por un estudiante de cinematografía, salieron un par de veces y conversaron un par de veces también, eso fue suficiente para que ella pusiera demasiada atención en él. A veces solía ser muy fácil de cautivar. No sabía si esa especial atención era su manera de distraerse de sus verdaderas responsabilidades como la de titularse o la de olvidar o la de conseguir un nuevo trabajo.
Se estancó en el tiempo pensando en alguien a quien no veía y a quien no conocía del todo bien como para decir que estaba enamorada (además decir que uno está enamorado es como decir que se tiene diarrea en una junta laboral a la que no se pudo llegar, es mejor guardárselo y decir que se tuvo un contratiempo). Todo era un poco confuso.
Esa autosuspensión del tiempo pasó del verano al invierno hasta que en una película escuchó la siguiente frase: "las personas (hombres o mujeres) se olvidan convirtiéndolas en literatura". Como si esa frase fuera la llave de la puerta del olvido, Teresa estaba dispuesta a escribir un relato sobre ese chico que le hizo de la manera más absurda suspender el tiempo -sabía que quizá lo que escribiría no resultaría ser literatura, pero esos balbuceos le podrían ayudar en algo- y el resultado fue el siguiente:

Llegada la noche, Esteban tomaba una taza de café en la sala de su casa, con la luz apagada y sólo iluminado por una tenue lámpara, pensaba en la muerte y sus implicaciones. El día anterior había visto un documental sobre la muerte de los pingüinos, los cuales eran suicidas y la película "El séptimo sello" en donde la muerte y el ser humano se enfrentan a un duelo de ajedrez. Pensaba en la defunción, particularmente en el día de su descenso, en cómo sería, en dónde a qué día y a qué hora, sería en un hospital, en la calle, en otro país, con su familia o solitario.
En la oscuridad y con esa taza de café pensaba en todas los detalles de su propia muerte, se imaginó la caja en donde estaría y en cómo sería su funeral (si es que tendría uno), quiénes irían, quiénes llorarían, quienes no. Imaginaba a aquella niña a la que obsequió el cadáver de una mariposa el día que se encontraron en el jardín japonés. La imaginaba llegando al funeral con una caja de galletas, la misma que le había regalado cuando iban en sexto de primaria. Llegaría aun siendo una niña a pesar de los años. Pensaba en ella y en sus amigos de la infancia también, esos que no ha vuelto ver desde entonces.
Pasó algunas horas imaginando los detalles de su muerte, pero lo que realmente hacía que le diera más vueltas al asunto fue la realidad, la realidad de saber que nada de lo que imaginaba pasaría, -los seres humanos solemos fantasear demasiado, por eso, la realidad puede ser un tremendo choque-. Sin embargo, la incertidumbre fue algo que le encantó siempre.
Fue la incertidumbre la que lo llevo a encerrarse dentro de sí, era un tipo un tanto solitario, hablaba poco y sólo cuando era necesario. Estaba consiente de que sus circunstancias de vida definían su personalidad, le gustaba reflexionar acerca de las cosas y situaciones que lo rodeaban. Su voz era muy baja, transmitía cierta tranquilidad a quien lo alcanzaba a escuchar. Las personas están acostumbradas a hablar con un tono alto, quieren llegar a los oídos de todos, si por ellos fuera gritarían todo el día. Él no.
Esteban se dedicaba a escribir guiones cinematográficos y a producirlos también, por las noches se sentaba un rato en su sillón favorito que estaba justo en medio de la sala, tomaba café veracruzano y se disponía a pensar por lapsos de tiempo a veces cortos, a veces largos. Tenía una obsesión por pensar en la muerte, le gustaba leer los poemas de Villaurrutia antes de ponerse a escribir. El guion que más había disfrutado hacer era sobre danza Butoh, ese tema llamaba su atención desde tiempo atrás por los fundamentos en los que se construye esta expresión del cuerpo: "la danza hacia la oscuridad" que pretende recobrar el cuerpo desde el vientre materno.
Elaboró una historia que quiso abordar a través de un cortometraje, construyó vestuarios que parecían el cielo muy nublado de alguna ciudad abandonada, dos bailarines profesionales estuvieron presentes con sus movimientos el día de la grabación. Gesticulaciones rígidas, la expresión facial en su máximo esplendor, el cuerpo cubierto de llagas despertando al movimiento lento, las sensaciones tomaban velocidad. Corte.
Después de grabar, su mirada se enfocó en aquella bailarina, su cuerpo tan delgado, su cara un poco demacrada, su cabello tan frágil, sus ojos tan fuertes. Quiso abrazarla pero temía que un sólo abrazo fuera a deshacerla. Tenía bailando Butoh ya casi treinta años, conocía la técnica, el poder de la danza hacia la oscuridad. Nadie como ella para transmitir con sus manos, piernas, vientre, rostro.
Esteban quedó impregnado, la pensaba todo el tiempo, quería volverla a ver. La llamó con el pretexto del cortometraje, le dijo que necesitaría hacerle otras tomas. Ella accedió y cuando estuvo en casa de Esteban los dos se sentaron en su sillón favorito y tomaron café. Platicaron un poco sobre sus vidas, la bailarina tenía cincuenta y tres años recién cumplidos, no tenía esposo ni hijos. Vivía sola en una casa muy grande que había heredado de sus padres, desde niña comenzó a interesarse en la danza, pero no fue sino hasta que viajó a Japón a la edad de 23 años cuando conoció el Butoh y se convirtió en su profesión.
Vivió tres años en ese país del cual siguió recordando los campos de cerezos como una imagen linda que la acompañaba todas las noches antes de irse a dormir. Le contó a Esteban que estaba enferma, le quedaban algunos meses de vida según su doctor particular, ella estaba lista para partir. Sentía nervios pero a la vez tranquilidad, era de esas personas que creían en el destino y en que existía un libro que ya estaba escrito y que ese libro regía su vida, el autor ya había escrito esa enfermedad y nadie la podía borrar.
Esteban no podía dejar de mirarla con afecto, a sus adentros pensó que estaba enamorado, que quería besarla pero que era demasiado pronto. Mientras ella hablaba, él se detuvo en la muerte de nuevo. Él, que siempre se intrigaba en las formas de morir, en pensar en su muerte y en lo mucho que le angustiaba no conocer su futuro, se sorprendió al escuchar a una persona que ya tenía bien claro el lecho de su muerte, el médico le contó uno a uno los días y casi tenía una fecha clara en la que dejaría de existir.
Esteban quería que su muerte tuviera fecha también, quería saber el día preciso de la partida de su bailarina de Butoh. En su adolescencia a Esteban lo acompañó muchas veces una canción de The Smiths llamada "There is a light that never goes out" en la que una frase tenía especial atención en él: “to die by your side is such a heavenly way to die”. Siempre se preguntaba si en realidad alguna vez podría decir esa frase a alguien con toda seguridad, ¿algún día sentiría placer y privilegio de morir al lado de alguna persona?
Como Esteban ocupaba bastante tiempo pensando en su muerte, quiso planearla igual que unos novios recién comprometidos planean su banquete de bodas.
Para esto, necesitaba la ayuda de una sola persona, la bailarina de Butoh.
El tiempo pasó y se fueron conociendo mejor, entre los dos formularon ideas para que el cortometraje quedara mejor, a ella le gustaban tanto las imágenes, su vestuario, sus gestos, quedó satisfecha.
Comenzaban a tenerse confianza, la suficiente para que ella le revelara a Esteban la fecha tentativa de su muerte: 23 de mayo.
Era verano, los dos subieron al auto rumbo al bosque, llegaron a ese lugar recóndito y lleno de árboles, se sentaron a comer panecillos y a beber un poco de vino tinto. A sus 53 años y él a sus 24 sabían perfectamente cómo unir sus labios, cómo acariciar sus cuellos, cómo sujetarse de las manos. Después de comer pasaron la tarde localizando a un árbol que fuera lo suficientemente amorfo para que se convirtiera en su favorito.
Esteban creía que los seres humanos tenían una idea muy simple de lo que era la belleza, sus cánones estéticos le parecían de cierta manera vulgares. Él sabía que era la naturaleza la que tenía la belleza que buscaba, ahí nada era perfecto. Las ramas de los árboles, por ejemplo, no eran nunca iguales, ni estaban parejas ni seguían un sólo camino, eran un sin fin de posibilidades en cuanto a formas, eran un sinfín de posibilidades en cuanto a colores, olores, dimensiones. Para él la belleza era ese cúmulo de posibilidades, esa enredadera sin fin.
Al encontrar el árbol, los dos le hicieron un hueco en donde susurraron su más grande secreto, algo que sólo confesarían a aquel tronco café lleno de hojas verdes. Al terminar de susurrar taparon el hoyo. A los dos les daba tanta curiosidad saber qué habían dicho a ese árbol frondoso pero ninguno dijo nada.
Era de noche, se fueron al auto de nuevo y llegaron a la carretera, la neblina cubría el camino, con la canción de The smiths a todo volumen, cerraron los ojos apretando fuertemente los párpados y sin soltarse las manos, se dejaron caer a un barranco lleno de hermosas rocas de diferentes tonalidades.
Teresa puso fin a su relato, mató a sus dos personajes de la manera más obvia, los mató en un auto. Imaginó la caída al barranco con un soundtrack de fondo, lo imaginó en cámara lenta como si estuviera viendo una película en el cine. Después, se dio cuenta de que esa hipótesis sobre escribir de alguien a quien quieres olvidar para olvidarlo de verdad era totalmente errónea porque le surgieron ganas de escribir más y más acerca de la vida de esa persona que la suspendió en el tiempo. Escribió y escribió en una libreta de pasta color púrpura hasta llenarla, sólo ella leyó los relatos y lo hizo una y otra vez hasta llegar al punto de quemar la libreta en la fogata que hicieron sus primos en una noche de campamento. La lectura de la libreta púrpura se había vuelto una obsesión.
No supo qué más decir sobre Teresa, sabía que contar detalles de su vida no le traería nada bueno, además siempre que escribía pensaba que estaba prediciendo el futuro, le daba miedo diagnosticar enfermedades en sus personajes, que fueran suicidas en potencia, que murieran sus amigos, su familia. Pero tampoco le gustaba escribir acerca de la felicidad, le parecía un tema que no era digno de contarse, tal vez sólo de vivirse si es que era posible.
Yo como narrador he podido observarla y ver cuál es su proceso creativo a la hora de escribir y sé que se pone muy nerviosa y que muchas cosas la distraen, siempre tiene la necesidad de beber un vaso con agua cuando está a punto de culminar una idea y tiene que caminar o moverse un rato para luego sentarse y concluirla. No sé si con esa inconstancia llegue lejos. Necesita más lecturas y un tiempo más largo para escribir.
Uno de sus amigos le obsequió algunas películas que ella disfrutó mucho ver, en especial una llamada “Memorias del subdesarrollo” de Tomás Gutiérrez Alea, esta película es cubana y fue hecha en 1968, está basada en una novela del mismo nombre escrita en el año de 1965 por un escritor cubano llamado Edmundo Desnoes en donde nos cuenta la vida de un burgués que trata de adaptarse a los cambios que trae consigo la Revolución. Ella no leyó la novela sólo ha visto la película y notó que el personaje principal refleja a esas personas que llevan una revolución interior constante, esas personas suelen ser muy observadoras y a través de sus ojos podemos ver los cambios en Cuba, su gente y lo que proyectan.
El personaje principal se la pasa observando y dando sus opiniones sobre lo que ve, nos describe qué es y qué significa el subdesarrollo. Habla de algunas características con las que convive la gente que vive en un país subdesarrollado como él, habla hasta del subdesarrollo de sus sentimientos, habla sobre la incapacidad de relacionar las cosas, para acumular experiencia y desarrollarse. Ella tenía muy claras muchas frases de la película. El protagonista era un ser un poco apático que veía con cinismo y un cierto despotismo a sus paisanos y las personas que gestaban la Revolución, sobre todo se burlaba de la gente de su misma clase, los burgueses que eran como marionetas en un país en donde el socialismo estaba a punto de tomar sus propias riendas. El protagonista creía que todos eran unos ilusos y que no había nada ni nadie que pudiera transformar en otra cosa el subdesarrollo de su país.
Al ver la película ella quedó enamorada del personaje principal, su actitud tan aparentemente indiferente, su apatía, su reflexión tan ácida pero de cierta manera tan verdadera acerca de la situación social. Todo eso y uno de sus tantos amores imposibles por ser un ente de la ficción. Esa película desarrolló varias reflexiones en su interior porque a la vez estaba leyendo “El extranjero” de Albert Camus en donde el protagonista era tan parecido al de la película. Como si alguien se hubiera encargado de extirparles las emociones e inyectado sustancias de resignación. Ella se preguntaba si alguna vez podría llegar a ser como ellos a dejarse llevar con resignación pero con muchos cuestionamientos en su interior. Dejándose que la vida le vaya pisando los pies. Así como Cuba, su país México, seguía en el subdesarrollo por eso se identificó con muchos conceptos y observaciones del filme.
Una de las frases de esa película que más se quedó en su cabeza fue en la que se menciona que las personas en subdesarrollo son incapaces de sostener un sentimiento. Se cuestionó sobre si ella sí era capaz de sostener un sentimiento y sobre cómo era o qué era sostener un sentimiento. Se dio cuenta de que los sentimientos le dan miedo al igual que muchos, se dio cuenta de que su cerebro estaba en subdesarrollo.
Yo como narrador, la observé y escribí sobre ella porque estaba muy aburrido mirando el cielo, me sabía de memoria las formas de las nubes, mi imaginación estaba en su apogeo pero a la vez muy trabada, como si alguien la tuviera amarrada a un árbol, quizá al mismo tronco al que Esteban y la bailarina le contaron su secreto.
Su vida me dejó todavía más aburrido, ser un narrador tiene su precio, uno también se acompleja contando las historias de otros pero hay que renovarse y pensar en el próximo relato a narrar ya que aquí en esto que llamamos mundo, todo madura y se descompone con facilidad.



