El cruce de Shibuya


-¿Y en dónde queda, exactamente, el tal Japón?
Baldabiou alzó la punta de su bastón
y la apuntó hacia el otro lado de los techos de Saint-August.
 -Siempre derecho hacia allá. Dijo. -Hasta el fin del mundo.
Alessandro Baricco

1.- Invierno

La primera vez que pensé en la remota posibilidad de viajar a Japón –hasta el fin del mundo- fue cuando vi la película de Lost in traslation de Sofia Coppola, fantaseaba con la idea de ser Charlotte y encontrarme a alguien idéntico a Bill Murray para compartir la soledad de dos vidas que aparentemente lo tenían todo pero que estaban un poco atormentados por sus relaciones sentimentales sin rumbo.

            Yo solo fantaseaba, nunca imaginé que podría llegar al país del sol naciente tan pronto, pensé que ya de vieja iría a meditar o a encontrar mi yo interior, pero en una tarde de otoño en un cafetería de Barcelona –lugar en el que me encontraba en un intercambio académico- me llegó la nostalgia navideña y quise pasar las fiestas en familia, mis ahorros para viajar por los países cercanos a España se trasladaron a aquella peculiar isla en la que vive mi hermano mayor junto con mi cuñada y mis bellos sobrinos.

            Compré el boleto con muchos nervios: Barcelona-Moscú-Tokio. Viajé hasta el fin del mundo en una aerolínea rusa, comiendo pelmeni y practicando las pocas palabras que sé de ruso con las aeromozas. Cuando hice la escala en Moscú fue la primera vez que vi nevar y también por primera vez sentí un frío de menos 12 grados centígrados al bajar del avión para tomar el siguiente (creo que en este texto hay y habrá muchas primeras veces).

            Llegué a Japón en invierno (diciembre 2016) y mi familia me esperaba en el aeropuerto de Narita, teníamos tiempo sin vernos y estábamos felices al encontrarnos, abracé inmediatamente a mi pequeña sobrina y luego a mi cuñada que se veía hermosa con unos 7 meses de embarazo, luego a mi hermano con quien siempre ha existido un cariño genuino.

            Nos fuimos en coche a Tokio y yo estaba sorprendida y también tratando de aguantar el cambio de horario y el cansancio del viaje para guardar la primera impresión en la memoria. Llegamos a casa de mi hermano (un poco alejada de la capital) y dormí profundo hasta el siguiente día. Mi primer viaje fue de tres semanas y los primeros días recorrí la zona por donde vivía mi hermano, todo era nuevo ante mis ojos, todo era limpio, ordenado… caminé por un parque que estaba cerca y tomé un té con leche de las máquinas expendedoras de las que increíblemente salían bebidas calientes.

            Después de pasear un rato me senté en una banca a contemplar lo maravilloso y a la vez nostálgico que es estar en un lugar tan lejano en el que puedes sentirte un total extraño. Un señor pasó a mi lado, vi que calzaba unas sandalias con calcetines y los dos empezamos a hablar en un torpe inglés: ¿de dónde eres? Mekisko y luego una cara de sorpresa y un largo “ooooo”. Nos despedimos con amabilidad pero sin entender mucho al final.

            Con las ocupaciones cotidianas de mi familia me dispuse yo sola a viajar por Tokio y es uno de mis mayores logros porque las personas que me conocen saben que la ubicación no es precisamente una de mis cualidades. Mi hermano me explicó cómo tomar el tren y el funcionamiento del metro y otras líneas de trenes que existen en las estaciones. Yo tuve que poner atención y anotar cosas en una libreta que me acompañó durante todo el viaje.

            Me dispuse a salir a esa aventura en la que no entendía nada. Lo único que sabía y tenía en cuenta era esa advertencia que me hizo mi hermano: en el tren no escuches música sin audífonos, no hables por teléfono, no comas, no hagas ruido, no te quedes dormida. Los letreros de las calles eran totalmente extraños así como el andar de la gente. Fue admirable ver a muchas personas moverse en bicicleta: mamás llevando a sus hijos a la escuela, adolescentes trasladándose al colegio, adultos yendo a trabajo, todo era armónico en ese pequeño pueblo cerca de Tokio.
           
