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Las diversas utilidades de una fotografía

Existen muchos animales que mudan, lo hacen los artrópodos y ecdisozoos, los reptiles, las aves y los mamíferos. Mudan de cutículas, de córneas, de pieles, de plumajes y de pelo. Yo he tenido siete u ocho mudanzas en una misma ciudad. También se me cae el cabello, no sé en qué estado se encuentran mis córneas, mis uñas siguen creciendo y hasta ahora no tengo plumas. Aunque todos somos animales.

Pero yo soy un animal que no tiene tan desarrollado su instinto de adaptación (si es que es un instinto) no obstante soy un animal que no quiere vivir en una cueva oscura. A diferencia de otras mudanzas a ésta la he sentido más porque también ya soy un animal más dramático al que le faltan algunos meses para llegar a la tercera década, por lo tanto, me transformé en un animal que desea bastante un espacio propio, quién sabe cuánto dure, no sé cuándo me espera la siguiente mudanza, pero ahora estoy en un lugar nuevo.

Llegar a casa significa muchas cosas, me gusta sentir que es un nicho (un hueco, un lugar en el podemos estar). Empacar es toda una travesía, vamos navegando en los recuerdos, en las decisiones: esto me llevo, esto no. Aquel papel que escribiste en el que me dejaste un recado y que yo atesoré, aquellas cartitas (enfatizo en lo pequeñas) escritas en un mal español que después, conforme avanzaron los años fue mejorando, la última no tenía ningún error. Una foto que no me atreví a tirar, porque las sonrisas ahí eran sinceras, captaban el momento de una reconciliación y de un nuevo comienzo.

La tercera noche en casa, cuando por fin había conciliado el sueño en un nuevo lugar, en invierno y con un pijama que comprende dos suéteres, dos pares de calcetines y guantes, escuché un golpe y de repente una explosión de vidrios. Me desperté, me asusté, prendí la luz y vi una lámpara destruida, un poco confundida y alarmada (pues últimamente he leído muchas historias de conspiración, espías y hasta de fantasmas) pensé en llamar a amigos cercanos, quizá porque necesitaba encontrar una voz que me dijera: “seguro colocaron mal la lámpara, qué bueno que no te pasó nada, trata de dormir de nuevo, mañana limpias”. Mandé mensajes estratégicos e hice una llamada, después me tranquilicé y dormí.

La mañana se convirtió en un suelo lleno de vidrios que tuve cuidado de no pisar, que tuve cuidado de levantar sin contarme los dedos. A mi lado estaba una escoba color naranja, barrí bien: debajo de la mesa, de los muebles, pasé la escoba infinidad de veces hasta que desaparecieran todos los minúsculos pedazos de vidrio. Me percaté de que no tenía recogedor (lo dejé en la antigua casa), giré la vista en busca de algo que me ayudara a sacar los vidrios rotos del hogar y de repente así sin más, apareció nuestra foto de sonrisas sinceras impresa en un papel muy resistente. La tomé y empecé a usarla para que no quedara huella de la noche de insomnio, usé nuestra fotografía como recogedor. Qué bella analogía, ese recuerdo ahora tuvo una utilidad, el recuerdo se volvió mucho más práctico que mis pensamientos.

Qué bella imagen: el suelo lleno de vidrios, nuestra foto deshaciéndose de los pedazos, nuestras sonrisas fragmentadas. Salí de casa todo el día y al regresar al espacio nuevo, pensaba en ti y hablamos como si nada hubiera pasado, como amigos que se escuchan, que ríen, recuerdan e incluso aconsejan y que además ya pueden hablar de encuentros con nuevas personas. Que se cuentan sobre sus recientes mudanzas. Era el cuarto día, vi el lugar aún sin trastes ni libreros, dormí pocas horas pues la charla – de tan amena- se extendió. Desperté tarde, corrí y llegué al trabajo.


Existen muchos animales que mudan, lo hacen los artrópodos y ecdisozoos, los reptiles, las aves y los mamíferos. Nosotros somos mamíferos que también mudan de sitios, de pensamientos, de personas: una y otra vez, hasta que encuentran un lugar donde quedarse por más tiempo. Aunque es verdad, la mudanza es inevitable y quizá, también renovadora.


Lectura de poesía en el Lechón Ilustrado

Esta vez he querido enloquecer un poco más y escoger una a una las palabras adecuadas, porque eso es lo que hace un loco: se obsesiona y se muere si es necesario cargando tabiques de metal en su espalda.

Tuve la ambición queridos escuchas, -queridas personas que no escuchan-, de escribir para ustedes un texto brillante, un texto para oír de noche mientras fingen que soportan esta tortura. Todas las lecturas de poesía son una tortura. Quise escribirles las mejores frases, pero el autosabotaje es mi mejor don. Mi magia y mi ciencia.

Mi sueño siempre ha sido irme lejos como el de todos y como el de nadie, también mi sueño es nunca asistir a las lecturas de poesía y sin embargo aquí estoy ladrando ante ustedes y quejándome ante ustedes.

¿Por qué no asistir a estas lecturas? Porque todos duermen, porque quizá disfrutan más leer en solitario con una propia voz y una buena entonación, no con esta voz temblorosa que ahora me acompaña.

¿Para qué me invitan a las lecturas de poesía? Sufro mucho cuando asisto y siempre digo que sí.

Los poemas, la poesía, fueron para mí un accidente: subí a una motocicleta sin casco, me sumergí en un mar lleno de tiburones blancos y fui a la guerra sin un chaleco antibalas. Caminé al borde del precipicio y fue así como surgió un libro.

Seguí la doctrina de los perros románticos, “había perdido un país pero había ganado un sueño”. ¿Cuántos países seguiré perdiendo en este territorio infame? Igual que Bolaño he soñado que soy un detective viejo y enfermo.

Voy como un detective viejo y enfermo tratando de dar a conocer cómo acontecen las galaxias. Sin embargo, he leído una conclusión esta mañana en un periódico: somos adictos a la microdosis constante de información, somos junkies de megabytes.

En esta lectura de poesía, no quiero leer poesía, quiero decirles que tenemos que afrontar una nueva era política, que debemos de usar un cerebro salvaje para actuar ante los lobos autoritarios y montar en nuestro pecho un cristal a prueba de balas como el que ahora tiene la Torre Eiffel.