Pensando en todo el tiempo que pierdo.

Breve lista. 5 cosas que me gustan y 5 cosas que no me gustan.

Cosas que me gustan:
1.- La música de Daniel Johnston.
2.- Las cámaras lomográficas.
3.- Los libros de aforismos.
4.- La poesía francesa del siglo XIX y XX
5.- Las bicicletas y las películas de Woody Allen.

Cosas que no me gustan:
1.- La música de Linking Park, ni Blink 182, por ejemplo.
2.- Las cámaras escondidas.
3.- Los libros de caballería.
4.- La poesía barroca.
5.- Lo trineos y las películas del Padrino.

And somewhere, maybe someday...

Soy solo un sueño de un perro que está en coma, me dijo una vez un amigo, reí un rato y se me quedó esa idea en la cabeza.
¿Qué comparación tenemos con el mar? ninguna.
Pero tenemos el privilegio de verlo y sentirlo y sumergirnos en él.
Una vez, una chica me estaba contando sus penas de amor, para ella el que había sido su novio era el mar. Ella decía, él es el mar.
Y yo sentía pena y algo de enojo discreto a la vez. ¿Cómo se atrevía a comparar el mar con una persona?
Yo nunca me he atrevido a hacer ese tipo de comparaciones.

I'm just a little person,
One person in a sea
Of many little people
Who are not aware of me.

Hoy en la biblioteca, cerca del museo vi a un pájaro caer, agonizar moviendo sus alas para luego morir, sentí un golpe en el pecho al ver esa imagen. Los pájaros muertos me persiguen. Cerré los ojos para ya no seguir viendo esa ave y pensé en el mar, en lo grande que es, en cuántos pájaros muertos albergaría.
Cerré los ojos y de nuevo pensé que no compararía a ninguna persona con el mar.

A todas mis despedidas, un armisticio.

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso en ruinas.
Juan José Arreola.

A todas mis despedidas a las que ya hice, a las que ya olvidé y también a las que he hecho pero no he olvidado. Para todas mis despedidas va este texto de Arreola.