            Tomé el tren contrario al que me dijo mi hermano y con la paciencia que me acostumbro a tener,  resignadamente me bajé en una estación un poco lejana para después tomar el tren correcto y llegar a la capital de la isla. Las estaciones de trenes son gigantes y tienen de todo, son como un centro comercial en el que venden ropa, comida, maquillaje, videojuegos, todo.
           
            La primera estación a la que llegué fue Shinjuku, eran aproximadamente las 12 de la tarde, el clima aún no era tan frío y al salir vi a muchas personas con cubrebocas que usan para prevenir la alergia al polen y para no contagiar a los demás si tienen un resfriado u otra enfermedad. Fue lo que más llamó mi atención, me sentía rara al no llevar cubrebocas como todos, saqué mi cámara e hice muchas fotos al respecto. Después llegué al Edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio con una torre de 48 plantas en la que puedes ver la ciudad. Es increíble ver Tokio desde esa perspectiva, no podía creerlo, quería contarle a alguien lo que estaba sintiendo, lo maravillada que estaba, pero no había nadie y me sentí feliz al poder admirar toda la belleza urbana de una ciudad llena de contrastes entre lo tradicional y lo moderno.

            Sin duda alguna lo que más atrajo mi atención en aquel primer viaje fueron los templos tanto los sintoístas como los budistas. No podía dejar de admirarlos. Caminé por un espacio lleno de árboles, una mancha de naturaleza en medio de la urbe y asombrosamente llegué al santuario Menji. Era invierno, hacía frío pero el sol siempre salía y calentaba con sus rayos fuertes y además iluminaba la belleza de una construcción arquitectónica hecha para fomentar la espiritualidad en los humanos porque siempre estamos planteándonos preguntas que no tienen respuestas.

            Me lavé las manos y la boca como vi que hacían los demás turistas que visitaban el santuario sintoísta. Me asombré, alcé y bajé la vista, vi el altar, vi a la gente leyendo anuncios, un poco de historia, y leer su fortuna por 100 yenes. Debo confesar que llegué a la pequeña tienda de amuletos y enloquecí un poco. Quería comprarlos todos, quería comprar el que ayuda a aprobar los exámenes, el que mejora la salud, el que evita accidentes, el que ayuda a viajar y en el amor. Eran tan coloridos y con diseños llamativos que compré uno que aseguraba la protección de varios dioses, una pequeña tortuga de la buena suerte, otro para la salud y al final compré un amuleto en forma del planeta Tierra para viajar y otro más para el amor. Regalé los primeros tres a amigos cercanos y me quedé con los últimos dos para ver si los necesitaba o también los regalaba. Aún no abro ninguno de los dos pero creo que sí me los quedaré.

            Después del santuario fui al Museo Metropolitano de Fotografía de Tokio, era como estar en un sueño pues hacía una tesis sobre fotografía, leía mucha teoría al respecto y además llevaba mi cámara con la intención de aprender algo sobre dicha disciplina. Fue fascinante, no hay lugar en el que yo me sienta mejor que paseando por algún museo, bueno, depende de qué museo pero en ese momento no había otro lugar en el que quisiera estar.

            Gracias a esa visita conocí al que se convirtió en mi fotógrafo favorito de Japón, Shōji Ueda, sus imágenes son tan pulcras con una composición que parece haber sido sacada de un sueño a blanco y negro. Uno de sus preceptos era “no hace falta desplazarse para viajar”, en su entorno, en su cotidianidad, construía imágenes de extraordinaria elegancia. Compré un pequeño libro de postales de ese artista, algunas las regalé y otras las guardo como un tesoro personal.

            En un cuento del escritor Juan Villoro leí lo siguiente: “Japón es un país sin mal rollo, dijo Naomi: cuando la gente se harta no te hace daño: prefiere suicidarse”.  Ese enunciado es una buena manera de explicar cómo se comporta la gente en las calles, nadie te molesta, nadie te habla si no es necesario, cada quien hace su vida y en los trenes quizá existe la introspección, el descanso después de un duro día de trabajo, el entretenimiento en las pantallas de los teléfonos celulares en los que la mayoría van absortos. En el tren iba yo viajando sola, con una introspección como pocas veces la he tenido, con una atención para no perderme como pocas veces la he tenido y con una relajación también como pocas veces pues no temía a ningún asalto o peligro en la ciudad.

