Tom y el gallo


Compré una botella de whisky del que tú me recomendaste,
me la tomé en cinco tragos y medio. Los conté.

Quise hablar así de ronco y raspado como Tom Waits, tu cantante favorito.
Quise cantar Rain Dogs y aullar como él.
Pero mis amigos no me dejaron subir a la barra del bar,
se los agradecí cuando pude.

Nunca había tomado una botella en cinco tragos, escribí el acto en mi libreta de hazañas.

En total he plasmado cinco y medio renglones.

Quiero un sombrero como Tom para llevarlo en mi bolsa por si hace falta,
quiero su potente voz de murciélago.

La botella quedó vacía, 
la encontré en la mesa junto con una vaso lleno de agua,
me invitaste a beberlo pero no soportaba ver otra cosa vacía. 
Dime si tú alguna vez pudiste con un cascada de whisky, 
dime si alguna vez quisiste cambiar de voz y de sombrero.

Compré una botella de whisky y no me devolvieron el cambio, 
qué importa pensé, después de esto mi venas producirán mi propio licor.

Cuando navegué por el río de whisky, escuché a un gallo cantar por la noche, 
se habrá confundido -me dije-, aún no amanece, aún no hay luces tenues en nuestro techo, 
que es de todos, que algunas veces es solo mío. 

El gallo me envió la señal: deseaba dejar volar a los peces del río,
crustáceos embriagados saltaron del agua hasta llegar a la tierra. 
El gallo no me advirtió que morirían. 
Colores celestes, azul del cielo que es nuestro techo, que algunas veces es solo mío.




Nadar en este río, en este invento alcohólico, 
sumergir la cabeza para atraparme en una botella. 

Voz grave en mis oídos, 

iba salpicando el vino como un perro de lluvia. 

Bolas de fuego

Foto: Enrique Metinides


Un meteroro cayó 
dentro de la casa de mi abuela.

Destruyó sus macetas, las plantas 
se quemaron.

En su cocina explotaron las ollas de barro, 
aparecieron grietas en el suelo. 

Las fotos de sus nietos, 
quedaron en cenizas. 

Su boca estuvo abierta 
al ver todo el desastre.

Bolas de fuego reinaron en sus 
rebozos de colores. 

El ladrillo se desplomó, 
ella dio su declaración al noticiero nocturno. 

Todo se esfumó -dijo- menos mi 
largo cabello blanco. 

Dormimos en la casa de madera

Man Ray


Cortar cabezas era la opción
que no tomamos, pues en nuestras mochilas 
no había ni una navaja ni un cuchillo. 

Lo que vimos en el suelo fue una espada
sin filo. La abandonamos. 

Sin embargo, 
las cabezas rodaron y llegaron a nuestros pies.
No sabíamos a quiénes pertenecían, 
¿cuáles cuerpos de todos los que habíamos visto,
se las habían desprendido? 

Porque, como ya sabemos, tenemos dos manos
con las que podemos arrancar nuestro cabello y 
cráneo. 

Nos dijeron que podíamos cortar cabezas con 
el hacha que estaba al lado de la chimenea.
Contestamos que no sabíamos acabar con la sangre.
Dormimos en esa casa de madera. 

Cuando despertamos, las cabezas rodaron de nuevo.


Las vimos enredarse y apilarse en la esquina junto al fuego. 

Por la mañana


Graciela Iturbide





Vi el suelo y encontré tu pierna
no la levanté dejé que se secará 
dejé que los pájaros de rapiña la picotearan

Cuando llegué a casa no pude dejar de pensar en tu pierna 
regresé a las calles mirando hacia abajo y encontré oro
Al oro lo levanté y no permití que se acercara ningún buitre

Antes de dormir seguí pensando en tu pierna, 
¿por qué la abandonaste afuera de una notaría pública, afuera del palacio nacional, afuera del templo de los afligidos?

La última vez que te vi con las dos piernas, me dijiste que los encorbatados del banco te negaron 
una tarjeta de crédito. ¿Ellos te quitaron la pierna?