No sé cuántos barcos de papel he hecho en mi vida.




Eran las cinco de la tarde, faltaba una hora para que se escondiera el sol. Ahí estaba yo a punto de zarpar. Leven anclas, escuché a lo lejos. Navegué por ese gran muro azul que es el mar. Pasé varios días en ese barco que se convirtió en mi hogar. Conocí a una sola persona estando allí, un hombre alto de cabello blanco. Él y yo vivimos juntos, me contó la historia de los barcos: el hombre construyó elementos para flotar en el agua, usaba los troncos de los árboles, de repente inventó los remos. El hombre aprendió a moverse sobre el agua. Ahí estábamos nosotros en un barco en el que a veces remábamos y algunas otras lo movía el viento. No había límites. Llegó la noche él y yo nos tomamos de la mano, viajamos inmóviles.

Odio deberían de tener los pájaros cuando les cortan los árboles con sus nidos dentro.




Esto no es una declaración de odio, tampoco es algo que valga la pena leer.
Es simplemente algo que escribo en este sitio postadolescente visceral.
Si esto fuera una declaración de odio no colgaría esta imagen. Porque en ella está lo que quiero: viajar.
Mi único objetivo, lo que más busco y me gusta.
Un viaje lejos. A lo más lejos que se puede ir: el espacio. Ver de cerca lo que son las estrellas y darme cuenta de que nuestra percepción del mundo en la tierra está equivocada. Subirme a la nave espacial y recortar papeles para hacer collages. Llevar unas buenas tijeras y un resistol de barrita.
Esto no es una declaración de odio porque si así lo fuera no colgaría esta imagen.
Pondría el dibujo de un perro con rabia, así de fácil de connotar, sin complicaciones semánticas ni nada.
Esta imagen es sólo para recordarme que tengo que viajar. Que las ojeras aumentarán si me quedo en el mismo lugar.
Es para recordarme que tengo que terminar lo que he empezado. Es para recordarme que tengo que comprar un casco para salir en bicicleta. No me gustaría partirme el cráneo.
Deberían de inventar un casco que haga a la gente viajar. Seguro en el año 2046 alguien lo inventará. Las aerolíneas pasarán de moda y ahí estaré yo comprando vuelos económicos que me lleven a recorrer la tierra. Ahí estaré yo, viajaré sola.
No necesitaré de nadie en los viajes, estaré sola. Ignoraré a los paseantes. A la gente que se asusta con muy poco. A la gente que ilusiona para sentirse bien sólo por un momento. Olvidaré a toda la gente que tiene ilusiones porque eso es para la gente que tiene tibia el alma. En mis viajes no habrá gente con alma. Iré sola. Tendré conmigo la música. Mis ojos. No necesitaré más. Viajaré sola. No necesitaré ningún arma ni a nadie. No necesitaré ni siquiera un cortauñas.
No necesitaré de un taxi. Yo me moveré sola. No necesitaré de alguien estratega.
Solo estaré yo y la ciencia de las soluciones imaginarias por si necesito encontrar una solución a algo. Así de simple.
Esto no es una declaración de odio, esta imagen no es de odio. Es para viajar. Es también para olvidar lo que se quiere olvidar. Porque la memoria es sabia y algunas veces sabe seleccionar aquello con lo que se quiere quedar.
Porque el sistema nervioso de estar tantas veces en lo mismo se atrofia. Porque hay personas que no pueden permanecer.
Saber elegir.
Saber elegir el lugar a donde quiero viajar.
Saber elegir el no llevar maletas.
Saber elegir mi propia compañía.
Saber elegir las palabras.
Llegar a la impertinencia. Saber parar. Detenerlo todo en el momento justo.
Frenar con palabras a aquello que puede acercarse más y destruirte.
Que las palabras ayuden a frenar el tren cuando estás amarrado a las vías.
Esto entonces, no es una declaración de odio.

Tentáculos de hierro y humo.

No sé si tenga unas ojeras muy grandes por pasar tanto tiempo en la computadora. Los ojos se pueden llegar a cansar demasiado con la luz del monitor. No sé si sea por eso o porque ya diario tengo que despertar a las seis de la mañana. Me quejo demasiado a veces. Me gusta lo que hago ahora pero siento que algo falta. Me falta hacer lo que me gusta desde los 15 años. A los 16 años sentí una emoción grande cuando mi profesor Gil me dio una buena noticia acerca de mi escritura. Me tengo que poner a trabajar. Moverme de la ciudad. Aprovechar que nada me ata y que todo está bien. Llevo ya medio año cerrando un ciclo y parece que lo voy clausurando bien. Necesito más lecturas, curiosamente me gustan las lecturas deprimentes. Curiosamente influyen tanto en mi estado de ánimo. (Ahora sí, ya dejé de leer a Cioran). Leo el "Arranca-corazones" de Boris Vian y esa lectura me divierte. Leo los libros para principiantes. Leo "Mis días en Shanghai" de Aura Estrada.
Pierdo mucho el tiempo.
Me gustan las recomendaciones musicales de 7, las que pone Tun Naal, las de David, de Lalo. Si algo disfruto realmente es escuchar música, pensar en las letras, traducir. Pero a la vez tengo un conflicto, no me gusta ser una especie de "burgués wannabe", estoy consciente de que no lo soy porque lo que me falta es el capital pero el recién haberme graduado de Letras Hispánicas, el estudiar francés y el perder el tiempo tantas veces, me hace pensar en que necesito romperme más seguido las uñas, irme a la selva. Hacer un servicio a las comunidades, moverme, aprender, aprovechar toda esta energía que tengo. No quedarme sólo con las palabras y la escritura en los libros o detrás del monitor.

La fidelidad: es un invento.



El título proviene de una columna de periódico, de las que Fadanelli escribe en El Universal. A fin de cuentas muchas situaciones y hasta muchos sentimientos son un invento, eso no me asusta ni me da miedo. Mucho menos me deprime. Lo que me deprime son los aforismos de Cioran y ver los noticieros, a veces salir a la calle. Pero eso no importa. Las cosas que no existen se inventan y estoy a favor de hacerlo. Estoy a favor del invento. De la creatividad y la imaginación. Las dos cosas que más me gustan en la vida y por las que he tropezado un millón de veces. Y seguiré tropezando.
Puede que muera por un arranque de arrebato de imaginación. Puede que muera con el cerebro atrapado con el pájaro negro. Puede que muera (gritando).
Puede que mis dientes se caigan mordiendo el caparazón de una tortuga. Puede que muera teniendo el corazón de alguien en mi puño.
Invento posibilidades que aún no existen pero existen porque las invento. ¿Quién me sabe hablar de realidad? Nadie.
Recuerdo que la monogamia es lo peor que les puede pasar a las mujeres. No sé de la frase, sé que alguien la inventó así como alguien inventó la fidelidad. No me importa tampoco.

"Esa necesidad estúpida de seguir hablando porque de lo contrario el silencio llegará y pondrá fin a todo". Esta frase proviene de la columna que mencioné antes y no creo en la destrucción a través del silencio. Sí creo en la destrucción con el ruido.

El silencio, no entiendo bien lo que dice John Cage sobre el silencio. Está su música callada solamente, su música para los pájaros.
No estoy segura de nada.
Los inventos están. Me inventaré una idea que me saque otra porque como dice Fadanelli: "La fidelidad no existe de ninguna manera y bajo ninguna circunstancia. Y como no existe se inventa. Tiene que inventarse. De otra manera viene el silencio, la muerte, el desanmor, el petróleo en el mar. En fin."

Yo me voy a reír de todos aquellos que en su juventud fueron rufianes y que en su vejez los veré con una extrema calvicie. Casi sin cráneo.

Lo que se dice en una noche, cuando no tengo frío.



Hay gente que sola se enchueca la cabeza.
Hay muchos poemas que no me gustan pero sé reconocer el ingenio de algunos versos.
Hay gente a la que quiero tatuar en la espalda.
Hay poemas que se encierran en el congelador, que se comen en el horno.
Hay muchas tonterías que leer por aquí.
Como muchos poemas que leer con los ojos cerrados.

Para qué las metáforas.