            Llegó la noche, me dirigía a Shibuya y vi mucha gente saliendo de sus trabajos, vestidas con elegantes abrigos, caminando rápido a su destino, también había muchos adolescentes de compras, sonrientes, y unos cuantos turistas que maravillados nos deteníamos a apreciar los edificios llenos de anuncios y pantallas con luces. Caminé por Tokio sin saber exactamente qué encontraría, quizá no es lo mejor que un viajero puede hacer pero tuvo sus recompensas como decir un auténtico y genuino “guau” con las pupilas muy dilatadas por la emoción, detenida ahí en medio de la calle mientras miles de personas pasaban al lado mío y yo veía las luces de neón y las pantallas en los grandes edificios.  Parecía que la sorpresa y el asombro en aquella ciudad no tendrían fin.

            Caminé sin parar –ni para comer porque simplemente me compré onigiris y un té por ahí- desde la mañana que salí de casa hasta el anochecer que seguía mostrándome lo inagotable que puede ser un lugar nuevo. Regresé a Shinjuku para tomar un tren a Hashimoto que me llevaría a Sagamihara para platicar mis impresiones y después descansar en un futón hasta el día siguiente.
            En Shinjiku me equivoqué de estación de tren y creo que llegué a otra, aún no estoy segura de lo que pasó. Era tarde, casi las 11 de la noche, estaba cansada, mi cerebro apagado. Faltaba poco para que saliera el último tren. Llamé a mi hermano y los dos pensamos que mi tarjeta para entrar al tren se había quedado sin crédito y mi siguiente misión era buscar un “Seven eleven” para sacar yenes en un cajero. Esa misión era un poco imposible, las tiendas estaban lejos de la estación, mi sentido de ubicación se perdió y se desencadenó el estrés por perder el último tren.

            Vi a dos chicos platicando, una mujer y un hombre jóvenes que parecía que apenas salían de la universidad y conversaban relajados en medio del tumulto antes de llegar a casa. Me acerqué y les pregunté si sabían hablar inglés, el chico me dijo que sí y traté de exponer mi problema –la búsqueda del cajero- me explicó cómo llegar y me dijo que estaba lejos de la estación. Le agradecí y pensé en salir corriendo a buscar el lugar para luego regresar y no perder el tren pero no fue así porque quedaba poco tiempo. Me alejé pensando resolver el problema y después salieron las lágrimas al estar sola en un lugar lejano sin saber qué hacer. Los chicos me estuvieron viendo y se acercaron a mí, querían ayudarme, a mí percepción los japoneses son muy amables y esa vez con todo y la timidez que les caracteriza decidieron hablar conmigo y ayudarme a resolver.

            Ahí estaba yo en medio de una estación de tren llena de gente corriendo para no perder su transporte y con dos chicos tratando de comunicarnos sin entendernos mucho. De pronto mi hermano me llamó de nuevo y al escuchar que hablaba español el joven japonés sorprendido me dijo: “hablas español, ¿de dónde eres?, yo estudié en Barcelona”. Asombrados por esa extraña coincidencia nos reímos, le dije que yo viajaba de Barcelona y mi vuelo de regreso era a ese lugar pero que yo era mexicana. Platicamos y resolvió el problema, mi tarjeta sí tenía dinero solo que entré por el lugar equivocado, por otra línea de tren, yo qué sé, hay muchas.

            Akira –así se llamaba el chico, un nombre muy popular en Japón y fácil de recordar-me acompañó hasta la estación de Hashimoto, estuvimos platicando un rato, era muy simpático. Llegué a mi destino y pensé que el amuleto de la suerte tuvo efecto pues pude encontrar más fácil a un japonés que hablara español, mucho mejor que inglés, a un cajero que de todos modos no sería la solución.