Quizá mi solución en esta lectura es construir un poema hecho de cabezas:

Los jueces mantienen bloqueado el veto migratorio

En La Guajira venezolana, los niños abandonan la escuela para vender gasolina

Rusia admite haber matado a tres soldados turcos en Siria y pide disculpas
“Hay que aplaudir cuando alguien llora, cuando alguien siente”, cuando alguien convierte un Oxxo en una galería de arte.

En esta lectura de poesía, los veo a ustedes y ustedes mi miran a mí sin entender lo que pasa en este comercio de ataúdes que llamamos mundo. 

Y como dijo Nicanor:

“La poesía se ha portado bien 
yo me he portado horriblemente mal”.


Guanajuato, Gto., febrero 2017

Caen las manos

Foto de: Imogen Cunningham


Las gargantas se quedan trabadas
mientras las ramas secas entran por la boca
de un hombre sin espíritu 

¿Qué vine a decir del mundo?
¿Qué vine a decir de lo que veo?
¿Qué vine a decir de lo que pasa aquí?

El hombre grita todas las preguntas anteriores
las grita en medio de un puente movedizo y los caminantes voltean
los caminantes ahora son nadadores en el río

No digas lo que sabes lo que piensas lo que ves
no digas nada sobre las bombas que activaste sobre las balas que lanzaste
sobre las noches heladas sin abrigo
no digas nada de lo que pasa aquí
No queremos escucharte hombre sin espíritu 
eres huesos y lengua 

Gritan los nadadores: eres huesos y lengua

Caen las manos de los victoriosos caen las manos de los pescadores
caen las manos de los hombres sin espíritu caen las manos de los espíritus
caen las manos de los nadadores caen las manos de los caminantes
caen las manos de los desterrados 

Eres huesos y lengua

¿Qué caerá primero, mi cabeza o este cometa? (Por el gusto de citar poemas que me gustan)

(aullido)

(aullido)

Aspiro el aroma penetrante de la vida en muerte.

Apesta -como a cien mofetas- y me sacude -como un toro-.

 Sigue apestando mi cabeza sigue apestando.

Caerá primero mi cabeza caerá primero.
(aullido)

(aullido)


 Poema de: Oz Dramnor

Crónica visual que mira hacia el norte.(2)

Nosotros (con "nosotros" me refiero a la gente normal y a la que no lo somos tanto), todos somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto. Y no deberíamos de vivir de una manera tan rígida, midiendo la longitud con una regla y los ángulos con un transportador como si la vida fuese un depósito bancario. ¿No te parece? Reiko.

Aquí todo madura y se descompone con facilidad.

Soy el narrador. El que dicta esta historia simplemente, sé de los pensamientos y de las ideas de otras personas. Sé la historia de esa persona y de aquella otra.
Sé lo que les pasa y lo que ven.

Ella, una fanática de todo y de nada, le gusta saber de muchas cosas, su imaginación le impide estar acorde con la realidad, la imaginación o la pereza, no lo sé muy bien. Sé que le gusta el arte, su pintor favorito René Magritte. Le gusta la literatura, no tiene ningún escritor favorito pero le gusta Raymond Carver, Paul Auster y recientemente lee a Virginia Woolf. Su futuro no es muy claro pero tampoco su presente, su mente está un poco estancada. La veo pasar y sé de ella, de sus pensamientos y su vida porque yo soy un narrador. Tiene un trabajo que no le gusta mucho, de hecho tiene dos trabajos que aunque no los aborrece, tampoco está conforme, ella no está conforme con nada. Le falta algo de motivación o quizá simplemente arriesgarse más. Le gusta escribir pero no lo hace muy seguido, piensa mucho en ello, en las historias que le gustaría escribir en qué decir y cuándo, pero como les decía para ella es difícil notar que un pensamiento no es la realidad tangible y concreta. Por lo que a veces le basta el pensamiento, lo cual le ha traído algunos conflictos existenciales internos con los que batalla algunas veces. Hace varios meses que no escribe un relato y un día de navidad, después de ver demasiadas películas decide sentarse y tratar de escribir en el ordenador. Piensa en muchos temas: en barcos, en escribir alguna historia que tenga que ver con la formación de los planetas, con el clima, con el caos del mundo y hasta en escribir sobre las compras de pánico.
Decidió escribir sobre el tema que menos podría interesarle al mundo (al mundo de los lectores, las editoriales y en general al: mundo), así que se dispuso a escribir un relato sobre sí misma. Un relato de su vida. Hace algún tiempo concluyó con algunas etapas en su vida, se gradúo y terminó una relación. Le daba mucha pena escribir algo sobre su vida, pero a fin de cuentas lo intentó. Escribió sobre ella y sobre ellos (personas que estaban a su alrededor), lo siguiente:

En una tarde de mayo, Teresa portaba un vestido verde y unas mallas cafés, no se había dado cuenta que para esa tarde primaveral había escogido un vestuario similar al de un árbol. Tenía trabajo, mucho trabajo en un festival de cine, se encargaba de organizar unas conferencias sobre un famoso cineasta ruso llamado Andrei Tarvkovsky. En el mundo hay muchas personas que dedican su tiempo a realizar análisis sobre cosas realmente innecesarias, por ejemplo: análisis sobre las películas de este señor. Sin embargo, ella pensaba que había varios seguidores de aquel director y que sería bueno reunir a esa gente para que hablaran de sus aficiones y un tanto de los fetiches que tenían.
Esas conferencias absorbían su tiempo y sólo quería que quedaran perfectas ya que si lo lograba obtendría un puesto en las oficinas de la Cineteca Nacional. Uno de sus pasatiempos preferidos era sin duda ver películas, el cine llenaba un espacio de su vida por lo que deseaba trabajar en la cineteca.
Se encontraba en un momento conflictivo con un chico con el que había salido algunos años. La vida se encargó de terminar con lo que había que terminar, aun así quedaron algunas secuelas que el paso del tiempo poco a poco fue curando. A ella todavía le parece increíble el haber podido dejar de establecer contacto con él, aunque le parecía, faltaba más determinación de su parte.
Pasó su etapa de prueba y finalmente no consiguió el trabajo en la cineteca, siguió con una vida un poco más solitaria y dos trabajos que a pesar de que no eran los que quería le ayudaron a sostenerse un poco y a comprar cosas que le hacían falta.
Transcurrían los días, ella trabajaba y pensaba mucho en su futuro, por un largo tiempo se perdió de su presente precisamente estando atrapada en los pensamientos sobre su futuro. Se estancó en el tiempo. En el verano fue cautivada por un estudiante de cinematografía, salieron un par de veces y conversaron un par de veces también, eso fue suficiente para que ella pusiera demasiada atención en él. A veces solía ser muy fácil de cautivar. No sabía si esa especial atención era su manera de distraerse de sus verdaderas responsabilidades como la de titularse o la de olvidar o la de conseguir un nuevo trabajo.
Se estancó en el tiempo pensando en alguien a quien no veía y a quien no conocía del todo bien como para decir que estaba enamorada (además decir que uno está enamorado es como decir que se tiene diarrea en una junta laboral a la que no se pudo llegar, es mejor guardárselo y decir que se tuvo un contratiempo). Todo era un poco confuso.
Esa autosuspensión del tiempo pasó del verano al invierno hasta que en una película escuchó la siguiente frase: "las personas (hombres o mujeres) se olvidan convirtiéndolas en literatura". Como si esa frase fuera la llave de la puerta del olvido, Teresa estaba dispuesta a escribir un relato sobre ese chico que le hizo de la manera más absurda suspender el tiempo -sabía que quizá lo que escribiría no resultaría ser literatura, pero esos balbuceos le podrían ayudar en algo- y el resultado fue el siguiente:

Llegada la noche, Esteban tomaba una taza de café en la sala de su casa, con la luz apagada y sólo iluminado por una tenue lámpara, pensaba en la muerte y sus implicaciones. El día anterior había visto un documental sobre la muerte de los pingüinos, los cuales eran suicidas y la película "El séptimo sello" en donde la muerte y el ser humano se enfrentan a un duelo de ajedrez. Pensaba en la defunción, particularmente en el día de su descenso, en cómo sería, en dónde a qué día y a qué hora, sería en un hospital, en la calle, en otro país, con su familia o solitario.
En la oscuridad y con esa taza de café pensaba en todas los detalles de su propia muerte, se imaginó la caja en donde estaría y en cómo sería su funeral (si es que tendría uno), quiénes irían, quiénes llorarían, quienes no. Imaginaba a aquella niña a la que obsequió el cadáver de una mariposa el día que se encontraron en el jardín japonés. La imaginaba llegando al funeral con una caja de galletas, la misma que le había regalado cuando iban en sexto de primaria. Llegaría aun siendo una niña a pesar de los años. Pensaba en ella y en sus amigos de la infancia también, esos que no ha vuelto ver desde entonces.
Pasó algunas horas imaginando los detalles de su muerte, pero lo que realmente hacía que le diera más vueltas al asunto fue la realidad, la realidad de saber que nada de lo que imaginaba pasaría, -los seres humanos solemos fantasear demasiado, por eso, la realidad puede ser un tremendo choque-. Sin embargo, la incertidumbre fue algo que le encantó siempre.
Fue la incertidumbre la que lo llevo a encerrarse dentro de sí, era un tipo un tanto solitario, hablaba poco y sólo cuando era necesario. Estaba consiente de que sus circunstancias de vida definían su personalidad, le gustaba reflexionar acerca de las cosas y situaciones que lo rodeaban. Su voz era muy baja, transmitía cierta tranquilidad a quien lo alcanzaba a escuchar. Las personas están acostumbradas a hablar con un tono alto, quieren llegar a los oídos de todos, si por ellos fuera gritarían todo el día. Él no.
Esteban se dedicaba a escribir guiones cinematográficos y a producirlos también, por las noches se sentaba un rato en su sillón favorito que estaba justo en medio de la sala, tomaba café veracruzano y se disponía a pensar por lapsos de tiempo a veces cortos, a veces largos. Tenía una obsesión por pensar en la muerte, le gustaba leer los poemas de Villaurrutia antes de ponerse a escribir. El guion que más había disfrutado hacer era sobre danza Butoh, ese tema llamaba su atención desde tiempo atrás por los fundamentos en los que se construye esta expresión del cuerpo: "la danza hacia la oscuridad" que pretende recobrar el cuerpo desde el vientre materno.
Elaboró una historia que quiso abordar a través de un cortometraje, construyó vestuarios que parecían el cielo muy nublado de alguna ciudad abandonada, dos bailarines profesionales estuvieron presentes con sus movimientos el día de la grabación. Gesticulaciones rígidas, la expresión facial en su máximo esplendor, el cuerpo cubierto de llagas despertando al movimiento lento, las sensaciones tomaban velocidad. Corte.
Después de grabar, su mirada se enfocó en aquella bailarina, su cuerpo tan delgado, su cara un poco demacrada, su cabello tan frágil, sus ojos tan fuertes. Quiso abrazarla pero temía que un sólo abrazo fuera a deshacerla. Tenía bailando Butoh ya casi treinta años, conocía la técnica, el poder de la danza hacia la oscuridad. Nadie como ella para transmitir con sus manos, piernas, vientre, rostro.
Esteban quedó impregnado, la pensaba todo el tiempo, quería volverla a ver. La llamó con el pretexto del cortometraje, le dijo que necesitaría hacerle otras tomas. Ella accedió y cuando estuvo en casa de Esteban los dos se sentaron en su sillón favorito y tomaron café. Platicaron un poco sobre sus vidas, la bailarina tenía cincuenta y tres años recién cumplidos, no tenía esposo ni hijos. Vivía sola en una casa muy grande que había heredado de sus padres, desde niña comenzó a interesarse en la danza, pero no fue sino hasta que viajó a Japón a la edad de 23 años cuando conoció el Butoh y se convirtió en su profesión.
Vivió tres años en ese país del cual siguió recordando los campos de cerezos como una imagen linda que la acompañaba todas las noches antes de irse a dormir. Le contó a Esteban que estaba enferma, le quedaban algunos meses de vida según su doctor particular, ella estaba lista para partir. Sentía nervios pero a la vez tranquilidad, era de esas personas que creían en el destino y en que existía un libro que ya estaba escrito y que ese libro regía su vida, el autor ya había escrito esa enfermedad y nadie la podía borrar.
Esteban no podía dejar de mirarla con afecto, a sus adentros pensó que estaba enamorado, que quería besarla pero que era demasiado pronto. Mientras ella hablaba, él se detuvo en la muerte de nuevo. Él, que siempre se intrigaba en las formas de morir, en pensar en su muerte y en lo mucho que le angustiaba no conocer su futuro, se sorprendió al escuchar a una persona que ya tenía bien claro el lecho de su muerte, el médico le contó uno a uno los días y casi tenía una fecha clara en la que dejaría de existir.
Esteban quería que su muerte tuviera fecha también, quería saber el día preciso de la partida de su bailarina de Butoh. En su adolescencia a Esteban lo acompañó muchas veces una canción de The Smiths llamada "There is a light that never goes out" en la que una frase tenía especial atención en él: “to die by your side is such a heavenly way to die”. Siempre se preguntaba si en realidad alguna vez podría decir esa frase a alguien con toda seguridad, ¿algún día sentiría placer y privilegio de morir al lado de alguna persona?
Como Esteban ocupaba bastante tiempo pensando en su muerte, quiso planearla igual que unos novios recién comprometidos planean su banquete de bodas.
Para esto, necesitaba la ayuda de una sola persona, la bailarina de Butoh.
El tiempo pasó y se fueron conociendo mejor, entre los dos formularon ideas para que el cortometraje quedara mejor, a ella le gustaban tanto las imágenes, su vestuario, sus gestos, quedó satisfecha.
Comenzaban a tenerse confianza, la suficiente para que ella le revelara a Esteban la fecha tentativa de su muerte: 23 de mayo.
Era verano, los dos subieron al auto rumbo al bosque, llegaron a ese lugar recóndito y lleno de árboles, se sentaron a comer panecillos y a beber un poco de vino tinto. A sus 53 años y él a sus 24 sabían perfectamente cómo unir sus labios, cómo acariciar sus cuellos, cómo sujetarse de las manos. Después de comer pasaron la tarde localizando a un árbol que fuera lo suficientemente amorfo para que se convirtiera en su favorito.
Esteban creía que los seres humanos tenían una idea muy simple de lo que era la belleza, sus cánones estéticos le parecían de cierta manera vulgares. Él sabía que era la naturaleza la que tenía la belleza que buscaba, ahí nada era perfecto. Las ramas de los árboles, por ejemplo, no eran nunca iguales, ni estaban parejas ni seguían un sólo camino, eran un sin fin de posibilidades en cuanto a formas, eran un sinfín de posibilidades en cuanto a colores, olores, dimensiones. Para él la belleza era ese cúmulo de posibilidades, esa enredadera sin fin.
Al encontrar el árbol, los dos le hicieron un hueco en donde susurraron su más grande secreto, algo que sólo confesarían a aquel tronco café lleno de hojas verdes. Al terminar de susurrar taparon el hoyo. A los dos les daba tanta curiosidad saber qué habían dicho a ese árbol frondoso pero ninguno dijo nada.
Era de noche, se fueron al auto de nuevo y llegaron a la carretera, la neblina cubría el camino, con la canción de The smiths a todo volumen, cerraron los ojos apretando fuertemente los párpados y sin soltarse las manos, se dejaron caer a un barranco lleno de hermosas rocas de diferentes tonalidades.
Teresa puso fin a su relato, mató a sus dos personajes de la manera más obvia, los mató en un auto. Imaginó la caída al barranco con un soundtrack de fondo, lo imaginó en cámara lenta como si estuviera viendo una película en el cine. Después, se dio cuenta de que esa hipótesis sobre escribir de alguien a quien quieres olvidar para olvidarlo de verdad era totalmente errónea porque le surgieron ganas de escribir más y más acerca de la vida de esa persona que la suspendió en el tiempo. Escribió y escribió en una libreta de pasta color púrpura hasta llenarla, sólo ella leyó los relatos y lo hizo una y otra vez hasta llegar al punto de quemar la libreta en la fogata que hicieron sus primos en una noche de campamento. La lectura de la libreta púrpura se había vuelto una obsesión.
No supo qué más decir sobre Teresa, sabía que contar detalles de su vida no le traería nada bueno, además siempre que escribía pensaba que estaba prediciendo el futuro, le daba miedo diagnosticar enfermedades en sus personajes, que fueran suicidas en potencia, que murieran sus amigos, su familia. Pero tampoco le gustaba escribir acerca de la felicidad, le parecía un tema que no era digno de contarse, tal vez sólo de vivirse si es que era posible.
Yo como narrador he podido observarla y ver cuál es su proceso creativo a la hora de escribir y sé que se pone muy nerviosa y que muchas cosas la distraen, siempre tiene la necesidad de beber un vaso con agua cuando está a punto de culminar una idea y tiene que caminar o moverse un rato para luego sentarse y concluirla. No sé si con esa inconstancia llegue lejos. Necesita más lecturas y un tiempo más largo para escribir.
Uno de sus amigos le obsequió algunas películas que ella disfrutó mucho ver, en especial una llamada “Memorias del subdesarrollo” de Tomás Gutiérrez Alea, esta película es cubana y fue hecha en 1968, está basada en una novela del mismo nombre escrita en el año de 1965 por un escritor cubano llamado Edmundo Desnoes en donde nos cuenta la vida de un burgués que trata de adaptarse a los cambios que trae consigo la Revolución. Ella no leyó la novela sólo ha visto la película y notó que el personaje principal refleja a esas personas que llevan una revolución interior constante, esas personas suelen ser muy observadoras y a través de sus ojos podemos ver los cambios en Cuba, su gente y lo que proyectan.
El personaje principal se la pasa observando y dando sus opiniones sobre lo que ve, nos describe qué es y qué significa el subdesarrollo. Habla de algunas características con las que convive la gente que vive en un país subdesarrollado como él, habla hasta del subdesarrollo de sus sentimientos, habla sobre la incapacidad de relacionar las cosas, para acumular experiencia y desarrollarse. Ella tenía muy claras muchas frases de la película. El protagonista era un ser un poco apático que veía con cinismo y un cierto despotismo a sus paisanos y las personas que gestaban la Revolución, sobre todo se burlaba de la gente de su misma clase, los burgueses que eran como marionetas en un país en donde el socialismo estaba a punto de tomar sus propias riendas. El protagonista creía que todos eran unos ilusos y que no había nada ni nadie que pudiera transformar en otra cosa el subdesarrollo de su país.
Al ver la película ella quedó enamorada del personaje principal, su actitud tan aparentemente indiferente, su apatía, su reflexión tan ácida pero de cierta manera tan verdadera acerca de la situación social. Todo eso y uno de sus tantos amores imposibles por ser un ente de la ficción. Esa película desarrolló varias reflexiones en su interior porque a la vez estaba leyendo “El extranjero” de Albert Camus en donde el protagonista era tan parecido al de la película. Como si alguien se hubiera encargado de extirparles las emociones e inyectado sustancias de resignación. Ella se preguntaba si alguna vez podría llegar a ser como ellos a dejarse llevar con resignación pero con muchos cuestionamientos en su interior. Dejándose que la vida le vaya pisando los pies. Así como Cuba, su país México, seguía en el subdesarrollo por eso se identificó con muchos conceptos y observaciones del filme.
Una de las frases de esa película que más se quedó en su cabeza fue en la que se menciona que las personas en subdesarrollo son incapaces de sostener un sentimiento. Se cuestionó sobre si ella sí era capaz de sostener un sentimiento y sobre cómo era o qué era sostener un sentimiento. Se dio cuenta de que los sentimientos le dan miedo al igual que muchos, se dio cuenta de que su cerebro estaba en subdesarrollo.
Yo como narrador, la observé y escribí sobre ella porque estaba muy aburrido mirando el cielo, me sabía de memoria las formas de las nubes, mi imaginación estaba en su apogeo pero a la vez muy trabada, como si alguien la tuviera amarrada a un árbol, quizá al mismo tronco al que Esteban y la bailarina le contaron su secreto.
Su vida me dejó todavía más aburrido, ser un narrador tiene su precio, uno también se acompleja contando las historias de otros pero hay que renovarse y pensar en el próximo relato a narrar ya que aquí en esto que llamamos mundo, todo madura y se descompone con facilidad.