(Banksy)

Leí, claro, algo de Fadanelli que decía: la literatura crea metáforas que hacen menos solitario el camino hacia la muerte.

No sé si creerlo, a estas alturas no sé en qué creer. No creo en el lenguaje de la muerte ni en las páginas en blanco.

Todos tenemos algo qué decir. Pero muertos decimos más cosas, lo decimos todo.
Muertos transmitimos todo el amor que nos faltó dar.
Porque la ausencia es el mayor de los amores, es el mayor de los regalos.
La ausencia es el almacenamiento de recuerdos y los recuerdos vencen a la muerte.

Para qué por ejemplo, sentir la muerte tan cerca. Para qué estar ahí.

El camino de la muerte es solitario, no necesita de metáforas.

Y de nada sirve que un hombre se aferre al filo de una ventana para no caerse.

You´re a stuck-up prep-school bitch!

Hace como dos o tres años vi la película de Ghost World. O bueno dos años, quizá tres, pero no hace un año. Nunca leí el cómic de Daniel Clowes pero ya antes gracias a Crocota había visto sus dibujos.
Cuando vi la película quería ser como Enid, quería encontrarme un hombre mayor y solitario, ver las cosas raras que tenía en su casa y salir con él a tomar cerveza.
Quería tener pocas gesticulaciones como Enid, sus dibujos con corrector, sus lentes y su cabello. También quería algunas de sus faldas pero sobre todo sus botas.
Cuando vi Ghost World ya estaba en el segundo año de la Universidad o en el primero, no recuerdo pero no en el tercero.
Luego, recordé cuando salí de la preparatoria y pensaba mudarme con mi mejor amiga a Guanajuato porque ella estudiaría Artes plásticas y yo seguía con la necia idea de estudiar para ser piloto. Una casa juntas como la que planeaban Enid y Rebeca. Al final las cosas son diferentes, P. ya terminó la licenciatura en Cultura y Arte y a mí ya me falta menos.
Enid y Rebeca son dos chicas que buscan qué hacer con su vida, parece que Enid no quiere algo simple o tal vez no encuentra la simpleza que quiere en los barrios de Estados Unidos. La desilusión ha llegado a su mente, ya no hay una ilusión de la realidad.
Mi parte favorita de la película es cuando Enid se sube en un autobús sin rumbo y se va. El final es lo que más me gusta. Enid con un vestido rojo y una mochila redonda se sube al autobús gris. Lo que sigue para Enid son las carreteras, mis lugares favoritos.
Ayer me acordé de la película por eso ahora escribo esto. Igual si regreso un poco el tiempo en vez de subirme a un autobús como Enid, después de terminar la preparatoria, me hubiera subido a un barco y hubiera dejado que una gaviota me sacara un ojo. Para llevar un parche y ser como un pirata. Mi casa sería el mar. Viviría en la tercera parte de la quincoagésima que es el mar.

No teman nada, amigos, mínima es nuestra pérdida.








Je m'adresse à tous ceux qu'on n'a jamais aimés,
Qui n'ont jamais su plaire ;
Je m'adresse aux absents du sexe libéré,
Du plaisir ordinaire.

Ne craignez rien, amis, votre perte est minime :
Nul part l'amour n'existe.
C'est juste un jeu cruel dont vous êtes les victimes ;
Un jeu de spécialistes.

Michel Houellebecq.

A quienes nunca fueron amados me dirijo,
A quienes no gustaron;
A los ausentes todos del sexo liberado,
Del placer ordinario;

No temáis nada, amigos, mínima es vuestra pérdida:
No existe, no, el amor.
Es sólo un juego cruel cuyas víctimas sois;
Juego de especialistas.

Traducción: Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

I love your fucking fucking style fucking bastard.

Ojos secos de temporada de escasez, no hay lecturas de nada.
Lo único que gusta en los días secos es Raymond Carver y Boris Vian, los únicos leídos en días secos.
Una casa abandonada llena de cosas abandonadas, recuerdos abandonados guardados en una lata oxidada abandonada.Libros abandonados apilados en una esquina, subrayados en la esquina.
Cosas por hacer que no haré hasta verme hundida,
lo único que me viene a la mente "Mil trescientas sesenta y dos llaves, y catorce perros, se extraviaron
de tal manera durante la primera mañana"
"Orvert Latuile
reflexionó, se rascó el ombligo y notó, oliéndose la uña a continuación, que
necesitaba un baño."
Lo dice Boris Vian en El amor es ciego.
Lo decimos todos cuando nos preguntamos sobre el amor o cuando leemos a Cioran. Pero mejor no abro su libro en días secos de ojos secos.
Mejor pienso en la figura equivocada que tengo en la cabeza, mejor pienso en mis torceduras mentales y en mi tiradero de tiempo.
De nada vale decir que lo único que espero es que alguien llegue a cortar cabezas de todos los tipos bisílabos.

Cinco intentos, te comeré a pedazos.

Primer intento.
No había conseguido librarme de mis lentes, el oculista dijo que tendría que usarlos de por vida. Me tenían harto, me molestaba tener que soportar un plástico recargado en la nariz. Quitármelos significaba no tener una vista digna, ver imágenes borrosas, no distinguir a nadie, significaba vivir en el túnel Santa Fe.
Caminé cabizbajo, viendo mis pies, distinguiendo el color azul que llevaban mis tenis, luego viendo el cielo –no es que fuera un romántico que compara el azul de sus tenis con el azul del cielo sino más bien soy de la gente paranoica que piensa que tarde o temprano quedará ciega y más vale pegarse como estampa de cuaderno de primaria los colores a la mente-. Regresé a casa.
Perder la vista es uno de mis más grandes miedos, eso y quedarme sin dientes, sin embargo aquí hablamos de la degradación, de la destrucción del cuerpo, del paso del tiempo. Hablamos también del pasado. De esas cosas que ahora no me hacen ver bien, ahora que soy un viejo gordo, calvo y solitario.
Años atrás pensaba que sería un magnífico músico, en las tardes, después de salir de mis clases de secundaria, llegaba a casa y corría en busca de la guitarra, de la armónica, tenía un bajo y también un pandero. El bajo fue un regalo de mi padre, mientras los dos limpiábamos el desván de la casa, él dijo que tiraría esa caja, me asomé, dentro estaba el bajo, empolvado, sin cuerdas y mordido por un perro. Yo lo quiero, le dije. Ahí lo tienes, sólo busca un lugar en donde no estorbe mucho. Lo puse debajo de la cama.
Ahí lo dejé por mucho tiempo, lo que en realidad me interesaba era tocar la guitarra y ser un punk para no lavar autos, siempre pensando en soplarle a la armónica por si algún día llegaba a pisar la cárcel.
Todo un temerario, aprendí a tocar las canciones más rasposas, las que más llegan al oído, con las que dan ganas de masticar madera y sentirse salvaje. La música era lo que en mayor parte ocupaba mis pensamientos, sentía que usándola de manera adecuada podría: viajar con la banda, adquirir montones de chalecos de mezclilla, conseguir mujeres, alargarme los dedos, afilarme los dientes.
Comencé a tomar clases con un amigo músico de la familia, primero sólo dos horas a la semana, después cinco, hasta estar prácticamente todas las tardes pegado al instrumento. Me dejé crecer las uñas al igual que el cabello como todo fiel aspirante a rockstar. Tenía unas patillas tremendas que opacaban el pelo de cualquier persona. Era pues, un adolescente con ambiciones, con sueños, con granos, con pie de atleta y chamarra de cuero. El tiempo avanzó y yo tenía los mismos deseos.
Un día frente al espejo observé que me faltaba algo, ya no tenía unos cuantos puños de pelo, había caminos en mi cabeza, carreteras que llevaban a remolinos de cabello enredado. Mis entradas ampliaban mi frente y por más que me peinaba las cejas para arriba no lograba disimular su gran tamaño.
Me di cuenta que ya no tenía catorce ni diecisiete años, ya tenía veintidós y estaba heredando la calvicie de mi padre. Eso y que todavía no llegaba a consolidarme en esa banda de rock que tenía con otros tres amigos. La vida pues me pedía que me apresurase, me repetía a mí mismo que los años me estaban comiendo. Que no tendría el tiempo suficiente para dar una gira estatal, nacional y luego mundial, para consumir todas las drogas habidas y por haber y conservarme joven, no tendría tiempo para coleccionar las fotos de todas las grupies con las que me encerraría tras bambalinas. Porque si quería ser leyenda, ser un verdadero rockstar tendría que morir a los veintisiete años. El tiempo estaba contado.
Contados también estaban los días de mi padre. Una noche de abril llegué tarde a casa después del ensayo con la banda. Mi guitarra me pesaba más de lo acostumbrado, mi espalda estaba débil, sentía que cargaba un contrabajo o un estuche lleno de piedras. Como no llevaba llaves, tuve que saltar el barandal y luego trepar por la ventana para lograr entrar a casa. Mi madre en la sala, llorando en la oscuridad. Algo estaba mal, no sabía lo que pasaba pero un enorme miedo me había invadido. Mi padre no estaba en casa. Se había ido del mundo. Cuando mamá me lo dijo dejé caer la guitarra, ésta se partió en dos.
Nunca mandé arreglar mi instrumento, la idea de ser un rockstar se borró de mi mente, la ausencia de mi padre, también se convirtió en la ausencia de mi música. Para ese tiempo me gustaba mi prematura calvicie, eso que me hacía recordarlo, la herencia que mi progenitor me dejó y que llevaría conmigo todas las mañanas al verme al espejo.
Buscaba otro sitio, quería girar como los tornillos, hundiéndome. Pensaba en forjar una vida que me llevara a una digna muerte, como la queremos todos. Entonces empecé por formarme un hábito, el hábito de viajar pero a la vez el hábito de hacer esculturas a base de pan duro. Quedábamos mi madre y yo en casa. Pero ella seguía comprando la misma cantidad de pan, mi padre estaba presente en el sobrante de piezas de pan que ella traía cada mañana. De niño aprendí un oficio, el de ser escultor de plastilina. Hacía diferentes tipos de monitos y animales. Había olvidado lo mucho que me gustaba comerme las figuras una vez acabadas, recuerdo las repetidas ocasiones en las que terminé con el doctor a causa de leves intoxicaciones. La muerte de mi padre me había dado la oportunidad de hacer lo que siempre había querido sin la necesidad de parar de nuevo en diferentes clínicas de salud.