            El invierno japonés está lleno de matices: los árboles no tienen hojas, oscurece a las cuatro de la tarde, los asientos de los trenes tienen calefacción, y hay muchas luces que anuncian la navidad, que ahí solo festejan comiendo pastel. Existen distintas panaderías ofreciendo su pastel navideño con diferentes diseños. Todo es pequeño, limpio, ordenado y perfecto. En invierno va la gente corriendo a los trenes sin detenerse pero sin molestar a nadie, son abrigos en tonos grises y negros con portafolios saliendo de oficinas, algunos un poco ebrios después de tomar cervezas con sus jefes, otros van cansados, duermen en ese tren en el que no hablo y solo observo como la foránea que soy.

            Fuimos a Yokohama, una pequeña ciudad que tiene un extraordinario barrio chino en el que probamos mi familia y yo comida Tailandesa –globalización-, era picante y buena. Después dimos una caminata entramos a un templo, me fijé en los altares y en lo diferentes que eran a los que yo conocí toda mi infancia sin comprender mucho o casi nada. En las calles del barrio chino había diversos sitios donde ofrecían leer la mano, adivinar tu destino con las líneas que están en las palmas, toda una magia china para descifrar el fututo de quienes estaban sentados frente la adivina o adivino, videntes de profecías personalizadas. Tomé algunas fotos de los anuncios, de dibujos de manos llenos de líneas. Adivinanzas de fortunas desesperadas.

            Era ya el último día del año y yo estaba en Japón comiendo “osechi ryōri” un platillo especial para una de las fiestas más importantes del país, la comida reposaba en una cajita en la que todo era muy colorido con pescado, pasta, verduras y lo más sorprendente: frijoles espolvoreados con oro. Fuimos a un templo y pedimos por nuestros deseos para el siguiente año, yo tenía muchos y los dirigí a los budistas y sintoístas. Cada templo en cualquier país sirve para que en la mente existan los anhelos, para aclarar en tu cabeza qué es lo que realmente deseas y que no le dirías a nadie, solamente a un dios que vive en un sublime templo de Japón.

            Regresé a Barcelona justo a ver el desfile de los “reyes magos” dos días después viajé a México donde durante varias noches antes de dormir venían a mis pensamientos aquellas estaciones llenas de gente, las pantallas, los abrigos elegantes de las chicas, el frío, los cubrebocas y esos instantes en los que aprendí que los pensamientos se parecen al agua de un arroyo como lo dice el poema de Dyunzaburo Nishimaki: “Ay, en el arroyo de la vida que se va/ arrojar mis pensamientos, y por fin/ caer desde siempre/ hasta desvanecerme; esto anhela mi alma”.

Me fui de Japón sin una fecha de regreso y casi dos años después estuve de nuevo en la isla sintiendo su calor abrumante en el que nuevamente caminé por el cruce de Shibuya, parpadeando deslumbrada hasta el fin del mundo.














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-¿

Mi lengua es mutante y bastarda



En mi vida he sido incapaz de hablar de pie
Nunca me han gustado  los guias espirituales
Y quizá por eso me siento y cuento las hojas de un árbol.

Un pájaro ensucia su propio nido y yo lo observo
Lo hago con un lamentable desconcierto:
Mi lugar es una ausencia de lugar
Soy propensa a la vacuidad y redundancia
Mi tiempo no tiene cronología
Obedezco a la pereza intelectual
Mi lengua es mutante y bastarda

Hablo de las cosas que no existirán
Con quien no me escucha:


 Mi boca es el acervo universal  que escupe sal

Quiero advertirle querido lector (si es que existe) que aquí nunca encontrará una publicación seria

Una canción que me gusta bastante es "Henry Lee" interpretada por Nick Cave y PJ Harvey... es ocho de febrero y empieza la madrugada, yo escucho esa canción en casa, en una construcción propia.

Quiero advertirle querido lector (si es que existe) que aquí nunca encontrará una publicación seria, este espacio es para líneas sin coherencia. Escribo esto con la idea de desahogar pensamientos, estos ejercicios mentales sirven mucho querido lector. Hágalos también. Creo que estoy enamorada de Nick Cave. 