Te digo mejor dejé que se la comieran, que sirviera como alimento 
a las lindas aves que alegran mi día cada que abro la ventana por la mañana 


No estoy en el mar


René Magritte


yo vengo aquí a gritar, 
no estoy en un bosque
no estoy en una montaña alejada
no estoy en el calabozo de los locos
no estoy en la casa de tu abuela
no estoy en el circo ni en el teatro
no estoy en el templo
no estoy en el mar

yo vengo aquí a gritar
lo que siempre te digo
lo que nunca te dije
lo que digo ahora

yo vengo aquí a gritar
porque quiero desastre
porque quiero orden
porque quiero silencio
porque quiero aire
porque quiero espacio

yo vengo aquí a gritar
no vengo a cantar
no vengo a rugir
no vengo a gemir
no vengo a balbucear
no vengo a escupir

yo vengo aquí a gritar
lo que todos quieren escuchar
lo que nadie quiere decir
lo que todos olvidaron
lo que nadie esconde

yo vengo aquí a gritar
con los pulmones cerrados
con los ojos dormidos
con la boca palpitando 
con el corazón fermentado
con el hígado enmohecido 


Ondulaciones


Me pregunto sobre esas vueltas que dicen que da la vida. ¿Por qué no sigue una línea recta?

Pasa diciéndonos a dónde ir pero llevándonos a lugares contrarios.
Siento el miedo que tienen todos cuando la incertidumbre llega. Siento el miedo cuando se aproxima cualquier final. Se siente tanto y a la vez nada. Podría pasar el tiempo como un vegetal. Afuera veo cómo se apilan los cadáveres que no ganaron la guerra, cualquier guerra: la del petróleo, la de los papeles verdes, la religiosa, la de las añoranzas, la molecular, la guerra sucia, limpia, fría, caliente .

Pero cada uno tenemos nuestras batallas, nuestras pequeñas y grandes batallas, las que nos aíslan de lo general y  nos llenan de partículas. Cada uno nos preguntamos cosas distintas, cada uno tenemos nuestro territorio marcado, nuestros instintos desatados. Nos inventamos nuestro propio conflicto bélico, fabricamos las armas que llevaremos, no las compramos a nadie, no las vendemos a nadie. Las espadas que hago son para mí y terminarán enterradas en la piel de quien yo decida.


Las líneas rectas son aburridas y los humanos no sabemos medir el tiempo, por eso la vida se mantiene en ondulaciones, precisamente para que no nos mate el aburrimiento y para que nos aniquilen las sorpresas: mientras no estemos armados.

Aviso


Foto: Jeff Wall


Quiero anunciarles que este es un virus y que no lo abran,
si lo hacen tendrán la boca marchita,
la saliva seca.

Es un virus, mejor aléjense y corran lejos porque puede 
expandirse y llegar a su duro cráneo. 

Quiero decirles a todos que ignoren el virus, que no lo abran, 
que no le dejen entrar, porque si lo hacen, seguro se meterá 
en su cama y les jalará las cobijas, desaparecerá poco a poco 
sus encías, succionará sus mejillas.

Hago un aviso en nombre de la catástrofe. 

Enunciamos nuestros virus, 
queremos destruirnos, 
no nos soportamos,
enviamos virus, anunciamos el peligro cuando ya es demasiado tarde.

Quiero avisarles que este es un virus y que no lo abran, 
si lo hacen, la enajenación ocupará el trono del rey. 




Caen las manos

Foto de: Imogen Cunningham


Las gargantas se quedan trabadas
mientras las ramas secas entran por la boca
de un hombre sin espíritu 

¿Qué vine a decir del mundo?
¿Qué vine a decir de lo que veo?
¿Qué vine a decir de lo que pasa aquí?

El hombre grita todas las preguntas anteriores
las grita en medio de un puente movedizo y los caminantes voltean
los caminantes ahora son nadadores en el río

No digas lo que sabes lo que piensas lo que ves
no digas nada sobre las bombas que activaste sobre las balas que lanzaste
sobre las noches heladas sin abrigo
no digas nada de lo que pasa aquí
No queremos escucharte hombre sin espíritu 
eres huesos y lengua 

Gritan los nadadores: eres huesos y lengua

Caen las manos de los victoriosos caen las manos de los pescadores
caen las manos de los hombres sin espíritu caen las manos de los espíritus
caen las manos de los nadadores caen las manos de los caminantes
caen las manos de los desterrados 

Eres huesos y lengua

Fuga de cerebros



Científicos exiliados se fueron del planeta,
cuando se dieron cuenta que no les funcionaban
las cuerdas vocales.