Hoy hace frío en la ciudad.

Si existe la concentración, nunca ha estado en mí. Mi mente: un incendio que dura más de mil años, uno que no sólo el agua pone fin. Es como una habitación desordenada en donde se pierden los calcetines. En ese mismo desorden pienso en el desayuno, en la música, en la escritura, en mi vestimenta, en las computadoras, en los chocolates, en los libros de ilustraciones, en mi cámara de fotos... Cada persona tiene su propia estrategia, su propia manera de pensar, yo por ejemplo, me he detenido a pensar en que todos alguna vez hemos puesto una especial atención a nuestros sueños. Yo estoy en esa etapa. No sé nada científico acerca de los sueños, más que son un reflejo del subconsciente.
En la preparatoria llevaba clases de Psicología clínica en donde nos explicaron que el subconsciente está por debajo de la conciencia y que después se suprimió ese término y ahora es el equivalente al inconsciente... algo así, no me acuerdo mucho y no soy muy fan de Freud. El asunto es que los sueños son parte de la vida y de la realidad a fin de cuentas, en ellos puedes encontrar personas que conoces, gente que nunca has visto y puedes hacer lo que haces siempre o simplemente hacer lo que no harás nunca: Como viajar en el avión privado de Woody Allen comiendo una sopa de fideos rumbo a Cuba, o saltar por los techos,o estar en un teatro lleno a punto de tocar una flauta transversal que de pronto se convierte en una flauta de madera del mercado y luego en una pluma.
Sueños peculiarmente raros he tenido los últimos días. Gente que hace mucho que no veo se aparece. La gente cambia sus rostros, de estar viejos pasan a ser jóvenes, de ser alguien pasan a ser otros.
Hace unas semanas tuve un sueño en el que caminaba por la calle que acostumbro a transitar diariamente, iba caminando con dos buenas amigas, conversábamos y de repente se aparece una persona a la cual veo y sólo digo adiós y aún siendo eso un sueño tuve la sensación de regresarme y hablar con esa persona, pero algo me detuvo y seguí caminando, dentro de mi sueño comprendí que existen momentos que ya no podemos traer de vuelta. La vida, una constante renovación. La vida es un parpadeo y ahí están los sueños siempre.
Hace unos días soñé que estaba a la orilla del mar,descalza y dando vueltas, mi mamá estaba conmigo y ella buscaba conchitas. Un paisaje bastante hermoso, justo cuando estaba a punto de meterme al mar, desperté. Así son los sueños terminan en el momento cúspide todos por igual desde las pesadillas hasta los sueños más maravillosos. La vida tiene la ventaja de que las cosas buenas continúen, que lo que nos gusta, las acciones, los momentos, la música y todo lo que nos pone contentos continúe. Aunque en la vida al igual que en los sueños existen los finales. Y de los finales debemos aprender, aprender cosas o más bien los finales nos enseñan a despedirnos, puede ser.
Los finales llevan consigo siempre un comienzo. He tenido un sueño recurrente en el que voy en un automóvil de copiloto y cuando damos vuelta nos metenemos a un callejón lleno de escaleras, sin embargo, el automóvil puede pasar por ese camino lleno de obstáculos y pienso que esto lo sueño porque me pongo algo nerviosa en los autos y porque viví en varios callejones de Gto. Los sueños y la vida y la vida y los sueños y las canciones que hablan de los sueños y las películas que tratan sobre los sueños y las personas que te cuentan un sueño.
Faltan 3 días para que cumpla 23 años, esto lo escribo aún de 22 y si me pusiera a pensar los sueños que tuve el año pasado y los comparo con este, sería una genio de la memoria pero como no lo soy, en vez de sueños comparto recuerdos. Tengo un acetato de Daniel Johnston que un amigo (que fue especial en mi vida) me regaló en mi pasado cumpleaños. Aún no lo he escuchado porque no he enontrado un reproductor de acetatos en donde hacerlo y ya pasó un año. Los días que se escurren como agua. El tiempo y la música y los recuerdos y los sueños que sólo durán unos minutos antes de despetar y que parece que son más largos.
Aquí seguimos con cólicos terribles y esto que le llaman vida.