Paulina contra sus hormonas: desobedencia civil y desobedencia hormonal. Siempre me ha gustado la anarquía al ser algo inalcanzable para mis pensamientos, para mis actos. Se acabó enero y aún no leo todo lo que quiero, pero acabé la novela "El amor dura tres años", el libro autobiográfico de ese francés loco Frédéric Beigbeder, me gustó: los sentimientos humanos son salvajes e incoherentes, lo digo con casi treinta años encima... no pueden ser de otra forma, aunque a veces se siente con intensidad y otras con más tranquilidad. Prefiero la tranquilidad, claro, pero ¿qué hago cuando la intensidad llega y se instala? 

No me importa: no quiero ser un robot, un zombie al que le fue succionado el cerebro: por la tecnología, por el tiempo, por la "madurez", por la química. Me gusta más sentir todo lo que se pueda con todo lo que se tenga. 

Subrayé algunas frases del libro: 

"Por fin comprendo la frase de Camus ´hay que imaginar a Sísifo feliz'. Quiso decir que uno repite toda su vida las mismas estupideces pero que puede que la felicidad consista precisamente en eso".

"Después de tres años, una pareja debe separarse, suicidarse, o tener hijos, que son las tres maneras de confirmar su final". 

"Vuelvo a desear una casa grande con un soleado jardín, o la melodía de la lluvia sobre el tejado al final de la jornada, ganas de recoger un ramo de violetas, soledad junto a ella, lejos de la ciudad para hacer el amor una y otra vez, hasta reventar de alegría, hasta llorar de placer, caricias para consolarse de estar bien juntos..."

"El amor dura lo que tiene que durar me da lo mismo. Pero si quieres que dure, creo que es necesario aprender a aburrirse". 

"El amor que dura tres años es el que no ha superado montañas o frecuentado los bajos fondos, el que ha sido servido en bandeja. El amor sólo dura si ambos saben lo que cuesta, y vale más pagar por anticipado, si no te arriesgas a tener que pagar la cuenta a posteriori".

No tengo mucho qué decir del libro, sólo que quizá lo encontré en el momento indicado en el que necesitaba reflexionar sobre el amor, ese tema inagotable. 

También leí por fin el clásico "1984" de George Orwell, aunque antes no me apetecía leerlo esta vez me enganchó de cierta forma. Lo leí lento y con mis reservas pero descubrí que Orwell es un genio (bueno, eso no es novedad), quizá lo descubrí tarde. Mientras leía esa novela mi cerebro era un explosión de sentimientos, de contradicciones, inquietudes, ansiedad, decepciones, autosabotaje y tampoco descarto las alegrías. Todo eso estaba mezclado y pensaba qué tanto domino mis emociones, ¿seré acaso una víctima del capitalismo neoliberal? Aún no entiendo  bien de qué va el neoliberalismo...

¿Hasta qué punto estamos siendo vigilados? ¿el ministerio de la verdad está en Estados Unidos? ¿el ministerio del amor está en las farmacéuticas de anticonceptivos hormonales y antidepresivos? ¿hasta qué punto estamos convirtiéndonos en robots dominados por los químicos y tan lejos de la naturaleza?

Platicando sobre las impresiones que me dejó la novela con un amigo, éste me dijo que muchas veces las obras literarias de ciencia ficción tienden a satanizar la tecnología pero que también es bueno ver las bondades que nos ofrece la misma. Y tiene razón pero "1984" no es una novela de ciencia ficción es una clara distopía que asusta porque pasa y aún con el tiempo no pierde vigencia. Al final, nadie sabemos definir claramente a la libertad...

También terminé de leer un poemario de José Revueltas: tristísimo y hermoso, lleno de noche, soledad y fracturas. 

Y ahora sigo con "De qué hablo cuando hablo de correr" de Murakami que había empezado y abandoné. Al final, aunque no sea de mis autores preferidos me impresiona mucho su convicción de correr varios kilómetros todos los días y de convertirse en novelista a los 33 años. Aunque parezca cliché ahora tomo ese libro como una lectura esperanzadora, porque también nos merecemos pensamientos así. Después de Murakami espero ya atreverme a leer "2666" de Bolaño o a retomar un ensayo de economía y política para tratar de entender las guerras entre oriente y occidente. Murió Todorov, no me acuerdo cuándo... 

Hace poco murió Nicanor Parra y a veces escucho sus poemas para despertar, "Los vicios del mundo moderno" es mi favorito. Quizá la antipoesía sea el espacio de mis noches y mis mañanas. Ya duermo. 




Las diversas utilidades de una fotografía

Existen muchos animales que mudan, lo hacen los artrópodos y ecdisozoos, los reptiles, las aves y los mamíferos. Mudan de cutículas, de córneas, de pieles, de plumajes y de pelo. Yo he tenido siete u ocho mudanzas en una misma ciudad. También se me cae el cabello, no sé en qué estado se encuentran mis córneas, mis uñas siguen creciendo y hasta ahora no tengo plumas. Aunque todos somos animales.

Pero yo soy un animal que no tiene tan desarrollado su instinto de adaptación (si es que es un instinto) no obstante soy un animal que no quiere vivir en una cueva oscura. A diferencia de otras mudanzas a ésta la he sentido más porque también ya soy un animal más dramático al que le faltan algunos meses para llegar a la tercera década, por lo tanto, me transformé en un animal que desea bastante un espacio propio, quién sabe cuánto dure, no sé cuándo me espera la siguiente mudanza, pero ahora estoy en un lugar nuevo.

Llegar a casa significa muchas cosas, me gusta sentir que es un nicho (un hueco, un lugar en el podemos estar). Empacar es toda una travesía, vamos navegando en los recuerdos, en las decisiones: esto me llevo, esto no. Aquel papel que escribiste en el que me dejaste un recado y que yo atesoré, aquellas cartitas (enfatizo en lo pequeñas) escritas en un mal español que después, conforme avanzaron los años fue mejorando, la última no tenía ningún error. Una foto que no me atreví a tirar, porque las sonrisas ahí eran sinceras, captaban el momento de una reconciliación y de un nuevo comienzo.

La tercera noche en casa, cuando por fin había conciliado el sueño en un nuevo lugar, en invierno y con un pijama que comprende dos suéteres, dos pares de calcetines y guantes, escuché un golpe y de repente una explosión de vidrios. Me desperté, me asusté, prendí la luz y vi una lámpara destruida, un poco confundida y alarmada (pues últimamente he leído muchas historias de conspiración, espías y hasta de fantasmas) pensé en llamar a amigos cercanos, quizá porque necesitaba encontrar una voz que me dijera: “seguro colocaron mal la lámpara, qué bueno que no te pasó nada, trata de dormir de nuevo, mañana limpias”. Mandé mensajes estratégicos e hice una llamada, después me tranquilicé y dormí.

La mañana se convirtió en un suelo lleno de vidrios que tuve cuidado de no pisar, que tuve cuidado de levantar sin contarme los dedos. A mi lado estaba una escoba color naranja, barrí bien: debajo de la mesa, de los muebles, pasé la escoba infinidad de veces hasta que desaparecieran todos los minúsculos pedazos de vidrio. Me percaté de que no tenía recogedor (lo dejé en la antigua casa), giré la vista en busca de algo que me ayudara a sacar los vidrios rotos del hogar y de repente así sin más, apareció nuestra foto de sonrisas sinceras impresa en un papel muy resistente. La tomé y empecé a usarla para que no quedara huella de la noche de insomnio, usé nuestra fotografía como recogedor. Qué bella analogía, ese recuerdo ahora tuvo una utilidad, el recuerdo se volvió mucho más práctico que mis pensamientos.

Qué bella imagen: el suelo lleno de vidrios, nuestra foto deshaciéndose de los pedazos, nuestras sonrisas fragmentadas. Salí de casa todo el día y al regresar al espacio nuevo, pensaba en ti y hablamos como si nada hubiera pasado, como amigos que se escuchan, que ríen, recuerdan e incluso aconsejan y que además ya pueden hablar de encuentros con nuevas personas. Que se cuentan sobre sus recientes mudanzas. Era el cuarto día, vi el lugar aún sin trastes ni libreros, dormí pocas horas pues la charla – de tan amena- se extendió. Desperté tarde, corrí y llegué al trabajo.