Se las acabaron en su última investigación.
Los científicos sabían que Stephen Hawking,
tenía razón.

Quemaron libros, destruyeron computadoras,
discos duros fueron mutilados, todos con información
prohibida para los mortales.

Quienes nunca han fallecido lo saben porque
han visto desfilar ante sus ojos a miles de hombres
con batas blancas.

La inteligencia artificial, acabará con la raza humana,
dice Hawking y alza la mirada a la pared de fondo.
Rotas habitarán nuestras neuronas.

No ha sido descubierto el planeta de los científicos,
pues no dejaron huella al huir, se llevaron incluso
a la persona que podría descubrirlos.

Hay espacio en este mundo para los que muerden
la lengua del otro, para los que salivan como perros,
para los que se derriten ante el sol.

Pero no hay lugar para roedores exiliados, que usan
su tiempo para buscar la verdad ante el circulo infinito
de incertidumbre, que es la vida.

Los cerebros se dieron a la fuga, dejando una nota
en la que dictan que no regresarán jamás.
En su lugar se quedarán un par de estafadores.

No se preocupen, ellos se van a reproducir
rapidamente, velozmente, ferozmente,
con el objetivo de dirigir con sus uñas, nuestras universidades.

La sequía


Todos se fueron a las tumbas

para sacar los dientes de oro de los muertos.

Los colgaron en las ramas de los árboles,

no sintieron frío, mucho menos miedo.

Los niños confundían los frutos con los dientes,

pensaron que de todas las ramas colgaban huesos de oro.

La sequía llegó, muchos árboles murieron.

Los habitantes construyeron un cementerio nuevo

y dejaron sangrar sus encías,

antes de descansar en la tierra.



Días de Junio



Fue en junio cuando fuimos a Cuba. Tiempo atrás yo anhelaba visitar esa isla que imaginaba llena de historias, de música y de colores. Pensé que tardaría más en ir, pero conocí La Habana a mis 25 años.

Desde que empaqué la ropa ligera en mi mochila, iba sintiendo el calor de aquel singular país y cuando E. y yo nos subimos al avión iba tan emocionada que le pedí que me dejara sentar del lado de la ventana para ver el mar Caribe desde lo alto. 


Pensé que estando allá tendría tiempo para escribir mis impresiones pero no lo hubo, me dediqué a observar todo, además de que solo fuimos por ocho días, muy poco tiempo para apreciar la inmensidad de cosas que se quieren ver. Hay recuerdos que no quiero que se vayan y una manera de conservarlos está en la escritura. 

Llegamos al Aeropuerto Internacional José Martí y nos recibió un clima cálido, húmedo y disfrutable.
Lo primero que hicimos fue cambiar nuestros pesos mexicanos a CUC la moneda para extranjeros que equivale al dólar. Estuvimos atentos ya que amigos y conocidos que habían viajado a Cuba, nos advirtieron que algunos cubanos podían estafarnos cambiando nuestro dinero a pesos cubanos, que valen mucho menos que el CUC. (Un CUC vale 13 pesos mexicanos o lo equivalente al precio del dólar en el momento y un CUC vale 24 pesos cubanos.  Hace poco leí que se pretende instaurar en Cuba solo una moneda, pero aún no está confirmado).

Al terminar con la Cadeca (así se les llama a las casas de cambio), ya teníamos a varios taxistas ofreciéndonos su servicio. Nosotros estábamos apabullados, aún sin ubicarnos en un nuevo espacio y de pronto, llegó un señor que no era taxista y nos invitó  subir a su camioneta  para llevarnos a nuestro destino (que aun no teníamos, pues no sabíamos en dónde nos hospedaríamos).