Todo lo que tendré que decir algún día, lo empezaré a grabar en una máquina antigua.

Estoy escribiendo una historia, un relato que habla sobre una canción y que también cuenta cómo al finalizar el mes el humor me cambia bastante. Soñé que salía a la calle y olvidaba ponerme los zapatos, iba caminando hasta que una señora me vio y le dijo a su pequeño hijo: "mira... ella no tiene zapatos por eso tiene que andar flotando por las calles". Entonces yo me daba cuenta que como no tenía zapatos tenía que saltar y mi salto era tan largo que alcanzaba a caminar flotando por unos instantes. Luego soñé seguramente otras cosas que no recuerdo.

Loneliness, is such a sad affair
and I can hardly wait
to be with you again
what to say
to make you come again
come back to me again
and play your sad guitar

Esta semana me agarró por sorpresa una tormenta, la ropa sucia se acumula cada semana y el domingo entonces se hace más corto.
Tal vez de nuevo me estoy equivocando pero ahora me conozco más. Tal vez ahora escribo muchas cosas sueltas y sin sentido. Hoy vi una película, tuve mucha paciencia, siempre llego en los momentos, horas equivocadas. Elijo mal las canciones y los pensamientos.
Qué linda luna estoy viendo. Voy a salir, ver más de cerca.

22 1/2

De mayo a julio con veintidós años y medio. Escribo esto después de cinco años.
A los diecisiete tenía una grabadora en mi cuarto y escuchaba música de viejitos. Llegaba de la prepa, intentaba tomar café (nunca he podido, me mareo). Trabajaba en el teatro. Escribía una historia por semana. Leía textos muy aburridos pero en el fondo me divertía. Tenía ya como unos dos o tres amores platónicos. Un actor, un fotógrafo y un museográfo. Todos como unos diez años mayores que yo.
Me fui a ciudad subterránea y ahí pasé los dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno y una muy pequeña parte de los veintidós. Comencé a creer que los árboles que van al camino de Valenciana sí tenían el tronco dorado. Siempre he disfrutado las curvas de las carreteras y los cerros. Y siempre he disfrutado que la gente lea cosas sin importancia.
En esos cinco años mi cara se fue alargando y las muelas del juicio fueron saliendo, menos mal que durante ese tiempo no sufrí ninguna fractura como de los cinco a los nueve años (Tres fracturas en ese lapso de tiempo).
Además de que me salieron las muelas y luego me las quitaron, probé cosas que antes no había probado que me llevaron al doctor (pero fue peor en la infancia cuando probé una hamburguesa de Burger King y terminé vomitando por horas y luego en el doctor).
Me subí a unos columpios, me trepé a un árbol, de esos que hay en la presa de la olla. Tomé muchas fotos con una cámara lomográfica. Intenté escribir más historias. Leí todo lo que me pidieron, escribí todo lo que me pidieron. Recibí un premio. A los diecisiete me enamoré, después entre todos esos cinco años me fui desenamorando. Me desenamoré. Siempre pero siempre he tenido amores platónicos, durante esos cinco años algunos ya no fueron tan platónicos. Viajé. Recordé y muchas veces me quedé sólo en los recuerdos (como ahora). Durante esos cinco años siempre estuve planeando a dónde sería el siguiente viaje. Todavía no sé a dónde ir.
A los 22 1/2 he descubierto muchas cosas:
1.- Me gusta la música tranquila, escuchar las guitarras. Pensé que nunca me gustaría la música sin voz.
2.- Descubrí que tengo un sistema nervioso muy débil, lo descubrí experimentando.
3.- A los 22 1/2 no he terminado mi tesis, estoy a punto de graduarme porque acabé todas la materias.
4.- A los 22 1/2 acepté por fin, lo que ya había pensado hace años: no creo en ninguna fuerza divina.
5.- 22 1/2 pensé en que nunca quiero tener hijos.
6.- 22 1/2 he visto muy malas películas últimamente.
7.- 22 1/2 Descubrí que me gusta la gente que habla extraño. Y si me gusta me voy.
8.- A los 22 1/2 me despedí de mi gran amor platónico.
9.- A los 22 1/2 cambié mi cama de lugar después de pasar el momento más duro de la desilusión de los 22.
10.- A los 22 1/2 estoy aquí tontamente desvelándome aunque en una horas tenga que ir a dar clase. Chicos, su maestra de 22 1/2 tiene veintidós años y medio tratando de comprender el mundo, no pregunten por qué tiene esas ojeras grandes. Piensen que se fue de fiesta.

Hasta que vea un cerdo volar.



En el cielo hay un cerdo que nos mira. Que nos esconde y nos busca.
En el cielo hay un cerdo del color de nuestra carne.

Se alimenta de las nubes y de los pensamientos de los imbéciles.
En el cielo hay un cerdo con los ojos cerrados, hay un cerdo enamorado.
Escucha canciones noise.
En el cielo hay un cerdo que se dedica a hacer noise.
Sólo en una parte del cielo vive y vuela, sólo en los edificios legendarios.
Me asomé por la ventana, el cerdo se comió los últimos cabellos que te quedaban.
Tomó tus dientes prestados y de pasó te mordió las costillas.

En el cielo hay un cerdo que se parece a nosotros.

Llega el momento en que se paga de nuevo la renta.


foto de: Ramón, Moncho. www.medioperronegro.blogspot.com

Mis nuevos hermanos.
Mis nuevos hermanos se parecen a los versos de ¡Adelante! libro de Bukowsky en el librero de D id. Se parecen a las carreras de caballos, a las apuestas y el alcohol del que habla tanto en La sede del club. Hagan sus apuestas, apuesten para ver quién se cae más rápido del cerro, quién se tropieza con una piedra, a quién regaña más su mamá, quién se cortará primero el cabello. Quién ayudará a mover el refrigerador del lugar.
Hagan sus apuestas.
Griten como bestias.
Muerdan las cuerdas del tendedero.