Segundo intento.
Lo primero que hice con el pan fue una maqueta, lo ablandé con agua y resistol líquido. Hice a un niño con una guitarra en un columpio. Un árbol grande, un perro y un lagarto platicando, quería que el pan se convirtiera en un conjunto de elementos que tomaran como base principal mi niñez. Después elaboré el rostro de un muchacho sudoroso, que tiene granos y un bigote a punto de retoñar, un tipo que usa camisas metaleras y que prefiere dormir todas las noches abrazando su guitarra que a una mujer. Fabriqué un señor comiendo pan y una vieja quitándose la peluca. Fotografiaba las tardes y las reproducía en pan. Pintaba las esculturas con colorantes naturales y a veces con acuarelas. Poco a poco las empecé a mostrar. Tuvieron éxito y comencé a vender por encargo. Después pasé de lo figurativo a lo abstracto, Ya no quería reproducir a mi árbol favorito ni el cuerpo de las personas más bizarras. Abogaba por la ausencia de la forma, prefería reconstruir un vértigo a realizar un pájaro. Y así fue como gané un premio de arte cuando hice la escultura de cada uno de los vómitos que se llevaron a cabo el primer día de la feria internacional del libro cuando un camión cargado de abono (estiércol de diferentes tipos de animales) chocó contra el edifico, no hubo heridos pero sí varias expulsiones de comida a través de la boca. Esa noticia tuvo un gran impacto en todo el país y yo me encargué de inmortalizarla. Gané el premio nacional de la mejor pieza de arte moderno del año. ¿Qué era eso de arte moderno? No tenía una remota idea. Pero gracias a eso ya tenía 300 mil dólares en mi bolsillo.
Afortunada o desafortunadamente, con ese dinero dejé mi labor de escultor por un rato. No quería trabajar por unos cuantos meses, así que me fui a Cuba. Esa isla en la que muchos sitos parecen tierra de nadie. Mi plan era conocer el país, divertirme, pasar buenos ratos tomando mojitos. Observar pues cómo se vivía el socialismo. Quería estar ahí antes de que muriera Fidel Castro, que seguro terminaría congelado como Walt Disney. Quería ver cómo es el proceso de congelar un cuerpo humano para conservarlo. Tal acto me parece escalofriante y más aún cuando se trata de un dictador como muchos de los que hubo y hay en Latinoamérica. Yo quería ser uno de los primeros en comprar un ticket y en primera fila para el espectáculo “Congelando a Fidel”.
Tal acto no sucedió, en vez del cuerpo congelado, me encontré con uno más vivo y audaz, el de una mujer. Ana. Un hombre fuerte como yo, gran escultor de pan duro, no podría enamorarse de una mujer con un nombre de tan sólo tres letras. Qué aburrido, pensaba.
Su nombre era tan corto como la falda que llevaba el día que la conocí. No es una historia peculiar, la encontré en un bar como se conocen muchas parejas. Sí, entre alcohol y música. Entre humo y eructos. Entre gritos y besos. Ella también iba sola, los dos éramos de esos temerarios que viajan sin acompañante (más por resignación que por gusto, pero esta vez diré que es por gusto).
Típica reacción de un caballero andante, ver una damisela sola y acercarse, preguntar su nombre, su oficio, su edad y preguntar y preguntar y no dejar de hablar por temor a que nuestro encuentro se termine pronto. Ana era amable, me seguía el juego y también hacía preguntas, después de que ella contestaba se limitaba a decir “¿y tú?, eso era suficiente para mantener una conversación, para empezarnos a conocer. Nos gustamos. Nos enamoramos con la canción “Just like honey” de fondo. Los dos sabíamos que al final alguno terminaría siendo un juguete de plástico.
Ana era una periodista mexicana de vacaciones, no iba en busca de un artículo especial para el diario en el que trabajaba, simplemente había ahorrado y viajado porque desde que tenía veinte años le entró la tremenda curiosidad de conocer La Habana. Ella regresaba al día siguiente a su ciudad, Guanajuato. Una ciudad quebrada y con la arquitectura más desvergonzada que pueda existir. A mí todavía me quedaba otra semana más en la isla. Así que esa noche la aprovechamos lo más que se pudo para conocernos totalmente, o al menos conocernos lo más que se pueden conocer dos seres humanos.
Me enamoré como se enamoran todos: neciamente.
Tercer intento.
Con varios mojitos encima escribí sus datos en una servilleta y en cuando llegué a México le marqué, viajé a Guanajuato, nos volvimos a ver. Nos encontramos de día y sobrios. ¿Cómo logras escribir diariamente?, le pregunté. Me cuesta trabajo pensar en hacer que una columna periodística atraiga a los lectores de manera que estén atentos a ella todos los días. Ana, sólo asentía con la cabeza cuando le hacía preguntas sobre profesión. A ella no le gustaba. Ella quería ser poeta. Nunca escribió ningún poema. Decía eso porque amaba a un poeta cubano. Un escritor joven.
Lo amaba a él pero a mí me tenía cerca, me amaba más. Yo, un tipo que ya empezaba a usar lentes, persona sin rumbo fijo, más calvo y tres años más grande que ella. Ya no era el joven de veintidós, cuando me enamoré ya tenía veintiocho y no tenía ningún empleo fijo, era de esos inestables que querían pasar por personas sensibles que no encuentran su lugar en el mundo. Pero por dentro sabía muy bien lo que tenía que hacer, conocía mi deber: tratar de convencer a Ana para que se case conmigo, buscar un empleo bien remunerado, cortarme el cabello, sacarme las muelas del juicio, hacerle el amor y en una de esas tener un hijo.
Al final terminé cediendo, hice cada una de las cosas que enumeré anteriormente. Ana y yo vivimos juntos por mucho tiempo, nos quisimos de esa forma extraña, de esa forma en la que amas los lugares desconocidos. Fuimos buenos amigos, amantes, buenos conversadores. Ella me leía sus poemas favoritos antes de dormir. Yo preparaba el desayuno y me encargaba de peinar a Andrés, nuestro hijo, antes de que partiera a la escuela.
Ana y yo. Una pareja moderna que como todas, terminaría en el divorcio. Por muy incierto que parezca, Ana no soportaba mis ronquidos, llegó un momento en el que odiaba dormir a mi lado. Llegó el momento en el que odiaba cada uno de los sonidos que salían de mi boca. Llegó un momento en el que odió el día en que me conoció.
También yo pasé por ese momento. Al despertar, lo primero que evitaba era ver su cara. No soportaba verla embarrada de aguacate. Tampoco me gustaba su pijama. Ya no aguantaba ese poema de Nicolás Guillen que tanto le gustaba y que yo detestaba con todas mis fuerzas. Yo que decía que la poesía me mareaba y me confundía. Ella que la amaba y la confundía.
Lo sé, los motivos de nuestra separación fueron insignificantes si los comparamos con los de otras parejas. Todo tiene un fin, hasta el amor lo tiene. Y lo sabíamos.
Mi divorcio fue perfecto, mejor que mi matrimonio. Mi hijo lo entendió. Cuando me separé de su madre él tenía ya ocho años y era el mejor dibujante de su salón. Hizo un dibujo de Ana viviendo en una casa y otro mío viviendo en otra y él se dibujo en las dos casas. Sabía pues, que ahora tenía dos hogares.
A mis treinta y siete años, lo que poseía era una reciente separación y un severo aumento en mi miopía. Me resistí a ir con el oculista. Mejor regresé con mi madre, fue la época en la que me enseñó a hacer pasteles. Fui fan de la repostería, aprendí a hacer flan y pan de zanahoria. Cuando pasaba por Andrés a la escuela, le daba a probar el resultado de la nueva receta que había aprendido de su abuela. Casi nunca aprobaba los resultados hasta que le preparé un pastel y lo moldeé para que fuera una bicicleta estacionada en el tronco de un árbol. Y recordé la plastilina y mi premio y el dinero, también recordé cuando pensaba que moriría a los veintisiete, como Hendrix, Joplin, Cubain.
Llegando a los cuarenta y todavía vivo, no tenía claro lo que pasaría conmigo. Ya no me entusiasmaba hacer pasteles. Vivir con mi madre ya no era opción. Ella estaba cansada y había encontrado un nuevo amor con quien pasar el resto de sus días (veinte años menor que ella), afortunada, pensaba.
Cuarto intento.
Yo engordaba comiendo empanadas y pasaba mi tiempo libre en la ducha, recolectando los cabellos que perdía cada que me daba un baño. Rehaciendo mí cabello en forma de peluquín. Podría ponerme obeso pero me resistía a seguir perdiendo el poco pelo que me quedaba.
Después de algunos meses me enteré de que Ana tenía un amante. No puedo negar que me entristecí y no porque lo tuviera sino porque yo no tenía. Sentía esa cierta envidia que tienen los niños cuando ven que su amigo tiene el juguete deseado y ellos no.
Dejé mi trabajo de oficinista y continúe con lo que había abandonado años atrás. Seguí con las esculturas de pan. Hice una para mí, una mujer justo como yo la quería, con una guitarra en mano. Con varias migajas de pan construí a la mujer de mis sueños. Me la desayunaba cada mañana, lo mejor que pude hacer fue írmela comiendo en pedacitos, a mordidas y pellizcos. Todos los días me filmaba comiéndola, quería tener un registro de su deterioro, además de que quería saber qué aspecto tenía cuando ingería algún alimento. Me la acabé toda y accedí prestarle el video a un buen amigo curador de arte contemporáneo. Tuve muchas propuestas de presentar mi grabación en una galería. Lo pensé por mucho tiempo. No tenía mucho qué hacer así que acepté. Mi grabación fue expuesta en el museo más renombrado de la ciudad, mucha gente asistió y ese video fue respaldado por la justificación de un crítico de arte muy famoso, en donde escribía que “la degradación del cuerpo y la lenta destrucción del objeto de deseo” constituían dos fuertes componentes de mi obra capaces de demostrar que la actualidad estaba regida por un agudo individualismo narcisista y una fuerte frustración desembocada a causa del pesimismo que invadía a la sociedad del siglo XXI. (Yo no pensaba en nada de eso mientras me comía a mi mujer de pan).
Tuve éxito, la mayoría de las críticas eran positivas. Muchas decían que era toda una obra revelación. Lo mejor para representar la decadencia de la época. Mejor que la escritura yonqui y los videos de policías moviendo sus macanas. Yo era lo mejor del arte contemporáneo mexicano. Su mejor artista. La mejor propuesta grandiosamente involuntaria.
Viajé a Nueva York para presentar mi video en el Museo de Arte Moderno. Mi pieza tenía un nombre simple: “Ana, te comeré en pedacitos mientras duermes la siesta”.
De un día para otro era famoso y tuve la gira que siempre quise. Tuve las grupis que siempre quise, las drogas que siempre quise, me hice un tatuaje en el pecho. Era todo un rockstar del arte contemporáneo y lo mejor es que no necesitaba estar joven para serlo. Estaba viejo, arrugado (un poco menos de lo que estoy ahora), ya no tenía tres muelas, mi vientre se había expandido, mis piernas tenían más vellos de lo común. Mi nariz era ancha y asquerosamente grasosa y qué decir de las uñas de mis pies, repugnantes.
En alguna novela leí que “las mujeres jóvenes deben de estar acostumbradas a que los hombres viejos se pongan siempre a sus pies”, puede que esa afirmación sea real pero en mi caso era distinto. A ellas no les importaba que yo fuera veinte años más grande, que mi estado físico fuera muy poco favorable, que mi sonrisa llegara a espantar a las palomas. Mi éxito en el mundo del arte era suficiente para tener a una mujer nueva en cada lugar al que iba (esto en cursivas era lo que yo quería). No fue así.
Mi suerte con las mujeres no fue buena. Lo que leí en la novela es cierto yo estaba a sus pies, ellas no. Buscaba mujeres jóvenes y éstas se resistían, digo no todas, algunas, pero la mayoría sí. Leer todas esas historias de “Lolitas” había afectado mi percepción de la realidad. Llegué a pensar que sería el Bukowsky del arte visual. El pan que me llevó al estrellato también me sirvió de consuelo, cada rechazo que tenía con alguna hermosa mujer joven lo compensaba comiéndomelas en forma de pan y a eso me dedicaba a mandar grabaciones mías, masticando el rechazo, probando su sabor amargo en cada bocado. Y así de fácil me convertí en un artista consolidado.



Quinto intento.
Andrés era ya un adolescente y al igual que yo en épocas pasadas, tenía una banda de rock, amaba la música. Mandó arreglar aquel bajo sucio que me había obsequiado mi padre. Lo veía practicar y me emocionaba. No quería que Andrés se acomplejara y obsesionara con las figuras de pan como lo hice yo. Por eso, nunca llevé pan a la casa y no dejaba que me viera mientras hacia las esculturas. Andrés podía hacer lo que quisiera menos eso, verme. Él aprendió a hacerse cargo de sus propios intereses, caminó sin la necesidad de darle antes un empujón. Mi hijo nunca heredó la calvicie de su padre y de su abuelo, eso me hacía sentir bien, sin ninguna culpabilidad. Con Andrés todo iba perfecto excepto que le gustara The Killers, banda a la que yo detestaba y que contrario a mí gozara de conquistar mujeres grandes, casi de mi edad. Cada que me presentaba a alguna de sus “novias” terminábamos platicando ella y yo en la sala de gustos generacionales: recordábamos los dulces, juguetes, los programas de televisión y las costumbres de antaño. Después se acercaba mi hijo y la besaba yo me retiraba del lugar lleno de náuseas. Cómo podía gustarle besar esos labios arrugados y jugar con ese cabello canoso.
Mientras Andrés se encargaba de sus asuntos, yo seguía engordando y con menos cabello pero continuaba siendo una eminencia en el arte. Los estudiantes me invitaban a dar charlas en Universidades, viajé casi por toda Europa y parte de Asia, también fui a Sudamérica y recorrí sitios inimaginables en donde mi obra había sido todo un éxito. Pensé en dejarme crecer el bigote ya que en mi infancia yo imaginaba a las personas importantes siempre portando un elegante bigote, no importa si fueran hombres y mujeres, todos por igual llevaban algo de pelo bajo la nariz. Pero no lo hice porque avisaron que mi madre había muerto y ella odiaba aquella protuberancia arriba de los labios, no lo hice en homenaje a ella, quería conservar su recuerdo intacto.
El día de su funeral volví a ver a Ana, tenía más arrugas y un color pálido pero seguía siendo igual de hermosa. Me dio un fuerte abrazo y un beso en la mejilla. Sus ojos estaban llorosos, su pelo estaba enredado y la falda larga que llevaba se movía con el viento. Andrés tocó con su banda el día del entierro de su abuela, me dio mucha pena que tocara Tears in heaven, me sonrojé, su selección musical lógicamente no comulgaba con los gustos de mamá. Tal motivo me inclinó a escribir una lista con las canciones que deseaba que tocara en mi funeral, más vale ser preventivo.
La última escultura de pan que hice fue una caja de muerto justo a mi medida, a ésta procuré no comérmela y guardarla, sin embargo, dado a mi éxito no pude esconder la caja. Descubrieron mi nueva producción y todos estaban convencidos de que era la culminación de mi obra artística, tenían en claro que yo era un “genio”. Fabricar con pan el recipiente que me contendría a la hora de mi muerte era toda una revelación. Mi féretro dio una gira mundial por los recintos que albergaban el arte más sobresaliente e importante del momento.
Dejé que mi ataúd se alejara, dejé que Andrés se alejara cuando se fue a Japón por una temporada indefinida, dejé que Ana se alejara, aún más, cuando se fue con su esposo a Rusia. Dejé que mi vista se alejara, cada vez distinguía menos las letras y mis lecturas entonces, también se alejaron.
Solo, con los ojos cada vez más viejos, regresé a Cuba. Recorrí los mismos lugares de cuando joven. Los suspiros se hacían cada vez más presentes, los recueros se juntaban en mi cada vez más calva cabeza y yo con las manos temblorosas caminaba y encontraba varios paisajes nostálgicos. Lloré como cerdo o como los cerdos llorarían si tuvieran esa capacidad. Lloré tan agudo que mis gemidos bien se hubieran confundido con el grito del vocalista de una banda metalera en el auge del concierto.
Un huérfano refugiado en Cuba. Sigo comiendo mis figuritas de pan con estos lentes que tanto me molestan, recargados en mi nariz.
Lo único que deseo ahora es que no se me acabe la vista antes de ver el cuerpo congelado de Fidel. Un cuerpo empanizado si no es congelado. La única atracción que le queda a un viejo gordo, calvo y solitario como yo.

Uno no debe mostrar jamás la cólera o el odio sino con los actos.

“Dejar entrever cólera u odio en gestos o palabras es inútil, es peligroso, es necio, es ridículo, es vulgar. Uno no debe mostrar jamás la cólera o el odio sino con los actos.” — Arthur Schopenhauer

Era una tarde vacía y tranquila en la que Adela esperaba sentada en un parque al señor que vendía marihuana. Había tenido una semana de trabajo intenso, buscaba relajarse. Fumar mota y ver una película en su cuarto era una buena opción.
Adela vivía con sus padres, en un modesto departamento de la delegación Tlalpan. Por las mañanas asistía a la Universidad en donde estudiaba para ser escenógrafa y en las tardes trabajaba con un pequeño grupo de teatro que montaba una obra diferente cada mes.
Sus expectativas académicas y profesionales no eran altas, simplemente quería encontrar una posibilidad de sobrevivencia haciendo lo que le gustaba. Era fan del cine negro y pertenecía a asociaciones que protegían a los animales en peligro de extinción. Odiaba la poesía y escuchaba fervientemente música hecha con sintetizadores y objetos extraños.
No se involucraba nunca en la política pero de vez en cuando leía los periódicos, veía las noticias y escribía sobre ello. Esa tarde ella esperaba al señor que vendía marihuana. Una semana de trabajo intenso. Quería relajarse.
Adela, una chica de baja estatura, de piel morena, ojos grandes y pies planos.
Su padre, Arturo. Él fabricaba pieles sintéticas para hacer zapatos.
Su madre, Antonia. Ella era pintora.
Su hermano Mario. Él estudió leyes.
Su pequeña hermana. Ella disfrutaba el andar en bicicleta.
Esperaba al señor que le vendería marihuana. Esperaba sentada, leyendo un periódico de nota roja. El encabezado hablaba de un cubano que fue encontrado a la vuelta de su casa, muerto. Ella lo conocía, a él y a su esposa. El artículo del periódico describía la forma en que murió ese hombre. Su esposa, una mujer mexicana de 32 años se había casado con él, tenían apenas dos años de matrimonio. Se habían conocido en la isla, ella visitaba Cuba con fines recreativos y de entretenimiento. Una mujer en busca de hombre y con veintiséis dólares en la cartera. Siempre a la expectativa, siempre esperando una señal.
Pablo. Él era cuatro años menor que ella, trabajaba de taxista y asistía a una escuela nocturna donde estudiaba Cine. Se conocieron precisamente en el taxi. Fátima, respondió ella cuando Pablo le preguntó su nombre. La estancia que Fátima tenía prevista en Cuba era de dos meses y medio. En ese tiempo Pablo se convirtió en su chófer oficial. La llevaba a cualquier lugar que ella quisiera y la recogía de cualquier lugar en donde estuviera. Pasaron algunos días y él la invitó a salir al bar más concurrido del lugar. Ella aceptó. Pasaron la noche sin poder conversar, la música se escuchaba tan fuerte que apenas y pudieron conversar. Sólo se miraban y sonreían. Esa noche hicieron el amor en el departamento de Pablo.
Los dos meses se cumplieron y Fátima se casó con Pablo para poder viajar los dos de regreso a México. Él consiguió un trabajo en una casa productora y continúo sus estudios de cine. Ella seguía trabajando en el despacho de arquitectura, profesión que había adquirido.
Vivían juntos cerca de la casa de Adela, la reconocían, la saludaban y de vez en cuando se encontraban los tres en un bar cercano a la colonia.
Una noche Pablo llegó a casa después del trabajo. Llegó dispuesto a darle una noticia importante a Fátima. Ésta preparaba mojitos en la cocina. He pensado que llego el momento de separarme de ti, dijo. Ella tiró las bebidas al suelo y le pidió que repitiera lo que había dicho. Pablo lo dijo de nuevo.
Fátima lloraba. Él subió al cuarto a hacer su maleta. Fátima lloraba y pensaba que sólo había sido el medio para que Pablo pudiera salir de la isla. Pensaba que era una extranjera más, víctima de los hombres cubanos que buscan escapar. Pensaba en sus amigas que le habían advertido de la situación. Pensaba en que ella no sería una víctima pero él sí. Pensó en matarlo y lo hizo.
Sacó la pistola que Pablo guardaba cerca del escritorio en el que cada noche se sentaba a juntar ideas para guiones cinematográficos. Cogió el arma y corrió a la habitación, ni siquiera quiso detenerse a mirar el rostro de su esposo, le disparó mientras él estaba de espaldas. Le dio en la cabeza y explotó, la sangre salpicó la pared. Pablo cayó en la cama. Las sábanas repletas de sangre, su ropa tirada en el suelo. Sus párpados secos. El rostro de Fátima mojado.

Adela esperaba a que llegara el señor que le vendería marihuana. Miraba la foto después del encabezado. Pablo entre las sábanas llenas de sangre con su rostro oculto, el rostro oculto la fina expresión de la muerte. Pablo cayó de frente.
Adela sintió un escalofrío al terminar de leer el periódico. Ya estaba ansiosa, se imaginaba lo bien que le caerían unas cuantas fumadas de hierba mientras la película de cine negro entonara los balazos, música cotidiana para sus oídos.

De todos modos ni me gusta la carne.

Mac Donald’s

Nunca te enamores de 1 kilo
de carne molida.
Nunca te enamores de la mesa puesta,
de las viandas, de los vasos
que ella besaba con boca de insistente
mandarina helada, en polvo:
instantánea.
Nunca te enamores de este
polvo enamorado, la tos
muerta de un nombre (Ana,
Claudia, Tania: no importa,
todo nombre morirá), una llama
que se ahoga. Nunca te enamores
del soneto de otro.
Nunca te enamores de las medias azules,
de las venas azules debajo de la media,
de la carne del muslo, esa
carne tan superficial.
Nunca te enamores de la cocinera.
Pero nunca te enamores, también,
tampoco,
del domingo: futbol, comida rápida,
nada en la mente sino sogas como cunas.
Nunca te enamores de la muerte,
su lujuria de doncella,
su sevicia de perro,
su tacto de comadrona.
Nunca te enamores en hoteles, en
pretérito simple, en papel
membretado, en películas porno,
en ojos fulminantes como tumbas celestes,
en hablas clandestinas, en boleros, en libros
de Denis de Rougemont.
En el speed, en el alcohol,
en la Beatriz,
en el perol:
nunca te enamores de 1 kilo de carne molida.

Nunca.

No.

Poema de: Julián Herbert.

Corre, aplasta la mosca que se quedó viendo a través de la ventana.

De cuatro años para acá. Se me vienen estos cuatro años. He aprendido mucho pero también he ignorado otro tanto. He dejado de hacer unas cosas por otras. Y esta noche escucho Radiohead, Animal Collective, Molloy and his bike y Daniel Johnston.
Escucho y veo y me truena la cabeza.

Hace como un mes vi un documental sobre Hunter S. Thompson y me quedé pensando en las bermudas y las armas. Y en los autos viejos y en los viajes por carretera.

Hace cuatro años no pensaba en eso. Hace cuatro años leía Herman Hesse y a Oscar Wilde, escribía cosas y se las mostraba a mis amigos. Hace cuatro años veía el escenario y me emocionaba la música, sobre todo la música que se hace con panderos. Pensaba también en el periodismo, en escribir artículos sobre política, sobre lo que pensaba una tipa de 17 años que escuchaba a Lennon y a Yoko por las noches. Leía diario las columnas de los periódicos y buscaba artículos científicos para obtener puntos extras en física.
Hace cuatro años estaba en un cerro con una pluma, rellenando bolitas en un papel, jugaba México contra Argentina, así como hoy. Me regresé con el doctor que también estaba rellenando bolitas, nos fuimos juntos y yo estaba entusiasmada y nerviosa, él ya estaba resignado, bebimos jugo y agua al mismo tiempo y escuchamos la radio, el partido a punto de terminar, la derrota.
Hubo un cambio, me fui a la ciudad subterránea. Un lugar al que al principio me resistía, pero ahora después de cuatro años, puedo decir que es mi lugar. Un lugar a punto de ser abandonado.
Se acabaron mis materias y busco temas, cosas que me agraden, algo con lo que pueda escribir como cien cuartillas.
Y no sé todavía qué, no encuentro algo que se me pegue totalmente en la cabeza, algo que realmente me interese.
De lo primero que escribí hace cuatro años fue sobre Boris Vian, sobre sus poemas, hice un ridículo análisis que valió para luego escuchar su música.
Después escribí sobre el movimiento Dadaísta, sobre la "muerte del arte", sobre Magritte.
Hicimos muchas lecturas, lecturas colectivas y empezamos a construir un diálogo, un diálogo pesado. Un diálogo basura, uno serio, otro derribador de lo serio, uno cómico, indiferente, a veces con teoría a veces sin ella.
Empecé a leer a Sausurre, a distinguir entre lengua y lenguaje. A leer al círculo de Praga, a Roman Jakobson con la función poética y después no entender a Hjelmslev, ni a Sapir y la lingüística estructural y la conceptualización del mundo. Para luego pasar a Chomsky y comprar Chomsky para principiantes y leer La arquitectura del lenguaje y el minimalismo y la reducción. Y olvidarlo todo, así de fácil, quedarte con ciertas frases, ciertas imágenes y nada más. Quedarte con el frío, con las bancas de cuero, con las crudas.
La Retórica y La Poética de Aristóteles, el diccionario de Helena Beristáin. El encuentro de ensayistas y Simone de Beauvoir. El segundo sexo.
Semántica, el signo y su relación con el mundo, Frege. Polisemia, polisemia.
La vida es sueño, Los viajes de Gulliver, Drácula, Historia de Cronopios y de famas, Fervor de buenos aires, La casa de muñecas, Las flores del mal, Mujeres, El café de nadie, El capote, Nadie los vio salir, Bodas del cielo y del infierno.Luego el clave con Mallermé. Cosas que te decían, cosas que querías o cosas que encontrabas, todo disparejo, todo como quieras, tus ojos y tu tiempo.
Luego D. Fieltroman Aguilar Crocota Ruvalcaba me prestó muchos libros, me regaló otros y vinieron Carver, Bolaño, Bellatín, Kerouac, Bukowsky, Jarry, Paul Auster, Borroughs y Borges de nuevo.
La conjura de los necios, La biblia de neón y los libros de aforismos. Alejandra Pizarnik y la piedra de la locura del mundo.
Pasaron los años entre varios libros, entre varias películas y nueva música para mí.
Escribí sobre Borges, luego Guillermo Fadanelli y Compraré un rifle y Lodo. Sobre el fotoperiodismo y Patricia Aridjis. Y sobre Blanco y un Coup de dés, Revueltas y esas cosas, y sobre Beckett y luego de nuevo sobre Boris Vian y terminé de nuevo con el arte contemporáneo en México y su relación con el pesimismo y la indiferencia anunciada en La era del vacío. Y de nuevo Magritte.
Todo esto para autonarrarme que no tengo una idea clara, pero pienso que las artes visuales y la literatura en estos cuatro años, me han hecho ver y pensar cosas diferentes. Me gustan pues y pienso unirlas. Pero no sé cómo ni cuáles.
Porque quedan muchas cosas por leer y por ver, porque tengo memoria corta y falta de atención. Porque quiero verlas juntas, porque son parte de mi autobúsqueda. Y porque sí.
Pienso de nuevo en Hunter S. Thompson en tener armas para matar tantas palabras inútiles como éstas. Pero pienso más en las bermudas y en largos viajes por carreteras.
Escuchando Let Down de Radiohead. Canción vieja, de hace cuatro años.

Varios pedazos, rotos.



El hombre es un experimento; el tiempo demostrará si valió la pena.
Mark Twain


Hombre: 23 años, siente que la espalda le pesa porque se desvela y se desvela chueco.
Hombre con pocos dientes, labios frescos y tragos de ron.
Paulina con 23 años,no la he conocido y no sé si lo haré, ella con casi todos los dientes, labios secos y tragos de ácido. Su mejor bebida.
Hombres que te cuenten historias.
Hombres que sepan hablar sin atragantarse.
Hombres que mastiquen tu nombre hecho con plastilina.
Hombres que van a morir.
Los hombres que tienen la música. Que tienen las regaderas y esconden las armas.
Paulina, 21 años, tres fracturas, nunca ha sido hospitalizada a pesar de su frente partida y su ausencia molar.
Hombre: 33 años, cara tatauda, nariz larga, sordo.
Hombres que tengan cejas, que ladren, que cuenten historias.
Hombres que tengan el pronóstico del día.
Hombres que no tengan recuerdos.
Hombres que sepan explicar el tiempo.
Paulina, 46 años, viva en algún lugar, cabello largo, la han dibujado como caricatura.
Hombre: 21 años, largo, calvo, inquieto y sólo una vez ha pensado en la contradicción.
Hombres que duermen con cucarachas, que azotan la puerta, que cierran la boca.
Hombres que guardan telarañas, que tiñen su cabello, que coleccionan canicas.
Hombres de ditancias serias, muestren sus uñas y derritan su casa.