Una amiga que había viajado meses antes a La Habana me había recomendado una casa de huéspedes con un señor llamado Roberto, que rentaba cuartos a un precio accesible. Nosotros fuimos con poco dinero, viajar a Cuba puede ser muy barato. Durante el trayecto del aeropuerto al centro de La Habana vieja, iba viendo todo el paisaje verde y tropical, así como a todos los cubanos con su singular belleza y diversidad. Veía los letreros que había por las calles a favor de la Revolución, unos con imagenes del Che Guevara, otros más con Camilo Cienfuegos y Fidel Castro. 

Recuerdo que a veces, yo expresaba mi deseo de conocer Cuba antes de la muerte de Fidel, ya que me interesaba cómo funcionaba el socialismo, quitando los mitos y las historias que escuchaba sobre dicho sistema político. No conocí muy bien la forma de vida en ocho días pero por lo menos me di una idea y a pesar de que me dijeran y viera que muchas cosas estaban controladas por el gobierno y la policía, me gustó ver  y sobretodo sentir la seguridad en las calles. Saber que nadie te iba a asaltar o atacar, incluso si querías salir a dar un paseo en la madrugada, eso era algo sumamente agradable. Una sensación que nunca he experimentado en mi país, una experiencia nueva para mí. 

No puedo decir mucho sobre el sistema político, pues solo estuvimos en La Habana vieja durante nuestro viaje y conocimos solo un pedacito de la isla, que para mí era hermoso. Entonces dejé de preocuparme por la política y dejarme llevar por lo bello del paisaje, por la gente y por la cultura. 

Al llegar al centro de La Habana pagamos con un billete que tuvimos que cambiar, así que lo primero que vi fui un bar al que me metí, la música era increíble, había un cuarteto de mujeres cantando y tocando y el bar era asombroso, me acerqué a la barra y pedí que me cambiaran el billete, el señor al que teníamos que pagar entró también, él pidió el cambio y se lo dieron. El bar al que habíamos entrado era El Floridita, uno de los más famosos, ya que constantemente fue visitado por el escritor Ernest Heminway. 
En ese lugar había una escultura del escritor y fotografías de su estancia en Cuba. 

Estábamos buscando hospedaje y comenzó a llover, nos dimos cuenta que la dirección del señor Roberto estaba en un mensaje de un correo electrónico por lo que necesitábamos internet. En Cuba es muy complicado y muy caro tener acceso a internet, además de que funciona lento. Encontramos un hotel con servicio y rentamos una computadora que se encontraba en la recepción, nos vendieron una tarjeta de una hora de internet por algunos CUC, pero no recuerdo cuántos. Lo que sí es que para los cubanos con un sueldo promedio de 20 CUC al mes, les es muy difícil adquirir acceso a internet.

Encontramos la dirección y  la casa pronto, llegamos y nos instalamos, el señor Roberto era un cubano al 100 por ciento, un hombre grande, fuerte, negro como la noche, pelo canoso y sonrisa amplia. El acento de los cubanos me fascinaba, recuerdo que al llegar a la aduana a pesar de que habláramos el mismo idioma, me tardé un poco en distinguir las palabras. 

Dejamos las mochilas en nuestro cuarto y salimos a recorrer las calles de La Habana, una de las cosas que más me gustaron fue ver pasar los coches antiguos por las calles, casi no había automóviles nuevos. E. me decía que los coches que veíamos pertenecían al tiempo de la Unión Soviética. E. los identificaba casi todos. Caminamos por el malecón, vimos esas casas enormes y viejas, nos sentamos a observar a los pescadores, caminamos y caminamos, con el calor y con el sol como acompañantes, mientras que nuestras miradas se refugiaban felices en los colores azul y verde de La Habana. 

Todas las mañanas íbamos a buscar el desayuno, comprábamos cosas a pesos cubanos y comíamos jugos y sandwiches que vendían en puestos donde se formaban muchos residentes en las mañanas y a medio día. 

La Habana Vieja es una ciudad demasiado turística por lo que habían muchos productos para dicho mercado:  desde hoteles, souvenirs, restaurantes y lugares para bailar. Lo que E. y yo elegimos fue asignarnos, con nuestro presupuesto bien contado, dos actividades diarias. Una consistía en ir a la playa. Llegábamos nos metíamos al mar y después tomábamos el sol. Una vez nos enterramos en la arena y mi cara quedó roja después de ser lo único expuesto a los rayos del sol.