Otg.



La paradoja de la fraudulencia consistía en que cuanto más tiempo y esfuerzo invertías en resultar impresionante o atractivo a los demás, menos impresionante o atractivo te sentías por dentro: eras un fraude. Y cuanto más fraude te sentías, más te esforzabas en transmitir una imagen impresionante o agradable de ti mismo para que los demás no descubrieran a la persona vacía y fraudulenta que realmente eras. Por lógica, lo normal sería pensar que en cuanto una persona supuestamente inteligente de diecinueve años fuera consciente de esta paradoja, dejaría de ser un fraude y se conformaría con ser él mismo (fuera lo que fuese) porque se daría cuenta de que ser un fraude era una regresión infinita y viciosa que al final solo conducía a estar asustado, solitario, alienado, etcétera. Pero esta era la otra paradoja, de orden superior, que ni siquiera tenía forma o nombre: yo no lo hacía, no podía hacerlo.

El neón de siempre, Extinción, David Foster Wallace, traducción de Javier Calvo para Mondadori.

Troll you.


Es aquí donde se esconden los archipiélagos ¿Qué es un archipiélago? Un conjunto de islas rodeado de agua.
La pregunta que memoricé hasta ahora, lo que aprendí a los 10 años a través de un cuestionario para un examen. Porque son las cosas más inútiles las que me se me quedan grabadas de por vida.

Corre, aplasta la mosca que se quedó viendo a través de la ventana.

De cuatro años para acá. Se me vienen estos cuatro años. He aprendido mucho pero también he ignorado otro tanto. He dejado de hacer unas cosas por otras. Y esta noche escucho Radiohead, Animal Collective, Molloy and his bike y Daniel Johnston.
Escucho y veo y me truena la cabeza.

Hace como un mes vi un documental sobre Hunter S. Thompson y me quedé pensando en las bermudas y las armas. Y en los autos viejos y en los viajes por carretera.

Hace cuatro años no pensaba en eso. Hace cuatro años leía Herman Hesse y a Oscar Wilde, escribía cosas y se las mostraba a mis amigos. Hace cuatro años veía el escenario y me emocionaba la música, sobre todo la música que se hace con panderos. Pensaba también en el periodismo, en escribir artículos sobre política, sobre lo que pensaba una tipa de 17 años que escuchaba a Lennon y a Yoko por las noches. Leía diario las columnas de los periódicos y buscaba artículos científicos para obtener puntos extras en física.
Hace cuatro años estaba en un cerro con una pluma, rellenando bolitas en un papel, jugaba México contra Argentina, así como hoy. Me regresé con el doctor que también estaba rellenando bolitas, nos fuimos juntos y yo estaba entusiasmada y nerviosa, él ya estaba resignado, bebimos jugo y agua al mismo tiempo y escuchamos la radio, el partido a punto de terminar, la derrota.
Hubo un cambio, me fui a la ciudad subterránea. Un lugar al que al principio me resistía, pero ahora después de cuatro años, puedo decir que es mi lugar. Un lugar a punto de ser abandonado.
Se acabaron mis materias y busco temas, cosas que me agraden, algo con lo que pueda escribir como cien cuartillas.
Y no sé todavía qué, no encuentro algo que se me pegue totalmente en la cabeza, algo que realmente me interese.
De lo primero que escribí hace cuatro años fue sobre Boris Vian, sobre sus poemas, hice un ridículo análisis que valió para luego escuchar su música.
Después escribí sobre el movimiento Dadaísta, sobre la "muerte del arte", sobre Magritte.
Hicimos muchas lecturas, lecturas colectivas y empezamos a construir un diálogo, un diálogo pesado. Un diálogo basura, uno serio, otro derribador de lo serio, uno cómico, indiferente, a veces con teoría a veces sin ella.
Empecé a leer a Sausurre, a distinguir entre lengua y lenguaje. A leer al círculo de Praga, a Roman Jakobson con la función poética y después no entender a Hjelmslev, ni a Sapir y la lingüística estructural y la conceptualización del mundo. Para luego pasar a Chomsky y comprar Chomsky para principiantes y leer La arquitectura del lenguaje y el minimalismo y la reducción. Y olvidarlo todo, así de fácil, quedarte con ciertas frases, ciertas imágenes y nada más. Quedarte con el frío, con las bancas de cuero, con las crudas.
La Retórica y La Poética de Aristóteles, el diccionario de Helena Beristáin. El encuentro de ensayistas y Simone de Beauvoir. El segundo sexo.
Semántica, el signo y su relación con el mundo, Frege. Polisemia, polisemia.
La vida es sueño, Los viajes de Gulliver, Drácula, Historia de Cronopios y de famas, Fervor de buenos aires, La casa de muñecas, Las flores del mal, Mujeres, El café de nadie, El capote, Nadie los vio salir, Bodas del cielo y del infierno.Luego el clave con Mallermé. Cosas que te decían, cosas que querías o cosas que encontrabas, todo disparejo, todo como quieras, tus ojos y tu tiempo.
Luego D. Fieltroman Aguilar Crocota Ruvalcaba me prestó muchos libros, me regaló otros y vinieron Carver, Bolaño, Bellatín, Kerouac, Bukowsky, Jarry, Paul Auster, Borroughs y Borges de nuevo.
La conjura de los necios, La biblia de neón y los libros de aforismos. Alejandra Pizarnik y la piedra de la locura del mundo.
Pasaron los años entre varios libros, entre varias películas y nueva música para mí.
Escribí sobre Borges, luego Guillermo Fadanelli y Compraré un rifle y Lodo. Sobre el fotoperiodismo y Patricia Aridjis. Y sobre Blanco y un Coup de dés, Revueltas y esas cosas, y sobre Beckett y luego de nuevo sobre Boris Vian y terminé de nuevo con el arte contemporáneo en México y su relación con el pesimismo y la indiferencia anunciada en La era del vacío. Y de nuevo Magritte.
Todo esto para autonarrarme que no tengo una idea clara, pero pienso que las artes visuales y la literatura en estos cuatro años, me han hecho ver y pensar cosas diferentes. Me gustan pues y pienso unirlas. Pero no sé cómo ni cuáles.
Porque quedan muchas cosas por leer y por ver, porque tengo memoria corta y falta de atención. Porque quiero verlas juntas, porque son parte de mi autobúsqueda. Y porque sí.
Pienso de nuevo en Hunter S. Thompson en tener armas para matar tantas palabras inútiles como éstas. Pero pienso más en las bermudas y en largos viajes por carreteras.
Escuchando Let Down de Radiohead. Canción vieja, de hace cuatro años.