Existen muchos animales que mudan, lo hacen los artrópodos y ecdisozoos, los reptiles, las aves y los mamíferos. Nosotros somos mamíferos que también mudan de sitios, de pensamientos, de personas: una y otra vez, hasta que encuentran un lugar donde quedarse por más tiempo. Aunque es verdad, la mudanza es inevitable y quizá, también renovadora.


Pájaro de fuego

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Cierro los ojos 
volteo hacia adentro 
mis órganos se iluminan
luces blancas en un negro que brilla 
una mujer sale de la lumbre 
y se va 

Ellos están en un sueño 
y yo también me encuentro 
ahí todos somos perfectos 
ahí no estamos lejos 
tenemos el abrazo cerca

La realidad es otra cosa 
imposible de tocar y de entender
pero ahí somos inexactos 
complejos enredados

Mis ojos no se apagan 
arden fuerte 
las llamas se disparan 
al ver estrellas fugaces 

y no me pregunten 
por qué hablo de la naturaleza
no me digan que el aire viene de mi aliento 
no me pregunten

yo intento
como todos 
como nadie 
volar alto 
como el pájaro de fuego 

Adiós a Rusia

¿Se puede decir adiós a un país? no lo creo, porque un país no es una persona, entonces, ¿por qué decir adiós a Rusia? quizá, porque es el país más extenso del mundo y las cúpulas de los templos ortodoxos son impresionantes y hay que decirles adiós. Es bueno nombrar el pasado desde el presente, es bueno recordar para dejar atrás. Es bueno de una vez por todas decir adiós.

Los procesos de despedida a veces son largos, otras veces cortos, algunos seres humanos llevan toda la vida despidiéndose. A mí nunca me han gustado las despedidas, ni las más insignificantes ni las más determinantes y prolongadas. He intentado trabajar en ello y que las despedidas no sean más que una línea que sigue fluyendo, que se sigue extendido, nada se puede quedar estático, ya sabemos que el tiempo en el mundo no es infinito, ya sabemos que no existe el "para siempre", ya sabemos que la vida es incertidumbre y también un frenesí y también una ilusión y todo eso.

¿Se puede decir adiós a Rusia?, ¿se puede exagerar de esa manera? la Federación Rusa tiene fronteras con muchos países: Noruega, Finlandia, Estonia, Letonia, Bielorrusia, Lituania, Ucrania, Georgia, Azerbaiyán, Kazajistán, China, Mongolia y Corea del Norte.

Yo estoy lejos y no comparto ni una frontera, ni un ápice de cercanía pero le estoy diciendo adiós, con un parpadeo borro al país más grande del globo, de este planeta, de este mundo. ¿Se puede decir adiós a un país? no lo creo, porque un país no es una persona. ¿Se puede exagerar así?

Ahí estuvimos los dos, viendo una tumba, un mausoleo, caminando por el bosque, me miraste cuando alcé la vista y me asombré por el tamaño de aquellos árboles, recogimos algunas hojas que guardé en mi libro de "Cuentos rusos", el que cargué durante todo el viaje, el que leía en las cafeterías, en esa pequeña casa de pueblo en la que tomamos mucho té. Adiós a los chocolates y a la miel, a las frambuesas, adiós a la complicidad, adiós a la intimidad, adiós a los silencios, a las risas, adiós a las tardes de lectura, adiós a Hegel, adiós a los arrullos nocturnos. Adiós a Rusia.

Adiós a los zares, adiós familia Románov. Caminamos juntos por las calles y había fuego, un fuego que parecía nunca se apagaría, el fuego siempre se acaba, los incendios forestales tienen un principio y un fin. Ya es momento de que los pensamientos vayan hacia otro destino, para entrar al mundo del realismo socialista se piden muchos requisitos.

Tardes de té, tardes de dulces, tardes de caricaturas, tardes de hornear, tardes de amor, tardes de ganar, tardes de perder, tarde de cantar, tardes de no hablar, tardes para nadar, correr, aprender, muchas tardes de caminatas: adiós.

Nosotros somos eso, ¿no? nuestras despedidas y nuestras bienvenidas, las puertas no pueden cerrarse todo el tiempo, tampoco están abiertas siempre. Adiós revolución, adiós a Rusia. Es un alivio que el imperio zarista acabó pero construyó monumentos valiosos, así pasa, las historias terminan, sin embargo los recuerdos valiosos se quedan. El amor es una construcción, que si no tiene buenos cimientos puede ser destruido por el más mínimo temblor y fulminarse al llegar un terremoto. Rusia eres un terremoto, el más intenso y sublime, sí, eres un bello desastre.

De una vez por todas y después de tantas montañas rusas en mi interior digo adiós a Rusia. ¿Se puede decir adiós a un país? no lo creo, porque un país no es una persona. Pero ya, ya estuvo bueno, es tiempo de unificar mis propias repúblicas. Aquí está la cariñosa despedida, aquí se queda y aquí se va: adiós.

 ¿Se puede decir adiós a un país? no lo creo, porque un país no es una persona? en mi corazón, el partido comunista explota. Mis ojos nunca han visto nevar.











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Introducción a una crónica tardía de un primer viaje a Japón

-¿ Y en dónde queda, exactamente, el tal Japón? Baldabiou alzó la punta de su bastón y la apuntó hacia el otro lado de los techos de Saint-August. -Siempre derecho hacia allá. Dijo. -Hasta el fin del mundo.




















Lectura de poesía en el Lechón Ilustrado

Esta vez he querido enloquecer un poco más y escoger una a una las palabras adecuadas, porque eso es lo que hace un loco: se obsesiona y se muere si es necesario cargando tabiques de metal en su espalda.

Tuve la ambición queridos escuchas, -queridas personas que no escuchan-, de escribir para ustedes un texto brillante, un texto para oír de noche mientras fingen que soportan esta tortura. Todas las lecturas de poesía son una tortura. Quise escribirles las mejores frases, pero el autosabotaje es mi mejor don. Mi magia y mi ciencia.

Mi sueño siempre ha sido irme lejos como el de todos y como el de nadie, también mi sueño es nunca asistir a las lecturas de poesía y sin embargo aquí estoy ladrando ante ustedes y quejándome ante ustedes.

¿Por qué no asistir a estas lecturas? Porque todos duermen, porque quizá disfrutan más leer en solitario con una propia voz y una buena entonación, no con esta voz temblorosa que ahora me acompaña.

¿Para qué me invitan a las lecturas de poesía? Sufro mucho cuando asisto y siempre digo que sí.

Los poemas, la poesía, fueron para mí un accidente: subí a una motocicleta sin casco, me sumergí en un mar lleno de tiburones blancos y fui a la guerra sin un chaleco antibalas. Caminé al borde del precipicio y fue así como surgió un libro.

Seguí la doctrina de los perros románticos, “había perdido un país pero había ganado un sueño”. ¿Cuántos países seguiré perdiendo en este territorio infame? Igual que Bolaño he soñado que soy un detective viejo y enfermo.

Voy como un detective viejo y enfermo tratando de dar a conocer cómo acontecen las galaxias. Sin embargo, he leído una conclusión esta mañana en un periódico: somos adictos a la microdosis constante de información, somos junkies de megabytes.

En esta lectura de poesía, no quiero leer poesía, quiero decirles que tenemos que afrontar una nueva era política, que debemos de usar un cerebro salvaje para actuar ante los lobos autoritarios y montar en nuestro pecho un cristal a prueba de balas como el que ahora tiene la Torre Eiffel.

Quizá mi solución en esta lectura es construir un poema hecho de cabezas:

Los jueces mantienen bloqueado el veto migratorio

En La Guajira venezolana, los niños abandonan la escuela para vender gasolina

Rusia admite haber matado a tres soldados turcos en Siria y pide disculpas
“Hay que aplaudir cuando alguien llora, cuando alguien siente”, cuando alguien convierte un Oxxo en una galería de arte.

En esta lectura de poesía, los veo a ustedes y ustedes mi miran a mí sin entender lo que pasa en este comercio de ataúdes que llamamos mundo. 

Y como dijo Nicanor:

“La poesía se ha portado bien 
yo me he portado horriblemente mal”.


Guanajuato, Gto., febrero 2017