Además de la playa, fuimos al Museo de Arte Cubano, donde vimos obras de diversos pintores y escultores, todas éstas distintas, sin embargo, al observarlas con atención, podíamos encontrar un común denominador en las mismas. Todas llenas de colores fuertes, amarillos, rojos, verdes y azules. En ese lugar platicamos con una de las custodias, una cubana que llevaba su cabello lleno de trencitas. Se llamaba María y nos dijo que muy pronto tendría vacaciones, que ya las esperaba pues no aguantaba el calor del lugar, ya que el aire acondicionado se había descompuesto. Lo que ella quería era pasar tiempo con su mamá y cambiarse el peinado.

También tuvimos la suerte de escuchar en el Teatro José Martí a la Orquesta Sinfónica de Cuba, acompañada con solistas invitados de Japón, Austria y Corea. Estar en ese concierto fue una experiencia única. Ahora es un grato recuerdo.

Como lo es también aquella noche que pasamos en el malecón, observando el movimiento del agua, la luna, las estrellas, los pescadores y la gente que se reunía a platicar. En esa ocasión, se acercaron dos cubanos a conversar con nosotros y contarnos un poco de sus vidas. Uno era médico y dio la casualidad de que trabajó por un tiempo en un hospital de la ciudad de León en México. El otro era entrenador de un equipo de béisbol (deporte en el que Cuba ha tenido uno de los mejores desempeños). Se quedaron un rato platicándonos sobre el clima, su sueldo, el béisbol, sus paseos nocturnos en la ciudad, etc.  Nos despedimos y caminamos por la Cuba oscura pero tranquila, aquella noche solitaria en la que apreciamos las charlas y la vista y el estar en un lugar inigualable como lo es La Habana.

La comida era deliciosa, los moros y cristianos (una mezcla de frijoles y arroz), se convirtió en mi platillo favorito, los frijoles cubanos fueron un manjar para mi paladar, al igual que el fuerte café y los mojitos que probamos.

Un día antes de partir, visitamos el Museo de la Revolución, un sitio lleno de una historia que en la actualidad muchos cubanos siguen contando orgullosos, mientras que otros piensan y quizá anhelan otra forma de vida. Lo que yo vi, es que hay muchas cosas que en mi país hacen falta como mejor educación, un sistema de salud más eficaz y un apoyo genuino para la cultura. Quizá en dicho país hacen falta cosas que el mío tiene, pero no soy ninguna experta para opinar nada al respecto. Lo que escribo son vagas impresiones, pues deseo nuevamente regresar a la isla cubana y recorrer más de sus ciudades para sumergirme en su música y en su canto.
Me falta mucha música cubana por cantar, muchos poetas cubanos por leer y muchas calles cubanas por caminar.









Belly Boat

Quiero y estoy.  Estoy escribiendo crónicas sobre dos viajes especiales que aparecieron por sorpresa este año. Quiero escribir los cuentos pendientes y también poemas.
Estoy escribiendo en este espacio que aparece y desaparece, estoy sentada en una casa en las montañas, estoy escuchando una canción del pasado, aun me sigue gustando el disco Dear Robert Handey  de Belly Boat y solo encontré una canción en youtube. 
Quiero tener el disco completo. Estoy a punto de hacer cosas académicas, estoy pensando en que tengo hacer eso que no hago.
Quiero ir lejos, quiero estar cerca. Estoy cantando una canción vieja que nadie conoce, estoy bostezando mientras escribo esto.
Quiero que deje de hacer frío dentro de casa, quiero que el sol se meta un ratito. Estoy sentada en un sillón con la computadora en las piernas, quiero que una buena idea entre en mi cabeza, quiero subir el volumen, luego quiero bajar, lo estoy subiendo. 
Estoy aquí, estoy ahora, estoy parpadeando, estoy moviendo las manos, estoy y está.
Quiero una cámara de fotos, quiero un nuevo lugar donde poner mis pies, quiero una taza de té negro caliente en todos los lugares a los que voy. 

La ciudad

Lo que alguna vez yo vi al girar mi vista a lo que alguna vez fue mi ventana. Los instantes, las nubes y la ciudad.