Los palomos asados no vuelan por el aire.



Era una certidumbre física y médica, un hecho;
nadie lo había asesinado, por la sencilla razón
de que no había sido asesinado. Tenía que admitir
que la mayoría de mis colegas hubiesen suspendido
la investigación allí mismo. !Yo no!
Me sentía demasiado ridículo, demasiado irritado, y
había ido ya demasiado lejos. El asesinato es algo
que se produce intelectualmente; tiene, pues, que
ser concebido por alguien.
W. Gombrowicz.

La chica confiesa a su diario electrónico.

Parece que el insomnio está de moda.
Los días nublados han desaparecido pero eso no implica nada.
Perdemos el tiempo, eso es lo que hacemos. Las nuevas generaciones perdemos el tiempo. Yo no me asumo dentro de un tiempo generacional pero nací para contradecirme.
Para contradecirme y para desconocer. Nací para escuchar música y para contradecirme y desconocer.
Estudiar conceptos, pensar, escribir en voz alta. ¿En dónde uso la vida, en dónde la practico? no hay respuestas a cuestionamientos absurdos. No conozco el mundo. No sé de la gente. Tengo frustraciones antropológicas.
Cuatro años invertidos en aquella ciudad llena de callejones, cuatro años subiendo los cerros. Años que parecen días. Cueva en la que no redacto, Cueva en la que he vertido puntos y comas por todas sus esquinas. ¿Quién cree fielmente, verdaderamente en lo que hace? no hay respuestas a cuestionamientos absurdos.
Pierdo mi tiempo los jueves por la mañana, una pérdida que va contra mi voluntad y mi rostro me delata, todas mis facciones me delatan.
Pesimismo, indiferencia, no hay relatos a conceptos tan vacíos.
Aquí no hay imágenes, no hay música. No hay.



Siempre estará la huida como consuelo.

Siempre estará el retorno como consuelo.

Mi barrio en las estaciones del año.

Por la ventana se ven las construcciones chuecas, los colores dispersos, el puño de árboles.
El callejón está escondido porque no tiene buen aspecto.
Aquí lo que me gusta es el color ladrillo y mi caminar diario.
Aquí lo que me gusta son los techos abollados y los tendederos unisex.
Es adoptado. El que se mete con mi barrio me cae mal.
Parece que se aproximan los últimos tiempos del lugar.
Los túneles se están cayendo y resbalan gotas de sudor.
El sudor de las personas que gozan dormir sobre los túneles para ver el techo del mundo en la azotea del mundo.
Parece que están lejanos los últimos tiempos del lugar.
Lo que lo hace imperecedero es la música que se escucha cuando subes las escaleras de la ciudad a media tarde.

Toma el portafolios y corre.

Encontraría la manera de hacerte ver todo lo contrario, de cortarte las uñas y de enderezarte la espalda, de rasparte la boca y planchar tu flequillo.
Tu voz. Luego digo que tu voz no sea una lata de boing de guayaba.
No hago un panfleto en contra de nada, lo hago en contra de todo y en especial en contra de los jueves por la mañana. Y no por la lluvia y no por el frío y no por los callejones escurridos.
Sí, por las palabra, por la "inteligencia" y por el ruido, por algunos versos que tengo que copiar, por el acento extranjero por eso el panfleto en contra de todo. Por eso mi apatía por los jueves en la mañana, porque los encuentro absurdos, los encuentro encerrados, los encuentro con goteras con ojos pequeños con libros aburridos con cara de guacamaya encerrada.

Tus lentes finos nunca me han conmovido.
Las citas en mi libreta son como fosas nasales tapadas.

Y tengo una de Paul Valéry: "A veces nos despertamos en plena aventura o angustia"

Yo los jueves no me despierto más que con ganas de quitarme el pelo y operarme el cráneo.

No todo estuvo tan malo este jueves por la mañana porque me acompañó la música, la que sigue:

Cosas que se miran de lejos.

Los cerros ya están secos y no hay mucho de qué hablar.
En estos días las cebollas no hacen efecto.
Las rodillas que no se cicatrizan y todo se convierte en un eterno retorno.¿Hasta cuándo se rompe el eterno retorno?
Y hablamos de nuevo de la imbecilidad del lector. Nos asumimos como lectores y de verdad quiero que me preste su nuevo libro. El libro que tiene tantos dibujos.
Y la furia se desata de vez en cuando. La furia y las especulaciones de un revolucionario inactivo. Y ganas de ver a los guanajuatenses que no he visto porque viven en otros cerros lejos del mío.
A dónde se fueron todos los de Pueblito de Rocha que conocí años atrás.
A gritar fuerte para que los pájaros vuelen con justificación.


Ella trepó el árbol de la fotografía hasta morder su propia ceja, otra vez.

Reclutamiento de neuronas. La canción lenta. La que escuchas de otro blog. De alguien que vive muy lejos y al otro lado del mundo.
¿qué hacemos cuando alguien canta y a la vez escribe? Y no escribe lo que canta y no piensa lo que escribe.
¿Qué pasa cuando descubrimos que la vida académica se escurre como el vómito de un recién nacido o de un ebrio al salir de El incendio? Tenemos que saltar un rato por ahí.
¿Qué sucede cuando en el paso 8, le dices al colombiano de la poesía que no entiendes por qué estas cosas se toman con seriedad?
Crisis postadolescente te dicen que es. El manifiesto surrealista dice que pierdes la imaginación después de los veinte años.
Luego, todo resulta absurdo. También resulta absurdo investigar qué entonces,parece o es importante.
Japones dímelo tú.

Porque esta canción me agrega a una depresión autoinducida para ganar dinero: